Gloria y tragedia de un hombre

En la vida hay gente que nace para ser recordada y otros que más allá de sus posibles méritos, aparecen como irremediablemente condenados al olvido. Hay héroes y hay villanos, pero también están aquellos que en determinados momentos de sus vidas pasan por ambas calificaciones, lo que generalmente suele darse desde arriba hacia abajo, es decir: caer al oprobio después de haberse codeado con la gloria y el manifiesto apoyo popular.

¿A qué viene esta introducción? A que hoy es un día especial, una de esas fechas que, desde niño, me fue marcada en el cívico calendario que debería respetar por siempre. Así lo aprendí desde que comencé la educación primaria en 1969 en la Escuela “Domingo Faustino Sarmiento” de nuestra ciudad. Y debe ser cierto porque hoy, casi medio siglo después, al hojear el denominado “Calendario Escolar Único”, correspondiente a aquel año y emitido por la Secretaría de Estado de Cultura y Educación a través del Centro Nacional de Documentación e Información Educativa, me encuentro con que en la página 17, dentro del capítulo: Distribución de la actividad escolar, dice: “…Agosto 12: La Reconquista y la defensa de Buenos Aires (1806 - 1807)”. En consecuencia nos encontramos frente a una fecha que constituye un hito fundamental dentro de nuestra historia continental.

Sí, hoy debería celebrarse “El día de la Reconquista”. Así me lo enseñaron y por la documentación a la vista, parece quedar demostrado.

Quizá se considere que estamos frente a un hecho trascendental pero que no puede catalogarse como festividad patria habida cuenta que nuestra patria, como tal, aun no había nacido entonces, sino que nuestro territorio todavía pertenecía al Virreinato del Río de La Plata de la corona española. Sin embargo, no podrá negarse que la actuación de quienes defendieron y reconquistaron Buenos Aires constituyó un eslabón casi fundacional de la cadena de sucesos que jalonan nuestra historia independentista.

Y ahí, en ese tramo de la historia, es donde surge la figura de don Santiago Antonio María de Liniers y Bremond, más conocido como Santiago de Liniers, un respetado noble y admirado militar francés nacido en la ciudad de Niort, en 1753, que cumplió un notable desempeño como funcionario de la citada corona española.

Para quienes todavía jugábamos con soldaditos en aquellos impúberes seis años de edad, Liniers se nos presentaba en las ilustraciones como un hombre de cabellos blancos, largos, peinados hacia atrás y atados formando una cola en la parte posterior que si bien no daba un aspecto muy varonil, su imponente uniforme azul impactaba. Desconozco que tipo de gorro militar usaba porque en todas las ilustraciones aparece con su cabeza descubierta, pero eso sería quizá un tema menor.

Lo cierto es que le tocó el trabajo de recuperar la ciudad de Buenos Aires en el invierno de 1806, cuando la misma había caído en manos de tropas inglesas que al mando del general Beresford, la ocupaban con la idea de anexarla a los dominios de la corona británica.

Los ingleses habían capturado la ciudad prácticamente sin resistencia, dado que una vez que las tropas atravesaron el Riachuelo, el Virrey, don Rafael de Sobremonte, huyó hacia Córdoba con el dinero que atesoraban las arcas del gobierno, dejando Buenos Aires a merced de los invasores. Liniers entonces, organizó en Montevideo una expedición para recuperar la capital virreinal y el 10 de agosto de aquel año llegó hasta la actual Plaza Miserere de nuestra Capital Federal y desde allí intimó a Beresford a que se rindiera. La intimación fue rechazada y luego de una lucha armada, finalmente el general inglés aceptó capitular, hecho ocurrido el 12 de agosto de 1806 e inmortalizado en una conocida pintura que ha ilustrado cuanta publicación haya tratado el tema, donde se ve al militar invasor entregar su sable a Liniers como símbolo de rendición, mientras el vencedor adopta una caballeresca postura de rechazo al arma mencionada.

Sabemos que no conformes con la derrota, los ingleses volvieron al año siguiente, ahora al mando de John Whitelocke, quien si bien derrotó a las bisoñas tropas de Liniers en Miserere, luego sería rechazado por la población que ofreció una tenaz y feroz resistencia, en la que el héroe de los porteños tuvo también su participación.

Tras las victorias sobre los británicos que pretendieron invadirnos en las referidas ocasiones, Santiago de Liniers fue nombrado Virrey del Río de la Plata en 1807.

Los tiempos fueron cambiando y la península Ibérica había sido invadida por el ejército francés de Napoléon Bonaparte, quien instaló a su hermano José como rey de España, pretendiendo que el Virreinato platense así lo reconociera y enviando al Marqués de Sassenay a realizar las gestiones necesarias en Buenos Aires ante Liniers. El virrey lo recibió y rechazó el pedido, pero luego ambos mantuvieron una entrevista privada que abrió sospechas, dada la nacionalidad de Liniers y dio letra a sus enemigos internos para propiciar su derrocamiento.

El insurrecto movimiento se produjo a principio de 1809 pero fracasó. Finalmente, en agosto de ese año, un nuevo virrey, don Baltasar Hidalgo de Cisneros, reemplazó a Liniers que se mudó a Alta Gracia.

Tras la llamada Revolución de Mayo de 1810 que puso el gobierno en manos de lo que se conoce como Primera Junta, el otrora héroe de la reconquista de Buenos Aires, tomó contacto con otros partidarios de la corona española y se puso a disposición para combatir al nuevo gobierno, a quienes calificó de insurrectos, expresando: “…la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria, que se halla en un estado inestable, debido al atroz usurpador Bonaparte, es igual a la de un hijo que, viendo a su padre enfermo pero de un mal que probablemente pudiera salvarse, lo asesina en la cama para heredarlo.”

Su final estaba muy cerca. Fue capturado por una expedición militar al mando de Juan José Castelli, integrante de la Junta de Gobierno y luego fusilado el 26 de agosto de 1810 en Cabeza de Tigre, Córdoba, siendo sus restos, juntos a los otros contrarrevolucionarios ejecutados, enterrados en una zanja cercana a una iglesia.

Recién en 1861, el presidente de la Confederación, Santiago Derqui, familiar de uno de los fusilados, dispuso la búsqueda y recuperación de los restos. Las excavaciones dieron resultado y los restos de Santiago de Liniers fueron rescatados, depositando las cenizas en la Iglesia Matriz de Rosario. Finalmente y a pedido de sus descendientes, fueron enviadas a España, siendo recibidas con honores militares y sepultadas en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, Cádiz.

Se cerraba así la historia de vida de un hombre que lo sacrificó todo en cumplimiento de la lealtad jurada a la corona española, que fue héroe de la reconquista de Buenos Aires ante las invasiones inglesas, pero que terminó fusilado por cuestiones políticas. Un marino francés honrado por su prestigio militar, cuestionado en su accionar como gobernante y hasta denostado en su vida privada. Un hombre que, llegado a Buenos Aires y ya viudo de su primera esposa, contrajo segundas nupcias en 1791 con la reconocida jovencita María Martina de Sarratea y Altolaguirre, pero fueron sus amores con la aporteñada francesa Ana Périchon a partir de 1806, lo que le dio protagonismo en un culebrón que pasó a ser comidilla de la alta sociedad porteña, ámbito en el que llamaban despectivamente a la dama como: “la Perichona”. Es justo mencionar que para 1806, Liniers ya era viudo también de su segunda esposa, aunque eso poco importaba.

Así se fue perdiendo su nombre de las celebraciones oficiales, incluso en las ediciones de 1970 a 1973, no aparece en el Calendario Escolar Único, reapareciendo a partir de 1974 (página 23) donde se dispone el acto conmemorativo correspondiente al 12 de agosto. También al año siguiente, cuando cursé séptimo grado, se menciona el día de la reconquista en la edición de dicho calendario.

Curiosamente siempre lo recordé, como esas fechas que quedan marcadas a fuego y hoy, al cumplirse doscientos doce años de aquella épica jornada, quise compartir ese recuerdo, sin pretender ensalzar su figura ni querer hacer revisionismo histórico. Sino simplemente recordar a un hombre cuyas victorias fueron festejadas por nuestros antecesores, pero que terminó muriendo, muy poco después, ante las balas de las mismas armas con las que defendió la integridad de Buenos Aires, la ciudad de todos los habitantes de este bendito país.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez

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