Un artículo distinto en un aniversario muy especial

El presente artículo, cuyo contenido quizá diste de sus antecesores directos, generalmente entintados con elementos destinados a hacerlos de interés general, sea literario, informativo, o de entretenimiento, resulta para mí algo muy especial. No por su número en sí, dado que se trata de la nota número doscientos treinta y cuatro desde que comencé a publicar en este espacio con una frecuencia de domingo por medio, y aunque en algunos casos pude haber faltado a la cita, es justo aclarar que ello se debió mayormente a que la idea de continuidad recién tomó forma tiempo después, porque aquella primera nota quedó en solitario ocupando un espacio disponible.

Sin embargo, esta nota de hoy es muy importante por la fecha, dado que en el día de ayer se cumplieron exactamente diez años de la edición en que vio la luz la referida primera columna dominguera, vale decir: el 27 de enero de 2008.

Para entonces ya hacía prácticamente una década en que estaba vinculado a NOTICIAS, donde había escrito crónicas sobre diferentes eventos deportivos actuales, y había iniciado la columna sabatina “Puños Pehuajenses”, dedicada a evocar, cada sábado, a un boxeador local o zonal que formaron parte de la historia pugilística lugareña. Esa columna que comprendió doscientas entregas entre 2001 y 2005, había dado lugar a una nueva serie llamada: “TC, una pasión popular” que, para aquel enero de 2008, llevaba más de cien entregas semanales publicadas.

En consecuencia, estaba claro que mis trabajos periodísticos giraban en torno a la actividad deportiva, del presente o del pasado, pero siempre en un mismo campo de acción.

Por eso me sorprendió cuando en aquel último sábado del primer mes del 2008, la señora Ana Francia, en ese momento desempeñando tareas de secretaria de redacción del diario, me pidió que escribiera una nota destinada a cubrir un espacio en la edición del domingo, pero lejos del ámbito deportivo. Recuerdo que como ejemplo me mencionó la columna “El Zaguán” del diario El Popular de la ciudad de Olavarría, indicándome que escribiera un artículo de interés general, apto para un domingo.

Sin haber leído la columna olavarriense decidí cumplir con el pedido y escribí una nota sobre, precisamente, el zaguán, con todo lo que ha significado en la vida nacional la existencia de esa parte de la casa que constituye la primera dependencia a la que se accede –o accedía– desde la puerta principal de entrada de la vivienda. Un lugar cargado de historias. Con encuentros y desencuentros. Con niños jugando a la hora de la siesta o parejas dando rienda suelta a la pasión por las noches. Un sitio alto, cálido o frío, según las circunstancias. Mudo testigo de besos furtivos y de lágrimas solitarias.

Sin duda había mucho por escribir sobre el zaguán y traté de hacer lo mejor que pude. La idea era cumplir y lo hice.

Sin embargo no firmé la nota como acostumbro a hacerlo ni tampoco pensé en un nuevo artículo. Naturalmente aun no había nacido el tradicional saludo de despedida con el ferviente deseo que los lectores tengan verdaderamente un feliz domingo. Nada de eso. La cosa quedó ahí. Pero no por mucho tiempo porque Ana volvió a la carga y acordamos intentar publicar una nota de ese estilo, los domingos, pero cada dos semanas. Al menos para ver si funcionaba o no. Y funcionó. Las 234 entregas en diez años son la prueba de ello.

Ahora bien: una cosa era escribir un artículo como para salir del paso y ocupar el espacio libre, y otra muy distinta era darle continuidad con frecuencia quincenal.

Por ello me decidí a volcar mis esfuerzos en tratar de escribir, para cada día que me tocara, una nota ligera, rápida de digerir, en un domingo que es, por nuestra cultura, un día de reunión familiar, fundamentalmente en el almuerzo, que pueda ser leída mientras se está haciendo el asado, o después, en la sobremesa. El objetivo es entretener. No hacer una nota tediosa, sobrecargada de datos innecesarios, ni una nota empalagosa, abarrotada de recursos poéticos que más que adornar, resultan contraproducentes. La idea está en la sencillez. Si después de ahí, la nota genera comentarios diversos, si permite que afloren recuerdos, si provoca emociones, y si, además, divierte, creo que es el mejor premio que puedo tener, dado que para mí han sido muy importantes, porque hasta me han permitido descubrirme a mí mismo en ciertos aspectos en los que nunca me había desempeñado ni intentado hacerlo.

Como ha quedado demostrado a través de toda una década, las notas publicadas tienen diferentes puntos de partida. Algunas nacen del análisis de un refrán, otras de las razones y consecuencias de una frase conocida, sea feliz o tristemente célebre, incluso están las que surgen de una efeméride que recuerda un hecho de determinada transcendencia, o las que se relacionan directamente con un suceso que ha sido noticia en los últimos días, y como crónica permite que pueda ser ampliada con detalles, buscar referencias en el pasado, y encontrar elementos válidos, los que pueden ser útiles o no, más allá de su propia importancia, porque no siempre encajan en el espíritu de la nota que uno está tratando de escribir. Entonces viene la parte donde debemos desechar algo que nos encantaría poner en el texto pero entendemos que no será bueno hacerlo. Y es una lástima, pero es el mal menor.

De todas maneras, si hay algo que puedo confirmar con absoluta seguridad, es que me divierte muchísimo escribirlas. Muchas veces, lo que sale publicado es lo que quedó en la zaranda. Es decir: un texto que fue siendo modificado y que suele distar muchísimo de la primera escritura. Es cierto que al momento de escribir se me ocurren diversas ideas, y las vuelco al texto, pero de todas esas ideas, por más divertidas que puedan haberme resultado, pocas son las que terminan viendo la luz. Y ello tiene que ver con el estilo, con el amor por la tarea que desempeño, el respeto por el medio que me permite publicar, y la consideración hacia ustedes, queridos lectores, aunque no dejo de reconocer que si las notas publicadas han llegado a divertirlos, mucho más podrían hacerlo ciertos originales que, por determinadas razones, solo quedaron dentro del comentario familiar.

Otras veces la idea llega tarde, cuando la nota fue publicada, y me aparece con absoluta claridad la forma en que, por ejemplo, podría haber rematado dicha nota con otro final. Y me lamento, pero no puedo hacer otra cosa.

Sabido es que la inspiración no es algo a lo que uno puede echar mano cuando lo necesite. Nada de eso. La inspiración es caprichosa. A veces viene y a veces no. En algún momento es un río caudaloso en ideas y en otros casos es un árido cauce desierto. No depende de nuestras necesidades. No tiene patrón. Pero como dijera el Coronel Nicolás Levalle en su famosa proclama a sus subordinados: ¡Tenemos un deber que cumplir! Haya inspiración o no. Y ahí radica la responsabilidad laboral y el respeto por el lector.

Por eso sencillamente quiero darles las gracias por estos diez años de encuentros domingo por medio, por las veces que me han hecho llegar comentarios en la calle, por los que han tenido atenciones en las notas subidas a las redes sociales, por los aportes, y  por las críticas. Pero muy especialmente quiero darles las gracias a todos aquellos que se han tomado el trabajo de leer mis notas, más allá que hayan sido o no de su agrado.

No puedo ocultar mi satisfacción por esta década, juntos, y aunque esta nota no guarda relación con lo que seguramente espera el lector, único destinatario de todos mis esfuerzos, me tomé el atrevimiento de apropiarme de ella para hacerles llegar por nuestra acostumbrada vía de comunicación dominguera, mi más sincero agradecimiento con la seguridad de comprometerme a mantener este contacto quincenal como los lectores se merecen.

Los abrazo con todo mi corazón, y ¡Feliz domingo para todos!

Roberto F. Rodríguez.

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