El loco, los astronautas y aquellas niñas tras la mariposa

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Febrero del ’70 amaneció con el anuncio popular de grandes fiestas carnestolendas a vivir en dos fines de semana consecutivos, lo cual, para mis apenas 6 años de edad, significaban una salida muy especial, aparte del fútbol de los domingos y el cine en la tarde de los viernes cuando se exhibían películas nacionales, dado que recién había terminado primer grado y mi velocidad de lectura estaba todavía lejos de los subtítulos de los productos extranjeros. Y según el tipo de película podía concurrir en compañía de mi vieja o mi viejo.

Pero aquel viernes previo al inicio del carnaval, exhibían el film en colores “Turismo de Carretera”, con una constelación de pilotos reconocidos como Bordeu, Pairetti, Di Palma, Menditeguy, Galbato, y otros tantos. Claro que para disfrutar de ese programa también había que ver la otra película y ésta era: “La Novia”, en blanco y negro, con el famoso cantante chileno Antonio Prieto, quien popularizó el tema musical que dio título al film. En consecuencia ni con mi vieja a solas ni con mi viejo a solas, dado que semejante programación hizo que terminara siendo llevado al cine por los dos y disfrutar de un programa familiar con posterior  visita a “La Sportman” a degustar su inigualable pizza.

Sin fútbol por las tardes en aquel período estival, las piletas del C.I.P., en la quinta “Santa Catalina” era el sitio obligado, pensando –obviamente– en los corsos que ya estaban prácticamente encima.

Sin embargo no fue un fin de semana caluroso sino todo lo contrario y esa ausencia de altas temperaturas ambientales hizo sentir un frío que, seguramente, en invierno hubiera pasado desapercibido, pero estábamos en verano.

Aún así, en las noches carnestolendas el centro neurálgico de nuestra ciudad se pobló a pesar del clima. Eran tiempos donde a mítica confitería “La Gallina Loca” proponía el “Carnaval de la Nieve” y el show del músico Roberto Tamburella, haciendo hincapié en una advertencia a modo de slogan, que decía: “Atención: No se permitirá la entrada a personas amargadas”.

Por su parte, la siempre presente confitería “La Bruja”, por entonces ocupando también la esquina contigua a donde se halla actualmente, proponía: “A mejorarse las feas porque elegimos la Bruja de 1970”.

Repito: eran otros tiempos. Hoy, tanto a unos como a los otros, se los consideraría como que arbitrariamente impiden, obstruyen, restringen o de algún modo menoscaban el pleno ejercicio sobre bases igualitarias de los derechos constitucionales. Pero se trataba de ponerle buen humor a la noche.

Obviamente que yo estaba lejos de toda esa movida nocturna con mi corta edad, sin embargo muchas cosas quedaron en mi memoria por alguna u otra razón. Algo que no pasaría con otros carnavales posteriores.

El entusiasmo por el corso era mucho de mi parte, pero el escepticismo de mis padres no era menor. Ellos coincidían que los últimos corsos había generado un franco decaimiento del prestigio obtenido en otros años por los carnavalescos desfiles pehuajenses. En consecuencia no había mucha esperanza, pero igual iban a llevarme y eso era lo que realmente me importaba.

A esta altura debo hacer una aclaración. No solo mis viejos eran conscientes del brillo perdido sino también los organizadores. De allí que –esto lo supe mucho después– el reglamento especificaba que toda aquella carroza construida con bolsas y ramas de palmeras, no serían tenidas en cuenta por el jurado. Es que abundaban esos carros precarios armados con las ramas de palmeras del parque San Martín y con bolsas de arpilleras cosidas una con otra para lograr la cobertura necesaria. Al parecer, los organizadores consideraban que se trataban de verdaderas “croteras” que no merecían premio. Y los premios eran muy jugosos. Por ejemplo, al primero en carrozas le correspondería la suma de $ 250.000. Era una cifra muy importante, aunque no tengo vínculos comparativos, pero debe tenerse en cuenta que, un mes antes, había entrado en vigencia la Ley 18.188 que le quitó dos ceros a la moneda nacional, y 100 pesos m/n pasaron a ser 1 peso ley, lo que dificulta aún más proyectar una relación.

El cuerpo de Bomberos Voluntarios, asiduo ganador del primer premio, presentó una carroza primaveral, con una enorme mariposa amarilla y negra, sobre flores rosas, delante de varias niñas que ocupaban una escalinata en la parte posterior completando el delicado cuadro. Una obra artesanal notable pero que a mí no me atrajo en lo más mínimo. Le faltaba acción. En cambio sí me cautivó la carroza titulada: “Balada para un Loco”, que hacía referencia al tango de Ferrer y Piazzola, y que había aparecido editado hacía muy poco, más precisamente a fines del ’69 en un disco simple, cantado por Amelita Baltar. El tema sonaba mucho en las radios, y el éxito fue tan rotundo y rápido, que un grupo de pehuajenses lo tomó como motivo para la construcción de dicha carroza, la cual estaba compuesta por lo que para mí eran dos muñecos que representaban las figuras principales de la historia (la loca y el loco), gozando de cierto movimiento mecanizado por el cual –según quedó grabado en mi memoria– el loco avanzaba un paso al tiempo que, a modo de saludo, se levantaba el medio melón que tenía sobre la cabeza, sosteniendo una banderita de taxi libre en la mano. Impresionante.

Sin embargo, la que más me impresionó fue la llamada: “Módulo Lunar”, que se refería a la increíble llegada del hombre a la Luna, hecho ocurrido en el invierno anterior y que había constituido un hito histórico ineludible, conocido en todo el mundo. Ese alunizaje cargado de suspenso que la humanidad vio a través de la televisión, intentaba ser recreado por un par de jóvenes que, enfundados en trajes como los espaciales, subían y bajaban de un módulo muy bien construido sobre la carroza. ¡Esta es la ganadora! Dije para mí y esperé confiado.

Noche a noche iba descubriendo en ellos nuevos detalles, al tiempo que aplaudía el paso de “Balada para un loco” junto al saludo de la gente linda, como dice el tango, e ignoraba completamente la mariposa de flores. Y no lo digo peyorativamente sino porque ésta última no quedó en mi memoria y fue necesario recurrir a una fuente para saber detalles y colores que, aún así, no puedo recordar.

Hurgando en mi mente puedo encontrar imágenes varias pero no tengo claro el año al que corresponden y las dudas son muchas, pero la mariposa no está.

La noche del último domingo de carnaval (fueron seis noches en total) se entregaron los premios. Enorme fue mi desilusión al saber que el “Modulo Lunar” había quedado en segundo lugar, detrás de la “Mariposa” que se llevó el primer premio. Era injusto, pensé. Pero ya era irremediable.

Aquella noche siguió en KDT (hoy plaza España) con baile y elección de la reina del carnaval, cetro que fue entregado a la bella jovencita Graciela Pérez, a quien yo conocía porque mi vieja era su modista y, en consecuencia, me alegré por ello cuando me enteré.

Aclaro que nunca supe quién fue elegida La Bruja de 1970, según el concurso de la confitería homónima al que ya me referí. Tampoco sé si el concurso se prolongó en el tiempo, porque aunque uno no crea en brujas, que las hay es un hecho indiscutible.

Pero volviendo a la premiación carnestolenda, el tercer premio en carrozas fue para “Balada para un loco”, que quizá merecía más, pero debió conformarse con el podio.

Fue un carnaval muy superior a sus inmediatos antecesores y quedó en mi mente. ¿Por qué lo traje a colación ahora? No sé, quizá porque yo también estoy piantao, piantao, piantao… recorriendo mi memoria con esa misma ilusión super-sport para intentar la “mágica” locura de revivir el hermoso Pehuajó de ayer, de hoy y de siempre.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.    

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