Un domingo de Carnaval que es sólo un disparador de recuerdos

Hoy es domingo de Carnaval. Sí, Carnaval. Pero cuidado, a dejar el pomo quieto que la fiesta aun no ha comenzado. ¿Qué fiesta? Es la recurrente pregunta que estoy formulándome al tiempo que intento escribir este artículo dominguero. Una pregunta ligada por un firme anclaje referencial a un pasado pleno de carnavalescos juegos con agua en las calurosas tardes permitidas y de noches con ruidosos corsos multicolores por las principales calles del centro de la ciudad. Una pregunta cuya respuesta parece ser negativa. Ya no hay fiesta como en aquellos tiempos. ¡Todo cambia –decía el abuelo– menos el amor por los colores de la camiseta de fútbol! Y ha tenido razón porque hemos sido testigos de cambios que jamás hubieran sido imaginados por nuestros ancestros. Pero eso es otro tema.

Hoy comienza el carnaval, festividad que se extiende desde el domingo al martes. Luego llega el miércoles de ceniza y comienza la cuaresma que concluye con la celebración cristiana de Semana Santa. Así está establecido. Y cuando se habla de carnaval pueden escucharse varias versiones. Está claro que se trata de una fiesta pagana, cuya denominación etimológica está asociada desde de la Edad Media con el latín vulgar “carne-levare” cuyo significado sería: “abandonar la carne”, dado que luego comienza la cuaresma, aunque también se ha dicho que proviene del vocablo italiano “carnevale” que significa época en la que se puede comer carne. A partir de allí se han hecho numerosos estudios y hasta se ha concluido que "carnaval" deriva de una raíz latina traducida en: “la carne vale”. Pero eso quizá no importe demasiado a los ansiosos súbditos del Rey Momo, mitológico dios que divertía a los demás dioses del Olimpo con sus ocurrencias, la agudeza de sus burlas, la gracia de sus parodias, la inteligencia de sus chistes y la particularidad de sus grotescos desplazamientos, hasta que sus sarcasmos hirieron a algunos de los “capangas”, es decir de los que cortan el bacalao, y lo echaron como un perro del Olimpo. Al menos así lo expresan los estudiosos de la mitología. Es que el humor ha parecido ser, muchas veces, el vehículo ideal para decir cosas muy serias bajo el amparo de la humorada. Y ha funcionado bien. Salvo cuando se mete con quien no hay que meterse y allí se termina todo. Y al gran Momo le pasó. Y por expresar ciertos pensamientos. Por ejemplo, cuando al conocer al hombre forjado por los dioses según la mitología, se burló de él aduciendo que el invento estaba incompleto y que hubiera sido necesario crearle al hombre una ventanilla en el pecho para observar su corazón y conocer sus verdaderos sentimientos. No estaba para nada errado. Pero su crítica mordaz hirió demasiado, y adiós Momo. A juntar las pertenencias y a otro lado.

Con los años y a partir de las celebraciones carnestolendas, al referido dios jocundo, como lo denomina la letra de un conocido tango, se lo representa con un muñeco vestido de bufón con gorro con cascabeles y un bastón terminado en cabeza también de muñeco como símbolo de la locura, por cuanto es quemado al finalizar la última noche de carnaval, dando paso al miércoles de ceniza.

Pero todo cambia decía el abuelo. Entonces el tiempo se llevó aquellos ya olvidados pomos plomizos que contenían agua perfumada y lucían la inscripción de marca “La bella porteña”. Eran pomos pesados pero a nadie, en la primera mitad del siglo XX, se le hubiera ocurrido utilizarlos como proyectiles para agredir a sus semejantes, lanzándolo contra la muchedumbre. No obstante luego esos pomos fueron reemplazados por otros parecidos pero muy livianos y fabricados en plástico blando, aunque con similar contenido, dando lugar a los recordados “lanza-perfumes” que terminaron siendo prohibidos por el peligro que significaban para la vista de los receptores de la broma. De allí que luego comenzó a utilizarse agua fría en dichos pomos, empleándolos para rociar las piernas de desprevenidas damas, preferentemente en las pantorrillas que quedaban desprotegidas de la pollera, las que al ser sorprendidas por el frío elemento líquido, experimentaban reacciones diversas que generaban la risa de los caballeros presentes. Repito: eran otros tiempos. Pero ¿Dónde quedó el papel picado y aquellas gráciles serpentinas que, nerviosas, caían desde el público hacia el desfile de máscaras? Creo que solo en el recuerdo de algún sobreviviente memorioso y quizá en algunos textos olvidados. Yo no lo viví, y eso que nací en los ’60. En cambio sí tengo un cúmulo de recuerdos, aunque tal vez sin demasiado orden, de los corsos céntricos por calle Mitre, de donde surgen numerosas imágenes de carrozas inolvidables, aunque quizá el recuerdo más firme es el de aquel diluvio que cerró una noche de corsos. No creo que haya sorprendido a nadie. Conociéndonos me inclino más por la idea que hayamos subestimado el fenómeno climático, especulando con que llovería después de concluido el espectáculo, pero no fue así. La lluvia, impiadosa y casi hasta violenta, cayó sobre la multitud concentrada en la zona de la diversión carnavalesca, dañando seriamente las carrozas y generando un desbande masivo hacia cualquier sitio apto para guarecerse. El atrio de nuestra parroquia San Anselmo fue uno de los lugares elegidos, donde se concentró más gente que si se hubiera casado Maradona en sus años de máximo esplendor. Otros ocuparon la Confitería La Gloria, cuya heladería estaba abierta. Y al resto no les quedó otra cosa que no fuera correr en búsqueda de otro refugio ocasional. Esa noche no fue necesario que, cuando el reloj marcó la hora cero, sonara la estridente sirena dando por concluido el corso y dando paso al libre juego con agua. ¿A quién iban a mojar si ya estábamos todos empapados?

Son solo recuerdos, que tal vez sean compartidos por algunos lectores despertándoles vivencias de tiempos idos. Pero me gusta recordar aquellos años de niñez cuando esperaba la fecha de los corsos con enorme entusiasmo aun frente al firme escepticismo de mis padres que, casi diría, era inversamente proporcional a mis ansias. Ellos coincidían que los últimos corsos había generado un franco decaimiento del prestigio obtenido en otros años por los carnavalescos desfiles pehuajenses. De hecho, había habido una edición de corsos céntricos que resultó un rotundo fracaso. Tal es así que la crítica resultó generalizada, la que no solo se ocupaba de los elevados precios de venta de los inofensivos elementos de diversión, sino también de la pobreza de máscaras en el desfile, generando una notoria ausencia de público a las noches siguientes.

La cantidad de máscaras mejoró para los años siguientes, pero también se notó la abundancia de carros demasiado precarios armados con las ramas de palmeras del parque San Martín y con bolsas de arpilleras cosidas entre sí, lo que obligó a los organizadores a dejar fuera de toda posibilidad de premio monetario a toda aquella carroza construida con bolsas y ramas. Y el número volvió a reducirse para los corsos siguientes.

Pero hubo un tiempo también que excedía los días de carnaval, y está ligado a la comparsa pehuajense más popular que recuerde desde los años ’70 en adelante. Un tiempo que empezaba mucho antes de los corsos, cuando las prácticas diarias llenaban las horas del barrio. Un tiempo que para definirlo, bien podríamos emplear las palabras del gran poeta Homero Manzi, cuando escribió: “…Pasa la murga con sus alardes entre la siesta del arrabal. Y un son de lata puebla la tarde y su rumor es la canción del carnaval…”

En definitiva han sido muchos los vaivenes sufridos por las celebraciones carnestolendas y demasiados los cambios, los que no siempre fueron para bien. Hechos violentos que  arruinaron vidas, atentaron contra la continuidad de los corsos. Pero aún los hay. No en todos lados, es cierto, pero todavía se realizan corsos en muchas ciudades. Distintos, también es cierto, sin Pierrot ni la colombina de sonora burla, sin el clown ni aquella marquesa de la risa loca, sin serpentinas, papel picado, lanza-perfumes, ni la presencia de aquella pizpireta dama de organdí. Pero corsos al fin. En los que, como dice el tango: “…bajo los chuscos carteles, pasan los fieles del dios Jocundo, y le van prendiendo al mundo, sus cascabeles, el carnaval...”

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez. 

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