Bolívar

Lanzoni: "Un rato de teatro en el Penal"

BOLIVAR  (de La Mañana) Duilio Lanzoni, quien además él es autor de la obra basada en un libro histórico del sociólogo Miguel Gargiulo, escribió acerca de la experiencia de ir con el teatro a la cárcel. Lo hizo en su cuenta de facebook el sábado posterior a la presentación. Con su anuencia, La Mañana da cuenta de esa publicación que narra en primera persona, una historia cargada de emociones.

“La posibilidad surgió y la aceptamos. La dirección de Cultura, a través de su director Jorge Fernández, nos propuso llevar Los Custodios a la Unidad Penal Nº 17. La cárcel de Urdampilleta. Hacia allí fuimos al mediodía del día del amigo”.

“Ingreso, requisa. No todos los elementos escénicos de la obra son aceptados. Pero bueno, las reglas de ese juego nos son ajenas. La idea es hacer la obra. Varias rejas, la llovizna. Los elementos de la obra trasportados a pulso unos cuantos metros. Nuestras miradas van descubriendo que aquí hasta la propia mirada tiene límites precisos. Alguien canta haciendo voces y afinado. Más rejas. Al fin el espacio que deberemos transformar a fuerza de teatro”.

“Tubos fluorescentes iluminan e iluminarán la puesta. No se pueden poner luces. Un espacio amplio, frío –en todas sus acepciones, porque el frío del afuera no difiere mucho del de adentro, acá no hay calefacción, o no funciona, para el caso es lo mismo- columnas centrales. Sobre el fondo que da a la ruta de acceso armamos la escena. Tendemos el alambre que hace de colgadero de ropa. Distribuimos los elementos. De a poco llegan nuestros espectadores. Los presos. Se sientan, esperan. Saben de esperar, no se impacientan. Cuando están todos (¿80, 100?) Los Custodios empieza a andar”.

“La hora de la obra transcurre con un evidente ida y vuelta entre actores y público. El aplauso llena de calidez la gelidez del lugar. Ahora hablaremos con ellos”.

“Nos advierten que no hubo preparación, que los “internos” no sabían casi que íbamos y que quizás no haya muchas preguntas. Deduzco que seremos nosotros los “externos”. Se equivocan. Tímidamente comienzan. Para la mayoría es la primera vez en el teatro. Es el teatro, aunque siga siendo el penal. La acción transformadora de lo dramático logró su primer cometido. El ámbito cerrado se abrió a un teatro. La memoria y la esperanza son lo que rescato, nos dice uno que se anima y confiesa: es la primera vez que veo teatro. Me sentí arriba de esa terraza, acota otro. Un tercero nos hace un análisis detallado del paso histórico. Allí sabremos que de la nada ha hecho y escrito su propia obra de teatro con otros reclusos. ¿Cómo hiciste para escribirla?, le pregunto. Leí mucho, me contesta, sobre todo los textos de Jean Paul Sartre. Y las experiencias del teatro en la cárcel de Lito Cruz. Un cuarto expresa lo que sienten muchos: el monólogo de Donato, que interpreta Horacio, los interpela. El dolor del personaje que ve pasar la vida de su familia desde lejos es contextualizado por cada experiencia individual. Es lo que les pasa a ellos. Se sueltan: hablan de haber sentido nostalgia, de que se les cayeron las lágrimas. Son tipos duros. Les cuesta decirlo, pero lo dicen. Alguien agrega: Donato arrancó como un machista y después fue cambiando. Otro dice: no importa que no seamos de Bolívar, vimos pasar la historia del país”.

“Pienso: no están sobreinformados. No pueden acceder a internet. Los días deben pasar lentos. Tienen avidez de cosas que rompan la rutina. El teatro es una potencia transformadora en estos casos. La mayoría aceptó suspender la incredulidad, interactuó. No sabían de los códigos del teatro, pero participaron del rito”.

“Al escribir, al hacer una puesta en escena, vamos poniendo signos por todos lados. Se decodifica en la visión un pequeño número de ellos. Son los que permiten la comprensión de la historia y, otros, su interpretación. Los presos, libres de ser espectadores, hacen del material simbólico una experiencia distinta. Ajustan la semantización a sus contextos. Cada quien toma los signos y las palabras y las adapta a sus experiencias personales”.

“Nos agradecen. Infiero que más que el teatro el rato de libertad, que viene a ser lo mismo. Tras las rejas de ese lado o tras las rejas de este. Nos piden que volvamos. Supongo que hablarán un tiempo de lo que vieron. Así como nombraban a los personajes con sus nombres. Donato y Gladys se quedarán en sus memorias un buen tiempo”.

“No concluiré diciendo qué habría que hacer y qué no… Ayer pudimos construir un hecho teatral especial. Compartimos internos y externos ese espacio de liberación que es jugar al teatro. Como decía Vajtangov: el teatro fue una fiesta”.

“Sin juicios, ni prejuicios. En un lugar inhóspito, frío, deprimente, rodeado de rejas, por una hora hubo comunión. Actores y espectadores, nada más y nada menos”.

 

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