Un clavel rojo sobre la blanca espuma

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Nunca olvidaré estas palabras: "el ambiente extremo, el tiempo transcurrido y la falta de cualquier evidencia impiden sostener un escenario compatible con la vida humana". Palabras con las que se dio a conocer, no hace mucho, que se daba por concluido el operativo de búsqueda y rescate de posibles sobrevivientes del ya famoso submarino ARA San Juan, del que no se tienen noticias ciertas desde las 07.30, hora argentina, del miércoles 15 de noviembre pasado, cuando se mantuvo el último contacto.

Desde entonces, el submarino desapareció en las aguas del mar argentino con un total de 44 personas a bordo, siendo 38 tripulantes y 6 buzos tácticos conforme a lo que dieron cuenta las informaciones difundidas.

Cuarenta y cuatro vidas de las que no se supo absolutamente nada más. Entonces escuchar aquellas palabras, por más prácticas y coherentes que surjan del razonamiento lógico en ese marco de circunstancias, no deja por ello de doler. Y es un dolor frío, seco, pero muy penetrante. Un dolor donde se funden la impotencia y la piedad. El ruego religioso ante lo inevitable y la angustia del no saber lo que realmente ocurrió. ¿Fue un accidente? ¿Hubo negligencia? Aun no lo sabemos, pero la búsqueda de una respuesta no es el espíritu de esta nota, porque les aseguro que no han de encontrar, en este puñado de palabras, un artículo de especificaciones técnicas ni de opinión, sino simplemente de sentimientos.

En la angustiosa segunda quincena del pasado mes, cuando se confirmó la desaparición del submarino y se dio comienzo a la búsqueda dentro de un verdadero océano de informaciones de todo tipo y conjeturas al por mayor, mi memoria retrocedió en el tiempo, y así como hubo algunos que recordaron el trágico naufragio de la torpedera de mar llamada “Rosales”, ocurrido a fines del siglo XIX frente a las costas uruguayas y sobre lo que se filmó una famosa película casi cien años después, en mi caso me llegué hasta 1977, más precisamente al mes de noviembre, cuando se estrenó para la televisión la serie “Operación Cero”.

Cuarenta años habían transcurrido del estreno de aquella inolvidable tira de la que había sido testigo en mi adolescencia y ahora la realidad nos mostraba un escenario similar.

Si bien Operación Cero tuvo una primera edición en 1960, cuando por estos pagos no había televisión, la serie fue reeditada en el ’77 bajo el mismo director, Francisco Guerrero, un altamente reconocido –así lo indican los numerosos premios recibidos– director de cine y televisión, que supo producir programas de entretenimientos, cómicos, deportivos y musicales, con significativo éxito.

La historia se vive dentro de un submarino atómico sumergido en territorio hostil pero con problemas técnicos que le impiden abandonar el lugar, por ello sus tripulantes luchan denodadamente por encontrar una solución, ante la imposibilidad de recibir ayuda exterior.

Enrique Kossi encarna el papel del comandante de la nave, secundado por el personaje interpretado por Hugo Arana. Alfredo Iglesias, Alberto Argibay, Jorge Barreiro, Germán Krauss, Raúl Aubel, Mario Pasik y José Canosa fueron parte del importante elenco.

Semana a semana me sentaba frente al televisor para ver cada capítulo de la impactante serie, al menos para mis catorce jóvenes años. Noche a noche me ilusionaba con la posibilidad que alguno de los tripulantes encontrara una solución pero siempre terminaba apenado porque los intentos de los protagonistas terminaban en fracaso.

Aclaro que mi memoria no guarda demasiados detalles de aquella serie, solo algunas imágenes sueltas, pero tampoco poseo material de consulta desde donde poder ampliar la información.

Sí recuerdo que, noche a noche, bajo un halo de misterio, empezaron a morir uno a uno los tripulantes, víctimas de un asesino que estaba entre ellos. De eso no había dudas. El asesino era uno de los pocos que quedaban en el submarino. Curiosamente los muertos parecían seguir un patrón de edad, empezando por los más jóvenes.

Día tras día se iban agotando las posibilidades de salvación y la supervivencia resultaba cada vez más dificultosa.

Finalmente se descubre al homicida, autor de los envenenamientos, quien resulta ser uno de los marinos más veteranos y que reconoce haber tomado la decisión de ultimar a los más jóvenes primero, por una cuestión de cariño y de piedad, con el objetivo de ahorrarles el terrible sufrimiento final habida cuenta que él estaba convencido que jamás podrían volver a la superficie. Condenados irremediablemente, el homicida decidió optar por una especie de eutanasia unilateral no consentida pero al solo efecto de evitar un mal mayor que irremediablemente sobrevendría en poco tiempo.

No puedo extenderme en más detalles de la serie aunque quisiera, porque solo tengo mi memoria como aliada y por más que la exprima no me entrega nada más que lo narrado, aun con los posibles errores por el paso del tiempo. Pero de poder hacerlo tampoco lo haría. Considero que como evocación relacionada fue suficiente.

Sin embargo no dejé de pensar cada día en aquella serie. Cuando se conoció la información de la explosión ocurrida en el ARA San Juan, pensé que quizá ello bien pudo haberles ahorrado aquel terrible sufrimiento final que seguramente habrían considerado en algún momento. Fue como un acto de misericordia sobre lo irremediable. Un manto de piedad sobre las cuarenta y cuatro almas encerradas en una nave con un futuro que, en el mejor de los casos, ya era absolutamente incierto.

No obstante la búsqueda siguió, porque había esperanzas de algún rescate con vida. Hoy ya no la hay. Solo podemos imaginar que en el fondo de las frías aguas de los mares del sur descansan para siempre cuarenta y cuatro argentinos. Víctimas de un accidente, de la imprevisión, de la negligencia, o de lo que sea. Para muchos serán héroes, para otros serán mártires, e incluso habrá quienes no los incluyan en ninguna de las dos calificaciones. Pero nadie, absolutamente nadie, podrá negar que son cuarenta y cuatro hermanos nuestros, habitantes de nuestro mismo territorio y cobijados por nuestro mismo cielo patrio. Y la pérdida de un hermano, duele. ¡Vaya si duele!

No sé si es tiempo de esperar un milagro más allá de lo que dice el lógico razonamiento basado en las consideraciones que motivaron aquellas palabras del principio. La esperanza es lo último que se pierde. Y al parecer ya se perdió.

Bajo la fría espuma blanca, una mortaja de agua envuelve cuarenta y cuatro cuerpos de queridos hermanos en su paso a la inmortalidad. No pudimos salvarlos. No matemos su recuerdo. Que la llama de su memoria permanezca siempre encendida para generaciones futuras por los siglos de los siglos.

Solo queda entonces rezar conforme a creencias religiosas, y dejar, como póstumo homenaje, un clavel rojo sobre la espuma blanca como símbolo de amor, orgullo y admiración, pero fundamentalmente para que, desde donde nos estén mirando, sepan que jamás los olvidaremos. ¡Viva la patria!

Roberto F. Rodríguez. 

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