Un misterioso caballero de fina estampa

De compasivos canes escoltados, tal como describe Almafuerte el cansino andar de aquel misionero protagonista en su homónimo y célebre poema, vivió entre nosotros un personaje a quienes los perros solían acompañar. Sin embargo su marcha se contraponía a la clásica imagen de marginados indigentes seguidos por hambrientas jaurías capaces de disputarle hasta el más mísero trozo de carne. El hombre era de otra laya.

Buscando mantenerse con cierta distinción señorial lucía generalmente una levita negra y pantalón oscuro, lo cual hacía resaltar mucho más todavía la falsa pechera blanca, que hacía juego con los puños postizos y los guantes con que completaba delicadamente su atuendo.

Un sombrero de copa negro y el nervioso movimiento del bastón oscuro con virola plateada que jugaba en su diestra, redondeaban una estampa que, de no ser por la visible diferencia en los talles de dicha indumentaria, hubiese ofrecido el inigualable retrato de quién, con distinguida nobleza, pasea su señorío por las calles de una incipiente población.

Se vivían los últimos años del siglo XIX cuando el hombre llegó a estos lares, donde Pehuajó casi acababa de despertar a la vida en su sueño de ser ciudad.

Se llamó Ramón Cao Terra pero quedó en la historia como: el Dr. Terra. Nadie supo desde dónde había llegado ni si tenía alguna validez su empírico título de practicante de la medicina que decía poseer.

Se hablaba que había prestado servicios en la sanidad militar durante la guerra de la Triple Alianza (1864-1870), cuando Argentina, Uruguay y Brasil se unieron contra la progresista nación paraguaya. Pero no se conocía documentación fehaciente.

Concurría con notoria frecuencia al Club Social, donde siempre era foco de atención por su proverbial elocuencia de conceptos, aunque éstos no fueran todos correctos, especialmente cuando se trataba de medicina. Incluso era capaz de hilvanar frases inconexas a las que no podía darle el remate justo y, al quedarse sin argumentos que respaldaran sus dichos, terminaba farfullando por lo bajo como si hubiera puesto el punto final adecuado a su confusa alocución.

Para algunos no tenía sus facultades mentales en orden, y allí cobraba fuerza aquella mención de su participación en la guerra. Pero otros lo consideraban un personaje simpático, singular, y divertido, que no representaba peligro alguno para la sociedad, en tanto y en cuanto no se tomaran debidamente en serio sus recomendaciones médicas.

Terra era un hombre alto y delgado, de mirada inquieta, que lucía un prolijo bigote, tipo americano, casi romántico, aunque sin llegar al estilo Brassens, el cual resaltaba particularmente por la conjunción facial formada entre la alargada nariz y la levemente aguda prominencia de su mandíbula inferior.

Solía entretener sus manos, ansiosas y cargadas de sólidos anillos dorados en casi todos los dedos, jugando con algunos de los particulares objetos como medallones y un relicario que, por lo general, pendían de la gruesa cadena del reloj de bolsillo que cruzaba su pechera.

Vestido siempre de oscuro, no parecía empujarlo la tristeza ni la melancolía, porque el relumbrar sagaz de sus ojos le ponía un permanente brillo de estrellas a la noche de su vestimenta.

Parece mucho lo que se sabe de él por mentas, y sin embargo es muy poco lo que se conoce realmente sobre su vida.

Noticias publicó en 1962 una muy breve semblanza sobre el personaje que nos ocupa, basada en la transmisión oral.

El recordado periodista e historiador José María Amarillo, también se refirió al Dr. Terra, llegando a aportar ciertos datos filiatorios,  aunque sin poder ofrecer mucho más de lo conocido por dichos que pasaron de una generación a otra.

Francisco P. M. Roger, en la revista literaria PECOEP, órgano de la Peña Cooperativa de Escritores Pehuajenses que circuló en los años ‘60, incluyó una descripción del supuesto facultativo, y Ricardo Cardús ilustró, en la misma página, un soneto que Osvaldo Guglielmino le dedicó a Terra y que había formado parte de la obra: “Retablo Pehuajense”, aparecida en 1960.

El Dr. Ernesto Raúl Angulo, en su obra “Teatro Querido” (1998), también menciona al misterioso hombre de la medicina, al igual que Tomás Recarte, en su libro: “Medallas de Pehuajó” (2006).

Lo expuesto deja en claro que, a través de libros, sueltos periodísticos, o publicaciones literarias, no fueron pocos los que procuraron impedir que el olvido sepultara para siempre la exigua información, no del todo comprobada, con que aun se cuenta de quien fuera Ramón Cao Terra.

Sí consta que, en el invierno de 1893, solicitó a la municipalidad la donación de un terreno para instalar allí su vivienda, fundamentándose merecedor de lo peticionado por los servicios prestados a los enfermos pobres en su calidad de “práctico” de la medicina. Evaluado el requerimiento, el gobierno municipal decidió hacer lugar al pedido y le otorgó un solar ubicado sobre calle Cuenca (hoy Landa), próximo a la mitad de cuadra, donde se encuentran actualmente dependencias de la Dirección Provincial de Vialidad, es decir entre calles Esteban Zanni y González del Solar.

Allí llegó a contar con una precaria edificación construida con viejos ladrillos y no menos antiguas chapas, enclavada en un verde paisaje conformado por árboles de frondosas copas, numerosos frutales, y algún yuyal descuidado. Pero aún en esas condiciones, el  inmueble lucía un cartel de madera indicando que allí atendía un médico.

Sin embargo todo era silencio. A veces, el paso veloz del viento meciendo las altas ramas y el ladrido de los perros, eran lo único que interrumpía la tranquilidad. Nunca se oyó el sonido provocado por palmas de manos golpeándose en son de llamado a su puerta. Al parecer todos lo conocían pero nadie recurría a sus servicios. No obstante se dice que hasta llegó a recetar algún que otro medicamento, casero o industrial, buscando aliviar los males de sus compueblanos.

¿Era médico? ¿Tenía conocimientos universitarios de medicina aunque no se hubiese recibido? ¿Llegó a ser estudiante de dicha ciencia alguna vez? Fueron y son preguntas que todavía no tienen respuesta concreta. Quién sabe si algún día la tendrán.

Se ha dicho que su origen estaba en España, pero ningún pehuajense supo confirmar cuándo arribó aquel a nuestro país, ni siquiera se sabe el día que pisó por primera vez el suelo de este querido terruño. Llegó envuelto en un halo de misterio, y en ese mismo misterio sin develar, se lo tragó la oscuridad de la noche. Solo quedaron sus mentas, y el lastimoso aullar de sus perros mirando hacia la luna, como preguntando por un amo que ya nunca más volverían a ver. Y los pehuajenses tampoco.

¡Feliz domingo!

 

Roberto F. Rodríguez

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