La amistad es algo maravilloso, pero no siempre

El próximo jueves tendrá lugar la celebración anual del denominado “Día del amigo”, en consecuencia vaya este humilde artículo como saludo a todos los amigos. No solamente los míos sino todos los que tienen la bendición de sentirse verdaderamente amigos de alguien.

Sabemos que el día del amigo se celebra en conmemoración de lo que ha sido un hecho trascendental para la historia humana: la llegada del hombre a la Luna, hecho acaecido el 20 de julio de 1969, y de lo que un par de años se habrá de cumplir medio siglo. Parece mentira que haya pasado tanto tiempo desde que quienes fuimos testigos a través de un rudimentario televisor, nos asombráramos e incluso emocionáramos.

“Un pequeño paso para el hombre y un paso gigante para la humanidad” dicen que expresó Neil Armstrong al momento de pisar suelo lunar, luego de descender aparatosamente del módulo norteamericano, moviéndose como si flotara en el aire, aunque no la hubiera en esa superficie.

Por entonces yo cursaba primer grado y acababa de cumplir 6 años el día anterior. Sí, si sacan cuentas comprobarán que inicié la primaria sin la edad permitida dado que recién logré contar con esa edad mínima luego de transponer el límite de admisión que era el 30 de junio. Pero lo hecho, hecho está y agradezco la oportunidad anticipada que me brindaron, aunque esto es otro tema.

Lo cierto es que mi asombro por aquel alunizaje fue tal que aún permanecen en mi memoria algunas de aquellas imágenes en blanco y negro y algo borrosas. Sé también que todo ello fue puesto en duda por quienes consideran que se trató de un simple montaje televisivo hecho en tierra y no en nuestro satélite natural. Una lástima, porque yo creí en aquellas imágenes. Es verdad que también había creído en los Reyes Magos y en Papá Noel, pero nunca los vi, en cambio las imágenes del alunizaje las estaba viendo.

Entonces ¿Cómo no iba a creer en ese astronauta de extraños movimientos de gorila neumático (o reumático) que descendía por la escalerilla y se aprestaba a poner su pie en una superficie desconocida para la raza humana? Creí. Más allá que hoy sean millones de personas las que lo pongan en duda.

Con apenas 6 años de edad, y memoria como para retener apellidos importantes como San Martín, Belgrano, Colón, Sarmiento, que, sumados a otras glorias para mí como: Carlos Pairetti, Rojitas, Nicolino Locche, y Agustín Mario Cejas (arquero del Racing Club y la selección nacional), amplié la nómina con tres nuevos integrantes: Armstrong, Collins y Aldrin, quienes como grandes protagonistas del mayúsculo episodio espacial, pasaron a ser algo así como el trío más mentado que pudo haber caminado por esas calles del Sur, como dice el tango.

Ahora bien, ¿Qué tiene que ver la llegada del hombre a la Luna con el Día del amigo? No sé. Sí tengo conocimiento que fue a un argentino, el rotario porteño doctor Enrique Febbraro, al que se le ocurrió crear el Día internacional del amigo fijando el festejo para todos los 20 de julio en honor a aquel trascendental paso de la humanidad y cuya idea no incluía fines de lucro ni fomento del consumo.

De todas maneras no podemos soslayar que el Día de la amistad está instituido desde 1958 por el Doctor Ramón Artemio Bracho, de Paraguay, país donde se festeja el 30 de julio, aunque desconozco el motivo.

Pero ¿cuál es la relación de aquel hecho con la fecha en que celebramos nuestros encuentros?

¿Eran amigos Armstrong, Collins, y Aldrin? Tal vez. Al menos el por entonces teniente coronel Michael Collins, debía apreciarlos a los otros dos, porque fue quién, dentro de aquella histórica misión lunar Apolo 11, pilotó el módulo de mando "Columbia", mientras el comandante de la misión, Armstrong, y el coronel de la Fuerza Aérea Edwin E. Aldrin, pisaban la Luna ante el asombro de la humanidad. Es decir que Collins los llevó hasta la Luna, los esperó, y los trajo de vuelta, pero en ningún momento pisó suelo lunar. Fueron casi cuatrocientos mil kilómetros de ida y otro tanto de vuelta y, aun así, no pisó la Luna. Hay que ser amigo para aguantarse ésa. ¿No les parece?

Pero, en definitiva, ¿qué es un amigo? Atahualpa Yupanqui solía citar, cuando le hacían esta pregunta, a un hombre anónimo, tan entrado en edad como acertado en sus definiciones categóricas, quién siempre respondía lo mismo: “Un amigo, es uno mismo, pero con otro cuero”.

Claro que todo el tema de la amistad nos puede llevar a la remanida dicotomía sobre si la amistad entre un varón y una mujer es posible o no. Pero eso es algo no para un simple artículo periodístico sino como para un enorme simposio internacional.

Hay quienes consideran, y con ejemplos valederos, que esa amistad es posible. Otros, como un amigo mío, dicen que pensar en la amistad entre un varón y una mujer es para utópicos inmaduros, dado que es como aceptar ser parte de la lista de 22 jugadores que van al mundial, con la seguridad de no jugar nunca y ver la fiesta desde afuera, pero con la salvedad de saber que uno está en la lista y que, por ahí, quien dice, se alinean los planetas, se da juego a favor y uno termina jugando aunque sea unos minutos que, por otra parte, es lo que deseó desde un principio cuando aceptó –aun a regañadientes– ser parte casi excluida de la lista.

 ¿A cuántos les ha pasado ver a su amiga de novia con un pelotudo? Seguramente a muchos, como muchas veces habrán estado tentados de decírselo directamente. Pero uno es un amigo y su afirmación al respecto puede generar sospechas de parcialidad ventajera. Por eso –siempre citando a mi amigo– uno es ese al que ella busca cuando el pelotudo hizo lo que todos –menos ella– sabíamos lo que iba a hacer. Entonces nos llama para llorarnos, buscando consuelo, contención, y, por sobre todas las cosas, consejos que coincidan exactamente con lo que ella quiere oír. Y nosotros no podemos. El pelotudo dejó el balón picando en el área y la tentación es tan fuerte como débil es la carne, entonces la calzamos de sobre pique con el empeine y la clavamos (a la pelota, claro) contra un palo. Nada de defenderlo, que se defienda solo. Porque es competencia y que, de hecho, si no fuera tan pelotudo, podría parafrasear al gran Almafuerte recitando un inolvidable poema que dice: “Yo sé que el labio de un hombre, / por tu amor, capaz de todo / recoge a montones lodo / para volcarlo en mi nombre”. Pero como es como es, no lo va a hacer. Y nosotros, que aceptamos ese rol de amigo, tendremos que tenerle la vela hasta que el pelotudo vuelva, ello lo perdone, y los pelotudos seamos nosotros.

Por eso repito, el tema de la amistad varón-mujer da para un abordaje mucho más amplio que prometo tratar alguna vez.

Por eso me quedo con la cita de Yupanqui, sobre qué: un amigo es uno mismo con otro cuero. Porque así lo entiendo. Tener un amigo es tener alguien en quien confiar ciegamente, un ser maravilloso ante quien nos confesamos sin dudar, a quien tenemos presente siempre más allá de las distancias porque ha dejado una parte suya en nosotros a través de todo lo compartido y de los sueños por compartir. Amigo es un ser que sabemos que jamás nos abandonará, porque aún sabiendo todo de nosotros, todavía nos quiere.

Por eso la amistad es uno de los sentimientos más maravillosos que podemos experimentar los seres humanos, salvo –claro está– cuando aquella nos dice, atravesándonos impiadosamente con la espada de su confesión, que solo nos quiere como amigos. Y ahí lo maravilloso se va a la mismísima… Sí, a la mismísima.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez. 

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