Trenque Lauquen

Falleció Juan Ramón Nazar, director de Diario La Opinión

TRENQUE LAUQUEN (de La Opinión). Con la misma impronta silenciosa y serena con la que vivió sus últimos años, murió Juan Ramón Nazar, nuestro director. Sus restos recibieron sepultura ayer jueves, 16 de marzo de 2017, a las 16:00.
Era del cuño de los que viven haciendo, entregando sus conocimientos sin mezquindades, soñando siempre con un país mejor, con una sociedad más justa, apostando a que todos quisiesen ser más antes que tener más.
Siempre se sintió cómodo en la trinchera como le gustaba llamar a los distintos sitios de responsabilidad en los que eligió pelear. En su discurso siempre hubo lugar para la calidez y el gracejo y para las palabras filosas que denunciaban injusticias y arbitrariedades.
La lectura nutrió su intelecto y su corazón. Fue un apasionado de la historia e hizo suyo el legado de los próceres que hicieron la Patria. Se le encendían los ojos y se le inflaba la voz para hablar de San Martín, de Belgrano, de Alberdi y de Moreno, el padre del periodismo argentino.
Cuánto tendría para hablar de vos, Juan, tras más de treinta años de caminar juntos las horas lindas y las no tan gratas de La Opinión. Tantas charlas, tantas discusiones y hasta peleas encendidas. Tantos cambios tecnológicos y la permanencia de los ideales.
En este momento me acuerdo de los versos de Francisco Luis Bernárdez que te gustaban tanto “… porque lo que el árbol tiene de florido / vive de lo que tiene sepultado”.
La alusión a las raíces te venía como anillo al dedo, aunque no lo pensaras.
Porque lo que fuiste después empezó a nacer en la infancia. En la chacra de Saladillo donde naciste y te criaste bebiendo el ejemplo de tus padres, los inmigrantes siriolibaneses, laburantes sin feriados ni relojes.
Eras muy chico, la edad de las bolitas, y ya te doblabas de madrugada sobre los surcos para sacar los yuyos de los cultivos, supiste de rosetas, de heladas, de cosechar batatas y de esos desayunos a la luz del farol, olorosos a bifes y huevos fritos. Mucho trabajo, mucho amor y también lugar para los juegos pueriles.
En la última anécdota que me contaste –hace diez días- evocabas cuando con uno de tus hermanos le hicieron ojitos y boca a la cáscara de media sandía y le pusieron una vela encendida con la pretensión de asustar a tu papá cuando volvía del campo: sólo cosecharon un ¡muchachos de mierda!
Pero había más que te caminaba por dentro“…este negrito piensa” decía tu tío, el vendedor ambulante que recalaba cada tanto en la chacra.
Terminaste sexto grado y Saladillo te ofreció el manantial de la biblioteca pública. Empezaste a devorar libros, a garrapatear poesías y artículos que te publicaron en el diario del pueblo

Te arrimaste a la política; todo te enamoraba, viviste enamorado. Seguiste a Moisés Lebensohn, a Arturo Frondizi, a Oscar Alende por nombrar algunos.
Apenas despuntaba la década del ’50 cuando una mañana llena de viento y de tierra bajaste del tren en la estación de Trenque Lauquen, la ciudad que adoptaste por tuya. Encontraste un lugar en la compañía La Primera y te fuiste metiendo en la vida institucional y social. Te casaste con Alice Iturrieta y nacieron Roberto y Mariela.
El periodismo te había atrapado definitivamente, comenzaste a editar la revista Atalaya del Oeste pero la puntería iba mucho más allá. La meta era algo grande, digno de la ciudad que crecía promisoriamente. Hubo un tiempo en que lideraste Tribuna hasta que en 1974 echó a andar Editorial Trenque Lauquen para editar La Opinión hasta ese momento propiedad de la familia Sartoris.
Tres años más tarde llegarían los tiempos oscuros de la intervención y de tu secuestro que se prolongó casi un año. No te doblegaron, tus compañeros de encierro te decían “El profeta” porque estabas lleno de barba, de pelo y de serenas palabras de aliento.
Los otros costados de tu vida están resumidos, como te decía, en el cuadro de al lado. Todos esos puestos importantes, el protagonismo, el renombre, la facha que cargabas cuando empilchabas de señor ejecutivo, todo en este momento de la despedida, es aleatorio, casi un puñado de las anécdotas que tantas veces compartimos.
En esta hora del tránsito, Juan, lo que quiero rescatar especialmente, es todo lo que hiciste por el periodismo, a cuántos iniciaste en ese camino (me incluyo, claro); sabías explicar con paciencia y también se te volaban los patos ¿te acordás cuando –en los tiempos de las máquinas de escribir – te mostré una nota y la hiciste un bollo que fue a parar a uno de esos canastos de alambre que había en la vieja Redacción?
Cuántas veces nos retiramos la palabra y nos miramos torcido… por dos o tres horas.
Perdías los anteojos y las llaves; después el celular. Después las tres cosas juntas. Lo que nunca perdiste fue el amor, tozudo y a veces desmañado, por el diario, tu tercer hijo.
Te vamos a extrañar mucho. Quedará el eco de ese “Hasta mañana, Juan” de las tardecitas. (Por Ana María Ford).

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