Del ortiva de ayer al spoiler de hoy. Un caso de lengua suelta

Una de las cosas que más llamaban mi atención cuando de niño mis padres me llevaban a la Capital Federal, eran los carteles publicitarios de enormes dimensiones. Aún se siguen utilizando y todavía sigo asombrándome. Ocurre que a veces, aún cuando camino por alguna de sus veredas pobladas de nerviosos transeúntes, no puedo evitar levantar la vista para observar alguna enorme publicidad. Rápidamente los veloces caminantes que surcan la misma acera donde intenté detenerme me devuelven a la vorágine diaria en la que no sólo viven sino que también incorporan compulsivamente a quienes estamos de paso.

Me ocurrió hace unos días cuando caminando por una de las veredas porteñas levanté la vista y me quedé mirando un enorme cartel publicitario que, pendiendo de un alto edificio, anunciaba el lanzamiento de una nueva serie de formato televisivo.

No sé si la promocionaba la conocida empresa de entretenimientos, de nombre corto, o si era la otra, la de nombre más corto. Y realmente no lo recuerdo porque no me detuve en ello sino en otro punto.

Como sabemos, esas empresas que ofrecen un nutrido catálogo de contenidos audiovisuales tales como películas, series y documentales, tienen una importante demanda debido a que se puede acceder a esos contenidos, previo abono a la tarifa estipulada, desde cualquier dispositivo ligado a Internet, sea un teléfono celular, una computadora, o quizá algún otro elemento que se está inventando o acaba de inventarse en estos momentos y aun no lo conocemos. 

La referida demanda, además de la calidad de los productos, los gustos personales y la categoría de estreno, tiene otro anclaje que no puede soslayarse y es la comodidad, dado que puede disfrutarse de los contenidos desde cualquier lugar mientras se tenga a mano alguno de los dispositivos con acceso a Internet.

¡Qué lejos quedó la video-cassettera! Aquellos primeros video clubes que se erigieron en el enemigo público número uno del cine, restándole concurrencia en números tan elevados que muchas salas, especialmente en las ciudades del interior del país, debieron cerrar sus puertas. Transitábamos los años ’90 y alquilar una película para ver en casa, siempre era un buen programa, máxime cuando ya no había cine funcionando.

Los rústicos video-cassettes dejaron su lugar a los modernos DVD, conocidos discos compactos que aún tienen vigencia, pero la demanda parece no ser la misma.

Ir a un video club en búsqueda del último estreno era correr el riesgo de no encontrarlo disponible. De hecho hace mucho tiempo que no voy, aunque tampoco miro muchos audiovisuales. Pero he concurrido en una importante cantidad de oportunidades en el transcurso de las últimas dos décadas, viendo los escaparates que, clasificados por categoría, exhibían las coloridas cajas de los DVD, (cajas vacías, por supuesto, porque estamos en Argentina) y bajo la ubicación de las mismas sobresalía un pequeño gancho metálico, donde colgaban unas fichas plásticas de color no muy llamativo que tenían el número de la película e indicaba que estaba en stock en ese momento. Si el ganchito estaba solitario, había que esperar que alguno de los que la tenían alquilada la devolviera.

Hoy, a la vista de una tecnología que no detiene su avance hasta en los más impensados campos de acción, parece raro lo dicho. Por eso cuando el motor de la demanda es la inmediatez, no hay competencia válida contra los servicios mencionados al principio.

Y volviendo al comienzo, dije que no me detuve a observar cual era la empresa promotora de aquella serie a que hice referencia porque en realidad me quedé detenido en otro punto. Sí, me detuve cuando leí una frase que, a modo de consejo, le ofrecía al potencial cliente, ser el primero en ver la nueva serie. Algo así como: “¡Véala antes que los demás!”. ¿Para qué?, fue la pregunta que me hice en ese mismo instante. ¿Qué ganaría con ver la serie antes que los demás? ¿De qué me serviría? Seguramente verla, si el tema me interesara, me mantendría entretenido. Y si se tratara de un buen documental, obviamente aumentaría mi acervo cultural. No tengo dudas. Pero ¿por qué la inmediatez? ¿Qué se persigue? No creo que ver tal o cual material a modo de primicia pudiera convertirme en algo así como el poseedor de un secreto inconfesable que podría cambiar la historia del mundo. Nada de eso. No obstante creo que muchos de aquellos habitantes de este bendito suelo que se desesperan por ser de los primeros en ver tal o cual serie, es para salir a contar lo que vieron y cobrar cierto protagonismo en charlas ocasionales desentrañando la complicada trama que tiene preocupados a quienes aún no llegaron al punto culminante.

¡Error! El poder no está en revelar el secreto sino en mantenerlo y, ante esas charlas, apelar a ciertas expresiones faciales como diciendo: ¡Uh, la desilusión que se van a llevar! O fruncir el seño y arrugar la nariz como indicador que las conjeturas que los demás hacen al respecto, están equivocadas. Y agregar el clásico: “Yo sé cómo termina, pero no puedo decirlo, porque no soy ningún ortiva”. Claro que esta expresión del lunfardo destinada a denominar a todo delator o “batidor” es muy antigua, y hoy se habla de “Spoiler”, algo que para mí era el alerón de un automóvil pero que en la actualidad, es un  anglicismo que se emplea para referirse a quien interrumpe una alocución para contar el desenlace de la trama. En fin. Cosas del modernismo.

De todas maneras no es nuevo. Lo viví en los años ’70 cuando recibíamos la señal de televisión desde el canal abierto de Trenque Lauquen, y dentro de la acotada programación diaria que generalmente cubría el lapso comprendido entre las seis de la tarde y las doce de la noche, se difundían telenovelas y series de las que, obviamente, también se componían de episodios continuados.

No había forma de ver varios capítulos en un mismo día como hoy ofrecen aquellos servicios de entretenimiento, por lo que había que ir paso a paso. De lunes a viernes, día éste en que los capítulos concluían dejando un gran interrogante que era diálogo obligado entre sus cultores durante el fin de semana. No en todos lados, ni por toda la gente. Eso resulta tan obvio como demostrable, porque en aquellos años yo concurría a la cancha a ver al gran Defensores que luego sería tricampeón, y nunca escuché a persona alguna que pidiera una opinión o preguntara si finalmente Lucho, personaje que encarnaba el recordado Claudio Levrino en la novela “Amar al ladrón”, se casaría con Alejandra (Cristina Del Valle) o con Elina (Cristina Alberó). No. Jamás. Aunque debo reconocer haber oído algún comentario sobre las miniseries protagonizadas por Narciso Ibañez Menta, especialmente: “El hombre que volvió de la muerte” que se emitió durante 1975.

Reitero: en ese tiempo y aun luego, cuando pudimos contar con canal de televisión por cable enteramente pehuajense, tampoco había manera de adelantar capítulos, pero existía un grave peligro: la visita de los parientes que llegaban desde Buenos Aires, donde las novelas y miniseries iban mucho más adelantadas o ya habían terminado. Una tía habladora o algún primo boca floja eran suficientes como para derrumbar abruptamente el castillo imaginario levantado en ese campo de tensiones que generaba la tira televisiva.  Así mi vieja se enteró de pormenores que esperaba descubrir por sí sola a su debido tiempo sobre el casamiento de Lucho y Alejandra, y yo aun lamento la manera en que recibí la infausta noticia que el mítico Elmer Van Hess, que había regresado de la muerte, una vez saciada su sed de vengarse, decidió inmolarse poniéndole fin a la historia que nos había tenido en vilo a muchísimos telespectadores. ¡Qué desilusión! Es que no podré olvidar jamás la expresión socarrona de mi primo diciéndome: Elmer Van Hess los mata a todos y después se fulmina para destruirse.

Entonces fue la imagen de ese rostro familiar develándome el final de: “El hombre que volvió de la muerte”, la que se me representó en la memoria cuando días atrás, tal como he contado, estaba mirando aquel cartel que invitaba a ser el primero en ver cierta serie. Sí, sé que aquello ocurrió hace más de cuatro décadas, pero para mí, sigue siendo: ¡Imperdonable!

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.  

 

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