Pequeño adminículo ignorado que me trajo lejanos recuerdos gastronómicos

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Un viejo amigo solía decir: “En tiempos de crisis e incluso también en los otros, lo más rentable debería ser poner una fábrica de goyetes, dado que en este país nada parece tenerlos, lo que elevaría la demanda a cifras escalofriantes que multiplicarían las ganancias”. El razonamiento surge como aceptable en principio, más por aquello que se erige como un emblemático dicho argentino, aunque se lo atribuyan exclusivamente los entrerrianos, y que dice que acá hay demasiadas cosas que, como la vida misma, no tienen goyete.

Está claro que la palabra goyete no es más que una deformación del vocablo gollete que, consultado “El pequeño Larousse ilustrado”, tiene dos acepciones: 1.) Parte superior de la garganta por donde se une a la cabeza, y 2.) Cuello estrecho de algunos recipientes.

Es obvio entonces que ciertas botellas, vasijas u otros recipientes, suelen tener ese gollete por donde son asidos para mayor seguridad de sostén y facilidad de transporte. En consecuencia, queda claro también que, el hecho que algo no tenga gollete, dificulta en gran forma que sea tomado, asido y/o asegurado. Como la vida, que muchas veces uno no sabe cómo ni por dónde tomarla porque pareciera que, efectivamente, no tiene gollete.

Lo que no sé es como mutó la palabra mencionada, porque cuando uno lee el término gollete dice directamente: goyete, con sonido amplificado central a modo de “y”, por lo que entiendo que no era necesario inventar una palabra que ya estaba inventada.

Sin embargo, no es el caso de otras palabras que sí son raros inventos argentinos. Recuerdo que un reconocido humorista argentino empleaba el vocablo: “flastrufio” definiéndolo como un sustantivo que si bien no está en el diccionario, debería estar, puesto que se emplea para identificar situaciones y elementos de la vida real que el prestigioso diccionario de la RAE (Real Academia Española) no contempla en su contenido.

Vayamos a algunos ejemplos y pregunto: ¿Cómo se llama el cuello de la bombita de agua que permanece enroscado en el pico de la canilla, aun mucho tiempo después de finalizados los festejos de Carnaval? ¿Cómo denominarían a aquel artículo de un autoservicio que un cliente tomó para adquirirlo pero luego se arrepintió y lo dejó en la góndola que tenía más cerca? Para eso se crearon los faltrufios.

Queridos lectores: ¿Saben cómo nombrar al líquido que beben los actores durante una actuación simulando estar en pleno disfrute de una bebida alcohólica? Sí, ese líquido casi ambarino, que para parecer whisky es muy oscuro y para ser un té es muy claro. ¿No lo saben? Bueno, yo tampoco, pero seguramente alguien habrá pensado un faltrufio para esa situación.

No obstante, entre los faltrufios más conocidos, y muy bien ilustrados por el pincel de Alfredo Grondona White,según recuerdo, está el: “pizzucho”, vocablo que se emplea para identificar a un sumamente conocido adminículo de plástico, infinidad de veces nombrado como: “el cosito de la pizza”, y que se trata de un pequeño objeto de tres patitas sujetas a una parte superior circular que se coloca sobre la pizza, antes de embalarla, con el propósito de que la tapa de cartón de la caja que contiene dicho apetitoso alimento, no tenga contacto con el mismo, evitando así que se pegue a la muzzarella.

¿Qué invento, no? ¡Y cuántas veces lo ignoramos! Esperamos ansiosamente que el pedido llegue por fin a nuestro domicilio, nos impacientamos, el hambre empuja y cuando el timbre suena, recibimos la caja cálida y aromatizante, abonamos, despedimos al repartidor y la llevamos a la mesa. Lo que sigue lleva impresa una prisa casi injustificada. Segundos más, segundos menos, la pizza no se va enfriar más de lo que ya está. Pero dicen que si bien el perro es el mejor amigo del hombre, la pizza es la mejor amiga del hambre. Entonces cortamos el hilo, abrimos la caja, retiramos presuroso el mencionado “pizzucho” dejándolo a un costado como pan que no se vende y harina que no se amasa, y le entramos a la de muzzarela con inusitada fruición.

Deglutimos opíparamente, bebemos a modo de festejo y esperamos que alguien levante la mesa, mientras que el apesadumbrado “pizzucho” todavía aguarda a un costado el momento de ejecución de la sentencia que lo conminará al recipiente contenedor de residuos.

Puede salvarlo, a modo de indulto, la presencia de algún niño que pida poder jugar con lo que llama: “banquito” o “mesita”, dada la forma y aunque los mayores lo mencionen como simple separador plástico, trípode o sencillamente: “cosito”. 

Lo cierto es que, entre todos los vocablos empleados, mesita fue el que obtuvo mayor predicamento en gran parte del mundo. Tan es así que la famosa cadena “Boston Pizza” de Canadá, llevó adelante una muy interesante idea de promoción publicitaria al incluir en cada pedido de pizza, cuatro separadores en lugar de uno, pero lo significativo fue que no se trataba de cuatro “cositos” de los más comunes sino que era una mesita redonda con tres sillitas en escalas, todo construido con una impresora en 3D y realizado con materiales permitidos, es decir: no tóxicos.

El pequeño juego de muebles de cocina sobre la pizza constituyó toda una sorpresa y el éxito se vio rápidamente reflejado en el incremento de las ventas.

Seguramente que la idea canadiense debe haberse extendido aunque a nuestro país no haya llegado aún y ese diminuto “cosito” siga siendo para algunos compatriotas, un “pizzucho”.

Pero, curiosamente, la invención de la palabra “pizzucho” no era necesaria, porque el referido elemento tiene nombre propio desde hace varias décadas, dado que fue en el año 1983 cuando la señora Carmela Vitale presentó ese elemento en los Estados Unidos, solicitando su patentamiento con la denominación (traducida): “guardapizza”.

Dicen que la patente fue aprobada el 12 de febrero de 1985, pero también están quienes aseguran que dicho “cosito” había sido inventado una década antes por un argentino llamado Claudio Troglia, quien en 1974 había iniciado los trámites de patentamiento que nunca se acercó a concluir.

Verdad o no, parece que el “pizzucho” ya tenía nombre, aunque nada haya cambiado demasiado y excepto el sorprendente caso canadiense, siga tan ignorado como siempre.

Reconozco que no soy de prestarle atención a ese elemento y de hecho suelo prestarle poca atención a la pizza, de cuyas porciones sólo ingiero una parte, la del ángulo agudo formado por los dos lados largos o de longitud similar. Es decir: la punta y un poco más, pero no la base donde no ha llegado la cobertura y sólo es un trozo de masa. Y ello me ha traído muchos problemas a lo largo de mi vida, porque jamás podré olvidar las discusiones con mi vieja que, cuando veía lo que dejaba en el plato, siempre exclamaba entre reproche y lamento, que dejaba lo más rico de la pizza. Jamás estuve de acuerdo y puedo demostrarlo con un simple razonamiento: si lo más rico de la pizza fueran los bordes, se harían pizzas de bordes exclusivamente. ¿No les parece? ¡Marche una grande de bordes, entonces! Y ¡Feliz domingo para todos!

Roberto F. Rodríguez

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