La visión sobre el prócer según pasan los años

En cualquier cita de efemérides argentinas podremos encontrar como principal referencia de la fecha del 11 de septiembre, a la conocida por todos, porque más allá de la inolvidable tragedia internacional del año 2001, se mencionará que en un día como aquel pero del año 1888,  inició su paso a la inmortalidad (así dicen muchos textos) en la ciudad de Asunción, Paraguay, un expresidente de nuestro país: el sanjuanino Sarmiento. Y lo menciono de esta manera, con absoluto respeto y omitiendo su conocido nombre de pila, porque este cuyano, nacido  el 15 de febrero de 1811 en el humilde barrio Carrascal de la ciudad de San Juan, fue anotado como: Faustino Valentín Quiroga Sarmiento, siendo hijo de don José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento y de doña Paula Zoila Albarracín Irrazábal. Sin embargo para todos quienes pasamos por las aulas argentinas, máxime aquellos que cursamos estudios primarios en la céntrica escuela que lleva su nombre en nuestra ciudad, se trató de Domingo Faustino Sarmiento. Pero al parecer no se llamaba Domingo. ¿De dónde viene esa imposición distintiva de su identidad pública? Lo ignoro. No obstante les aclaro a los queridos lectores que el día que fue fijado como el de su natalicio, cayó viernes, es decir que nada que ver con domingo. Lo digo por si a alguien se le ocurrió hacer alguna asociación al respecto. 

¿Quién fue Sarmiento? La historia, oficial o no, pro o contra, parcial o imparcial, ha dado sus veredictos según los respectivos autores. Aunque, claro está, a todos los niños argentinos se nos lo mostró como un prócer que hizo de la educación el vehículo que llevara a nuestro pueblo hacia la patria grande que tanto soñó. Y en esa asociación educacional, nunca pudimos quitarnos la idea de responsabilizarlo de tener que ir a la escuela diariamente, como si él hubiese inventado esa costumbre obligatoria. No la inventó, pero para nosotros fue como si lo hubiera hecho. Además, con esa expresión con que lo muestran los bustos eternos y las ilustraciones de manuales escolares, no estaba mal que, a nuestra incipiente edad infantil, lo hayamos sentido como casi un enemigo. Su rostro de endurecida expresión, el seño fruncido, mirada acusadora, y muy poco cabello para peinar, cerraban una imagen poco amigable de un señor mayor muy enojado. Y digo lo de señor mayor porque la mayoría de las imágenes conocidas son de esa etapa de su agitada existencia. Pocas veces vimos al joven Sarmiento. Recuerdo que en la portada del libro de Ignacio García Hamilton, titulado: “Cuyano alborotador”, aparece una imagen de un Sarmiento con muchos menos años al inmortalizado en los monumentos. El Sarmiento de tapa es joven, de rostro ligeramente oval, ojos grandes, largas patillas, y una cabellera con profusas entradas que ya denotaban una futura e inevitable calvicie. La expresión facial, aunque algo más leve de la acostumbrada, también muestra cejas apuntando hacia abajo y hacia el centro, como focalizando la mirada en un objetivo determinado, al mejor estilo de una fiera a punto de caer sobre su presa.

Las otras figuras, salvo una que recuerdo haberlo visto con barba y bigote, y cierta expresión literaria, son decididamente de su etapa más allá del medio siglo vivido, lo que, para aquel tiempo, ya era estar entrando en la tercera y última edad. Lo hemos visto con los atributos presidenciales, dado que el sanjuanino ejerció la primera magistratura del país entre 1868 y 1874; o bien luciendo un engalanado uniforme militar. Recordemos que, con 17 años de edad, fue nombrado subteniente de la Segunda Compañía del Batallón de Infantería Provincial de San Juan que combatió contra las tropas del  caudillo riojano Facundo Quiroga y que, cuando en 1831 emigró a Chile, ostentaba el grado de capitán.

Pero Sarmiento no solo fue estadista, diplomático, militar, y educador, como lo muestran las imágenes más difundidas, sino que también fue un reconocido periodista y literato, reconocimiento al que me adhiero puesto que lo considero como uno de los escritores más notables que –para mi gusto– dio nuestro bendito país.

Leer su obra resulta muy interesante. Comprender su pensamiento, quizá resulte más difícil pero hay que ubicarlo en su verdadero tiempo, en aquellos años donde soñaba con una patria grande, pero por sobre todas las cosas culta y progresista, siendo impulsor del incontenible avance, muchas veces cruel y hasta sangriento, de la civilización sobre la barbarie en nombre del mejor porvenir para un país moderno.

Su esclarecida mente hizo públicas muchas de las que consideró “sus verdades”, las que, como un reguero de pólvora, recorrieron surcos de tinta para quedar  inmortalizadas con la posteridad como destinataria.

Aquellos “sincericidios” que contenían críticas, pensamientos, y proyectos, lo muestran muy distinto a lo que nos enseñaron en la escuela primaria, aunque resulta justo reconocer que aun hoy, muchas de esas ideas son compartidas por no pocos compatriotas actuales, más allá que provengan de frases desafortunadas que, por lo general, han sido políticamente incorrectas. Pero al parecer así era Sarmiento. Un hombre que se enojaba con mucha frecuencia y sacaba de sí al Míster Hyde que el recodado Doctor Jeckyll llevaba dentro, conforme a la extraordinaria novela de Robert Louis Stevenson. El hombre y la bestia, algo de lo que ningún humano parece estar exento, aun cuando no haga aflorar ese lado malo de su personalidad.

Pero en una noche como la de hoy, todo eso se olvida porque estará llegando un nuevo 11 de septiembre, por lo que, consecuentemente con la fecha, numerosas delegaciones en todo el país, se harán presentes frente al busto que perpetua la memoria del prócer de rostro adusto, y rendirán el obligado homenaje al llamado “padre del aula”, entonándose, en debida adhesión, las estrofas del llamado himno a Sarmiento, que no deja de ser una agradable composición musical aunque con una letra que, cuando niños, nos costaba entender en su totalidad. Es decir que si por ver grande a la patria luchó con la espada, la pluma, y la palabra, a nosotros, como impúberes infantes, nos quedaba claro que con esa escases de armamento bélico no le podía haber ido muy bien en cuanta batalla haya participado, porque lo de la espada está bien, pero ¿quién va a pelear con la pluma y la palabra? Nadie. Tampoco nadie nos explicaba el verdadero significado de su lucha, quizá por temor a que interpretáramos como pro-chileno algún sentimiento del insigne sanjuanino, o entendiéramos como demasiado extranjerizante su postura pública. Ni hablar de aquello de loor que menciona el himno porque era una palabra desconocida y complicada tanto para pronunciar como para escribir en aquellos años de nuestras primeras letras. Gloria y loor dice el himno. Lo de gloria se entiende, pero si loor proviene del latín “laus”, que significa gloria, sería algo así como: “Gloria y gloria”. En fin, cosas que pasan. Por ahí no es tan así.

Lo cierto es que mañana es 11 de septiembre, día del maestro, y miles de miles de niños argentinos estarán también frente al busto correspondiente, buscando escapar a la mirada acusadora del prócer, y –para aquellos que les toque– hasta dejando con algo de miedo la ofrenda floral al pie del monumento sin levantar demasiado la vista y volviendo a la formación lo más rápido posible. Es que así lo vimos, lo ven, y lo verán los más pequeños alumnos de nuestro país. Después crecerán, como crecimos nosotros, y tal vez lo vean distinto. Quizá no mucho, como es mi caso, o quizá demasiado, como lo vio una conocida modelo chaqueña que ha elevado muchas veces la temperatura de la pantalla chica con su pasional presencia sabatina, pero que a la hora de mostrar ciertos conocimientos ha quedado en deuda, dado que visitando no hace mucho la casa del insigne icono de la educación argentina, pasó para una fotografía junto a la estatua conmemorativa del prócer en la que fuera su casa de San Juan, y la subió a las redes sociales con el comentario: “Acá, en la casa de San Martín”. Ahora pregunto: ¿Tan distinto lo encontró a Sarmiento?

¡Por Dios, un maestro urgente! 

                                                                                                  Roberto F. Rodríguez.

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