Esperanzador nombre para un jinete que ya es recuerdo

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Cuando se despedía el tristemente célebre abril de 1987, también nos dejaba para siempre un hombre que había adoptado la ciudadanía pehuajense: Elpidio Martínez.

Llegado procedente de Entre Ríos, venía arrastrando fama de muy buen jinete, de esos que utilizan poncho en lugar de rebenque, al solo efecto de no lastimar al animal. Pehuajó fue su destino y en estas tierras de la pampa húmeda ratificó su prestigio, el que llegó a ser conocido mucho más allá de nuestros límites regionales.

Vino a trabajar y aquí se quedó. En “Peña La Valeria”, conocida como: un rincón para los gauchos,  encontró su lugar. Allí fue recibido, porque como decía en aquellos años su referente, Mauricio Sandoval: “…siempre llega gente nueva, en razón que si un amigo trae a otro amigo, es suficiente carta de presentación porque aquel sabe a quién trae, y sabe también que éste va saber adaptarse. Por eso la cosa funciona.”

Elpidio se adaptó, demostrando ser una gran persona, muy buen compañero, y un notable colaborador de la referida entidad tradicionalista.

No tardó demasiado en representar la peña en grandes jineteadas, y tuvo todo el apoyo de su gente que vio en él a un digno embajador.

Siempre cumplió buenas performances en toda monta que le fuera dada, aunque su fuerte estaba cuando montaba con vastos y encimera, es decir con los estribos puestos y la cincha sujetando al caballo. Verlo en esos lances era conmovedor. Piernas fuertes, manos firmes, y músculos tensos tratando de mantenerse sobre el lomo de un potro salvaje. Un animal que ofrecía una impresionante resistencia, pretendiendo bajar arteramente la cabeza para despedir al jinete, y al que solo la fuerza de la mano de éste estrujando las riendas se lo impedía. Sordos ruidos y quejidos lastimosos se oyeron más de una vez en ese diálogo secreto, coronado por el griterío del numeroso público que disfrutaba del espectáculo.

Hombre y caballo en pleno combate. Ninguno renuncia. Ambos pugnan por el objetivo propuesto en una emotiva demostración de sus mejores armas.

Muchas veces el triunfo le sonrió al entrerriano. Tanto como para clasificarse a las instancias definitorias en numerosas jornadas, pero otras veces la suerte le fue esquiva o el fallo del jurado no reflejó en su veredicto lo que había visto el público. Y así quedaba. Respetuoso de la autoridad, nunca protestó una decisión de los jueces. Y el hecho de sentirse perjudicado solo lo manifestaba en una rueda íntima de amigos, pero no más allá de ahí.

El campo fue su ámbito laboral, y aunque también trabajó en la planta del Frigorífico de nuestra ciudad, los quehaceres rurales lo atraían. Sabía desempeñarse como para que sus servicios siempre fueran requeridos.

Cuando el otoño del ’87 trajo la devastación a través de incontenibles lenguas de agua que cubrieron casi todo nuestro territorio distrital, estuvo dando pelea. Montado en su flete trabajó en los arreos que la emergencia exigía realizar con prontitud, y aquel 29 de abril lo vieron pasar montado a rescatar unos animales que habían quedado aislados por la inundación, lo que equivalía a decir que estaban condenados a una muerte lenta e inevitable si no eran sacados a tiempo de ese fatídico lugar. Sentía que podía lograrlo y lo asumió como un verdadero deber. Nunca imaginó que quizá iba camino a la muerte.

La delgada línea del horizonte, donde agua y cielo se unían tornando mucho más desolador el paisaje, parecía demasiado lejos. Solo espejos plateados que pretendían despedir algún brillo con la claridad del día eran el trágico presente de una tierra que él había sabido galopar en más de una ocasión y que ahora se ocultaba en lo profundo, bajo un manto de aguas que remolineaban generando una peligrosa confusión.

Ahora sí, lejos de aquellas gloriosas jineteadas en que rivalizaba con los potros, hombre y caballo eran uno solo para encarar la impiadosa corriente.

¿Cuántas veces luchó sobre el lomo de un bagual? ¿En cuántas ocasiones, como atornillado sobre un indómito animal, estuvo casi en el aire oyendo el fastidioso resoplar de la bestia que no quiere entregarse? El animal queriendo liberarse. El hombre buscando mantenerse encima, pese a los salvajes corcovos y el intimidante retumbo de las patas sobre el suelo. Es que ahí radicaba la diferencia. Eran hombre contra caballo pero sobre el suelo. Ahora, jinete y animal estaban juntos en un objetivo común: salvarse, pero no tenían un suelo donde apoyarse. No se precisa forzar mucho la imaginación para que aparezcan épicas postales de una titánica y desesperante lucha contra la fuerza de la naturaleza. Un combate sin testigos. Hombre y caballo contra la inmisericorde correntada. Una pelea desigual con resultado casi inevitable.

¿Qué fue lo que ocurrió? No lo sabemos. Quizás en plena contienda haya vuelto a ver sus triunfos históricos e inolvidables, los que cimentaron su fama de extraordinario jinete. Depositar su confianza en ellos podía darle más fuerzas para salir, siempre apoyándose en su particular destreza y en la colaboración de su caballo.

No pudo ser. Elpidio, nombre de origen griego que ha sido traducido como: “el que sabe esperar y nunca pierde la fe”, cayó ante la fuerza de la naturaleza abriendo una herida en el corazón de una comunidad desolada.

No quiero imaginar lo que ocurrió pero tampoco puedo evitar que me llegue la desoladora imagen de un sepulcral silencio solo interrumpido por el estremecedor sonido del paso del agua que va buscando un declive sobre un terreno irregular. Penoso silencio que lo acompañó en su postrero adiós como único testigo. Triste jornada en la que se fue un querido y respetado convecino.  

Difícil, para sus seres queridos, encontrar consuelo con tanto dolor clavado en el pecho, y dentro de un entorno donde todo era tristeza por las pérdidas, lamento de sueños rotos, e incertidumbre sobre el complicado futuro inmediato que nos aguardaba como comunidad.

Pero Pehuajó renació. El esfuerzo mancomunado y la esperanza inclaudicable que alimentamos como pueblo nos marcó el camino. Sin embargo fue, es, y será nuestra obligación de mantener viva la llama del recuerdo de quienes lo dieron todo en aquellas aciagas jornadas, hasta su vida, como Elpidio Martínez.

 

Roberto F. Rodríguez

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