Del famoso método de Sherlock Holmes a la chismografía pueblerina

Composición de lugar: Un sitio del país. Una calle en una de estas últimas tardes de lluvia. Calle asfaltada, ligeramente céntrica y el consecuente problema que surge con el tránsito vehicular. Y no nombro a un lugar especial, ni siquiera a mí querido Pehuajó, porque entiendo que en esas zonas y en esas circunstancias, el problema aparece sea cual sea la ciudad, siendo elevadamente recurrente. Excepto, claro está, en aquellas donde no llueve casi nunca.

Es que la lluvia complica el tránsito porque complica a los conductores, los que parecen transformarse en esos días y en unas condiciones climáticas tan comunes en nuestra pampa húmeda (de hecho, por eso es húmeda) que deberíamos estar acostumbrados. Pero, por lo visto, aún estamos lejos de acostumbrarnos. Claro que no siempre es así. O a veces, la supuesta exaltación nerviosa tiene sus razones. Y aún así hay conductores que mantienen una envidiable prudencia. Esto me lleva a recordar una de estas últimas tardes de lluvia para concluir la composición de lugar iniciada en tiempo y forma.

Me ocurrió que al transitar tranquilamente en mi automóvil por una calle de edificaciones muy agradables a la vista, fui superado por una camioneta relativamente baja, de color claro, conducida por un hombre de unos cuarenta años de edad, con cierta prudencia y corrección y a una velocidad permitida por ley. Mi reloj indicaba que era la hora 14.30 en todo el territorio nacional y considero que habrían transcurrido unos quince minutos desde que había comenzado a llover, pero no era torrencial ni mucho menos y la visibilidad era buena. En consecuencia, al superarme advertí su gesto adusto y vi que junto a él viajaba una adolescente, con cabeza gacha como aceptando una penitencia o bien metida de cabeza en el celular que tendría probablemente en sus manos,  que yo no alcanza a ver desde mi posición. Fuere lo que fuere, ambos iban en silencio. Fue un instante, pero suficiente. Cuando la camioneta estuvo delante y retomó el carril correcto, observé que en la caja transportaba una bicicleta de dama, con canasto y pintada de un color que no permitía dudas al respecto. Fue allí cuando apareció la historia, reconstruida a partir de lo visto y mediante el método deductivo que hizo famoso a Sherlock Holmes y del que muchos se consideran activos adeptos.

Es posible que luego del almuerzo de esa familia, de la que acababa de conocer a dos de sus miembros, al menos de vista, la jovencita haya decidido salir y desoyendo consejos de sus mayores e ignorando drásticamente los vaticinios meteorológicos, partió en bicicleta, muy a pesar de las imperativas recomendaciones de su madre. Hasta allí todo bien. Luego de una típica infusión digestiva, el hombre decidió tomarse su merecido descanso con una reparadora siesta mientras su esposa se ocupaba de los quehaceres pertinentes que surgen como consecuencia del almuerzo y demandan un importante lapso en el cuarto de cocina. Pero ocurrió lo pronosticado: empezó a llover. Y ya no hubo descanso. La señora interrumpió el incipiente sueño de su marido, dándole la noticia con el dramatismo del estallido de un conflicto bélico de alcances impredecibles. ¡Llueve!, ¡llueve!, exclamó y repitió un par de veces. El hombre, semidormido aún, la miró como preguntándole ¿cuál es la novedad? Y ahí la señora entró en pánico, indicándole que la desobediente adolescente de ambos, se había ido en bicicleta y seguramente la tormenta la iba a sorprender en la calle. ¿Y? Habrá preguntado el hombre. ¡Que se resguarde en algún lugar hasta que pare de llover! ¿Acaso no es lo que se hace en estas situaciones?

Sé que muchos lectores coincidirán con que la respuesta del hombre es correcta. Incluso podría hasta obtener ese calificativo del jurado en un concurso de preguntas. Pero cuando el jurado es la esposa del susodicho, el pobre tipo tiene que oír un alegato acusatorio que no solo lo trata de desconsiderado por la respuesta (lógica, por cierto) dada, sino también de no tener corazón, etc., etc.

Claro que no es la primera vez, ni será la última, que recibe tales recriminaciones, por lo que ya está acostumbrado y previo mirar de reojo la hora, intenta seguir durmiendo. ¡Imposible! La taladrante voz parece penetrar como una aguja a través del pabellón auricular y perforar el tímpano. Desearía no escuchar pero no puede evitar oír el remanido discurso: “Encima tiene el celular apagado. Seguro que se quedó sin batería. Y claro, está todo el día paveando con los videos y meta tiki tiki, que cuando uno la necesita, no te atiende. Pero dejá nomás, seguí durmiendo. Dejá que aquella se enferme por la mojadura, total, después soy yo la que tiene que llevarla a que la atiendan, perder medio día entre médico y farmacia y lo que es más grave, aguantarla todo el día acá adentro. ¡Dios! ¡Con lo aburrida que es esa chica! Nada la entretiene. Nada la conforma”. Y así podría seguir pero cuando iba por lo de aburrida, el hombre, totalmente resignado, empezó a vestirse para salir a buscar a la jovencilla rebelde.

Sin hablar tomó la llave de la camioneta y cometió el último error. Sí, preguntar dónde tenía que ir a buscarla. “A lo de Pochi, la madre de Jimena”, esa fue la escueta respuesta materna que hasta pretendió ser esclarecedora pero para el tipo fue lo mismo que si le hubieran dicho: Chola, Pepa o Salustiana. No tenía idea quién es Pochi ni conocía a Jimena. Por eso quedó mirándola. Entonces ella, que no conoce bien las calles de la ciudad pese a que desde que nació vive allí, le tiró más datos: “Frente a lo de Marita Rógora, la que hace depilación”. Y ahí se terminó de podrir todo porque el hombre le pidió la dirección y ella no la sabía. Le preguntó por las calles de esa zona, tampoco estaba segura, pero ante la ofensiva conyugal esgrimió un argumento defensivo que pasó a ser un violento contraataque diciéndole: “Ves, ves, eso pasa porque no estás nunca en casa. No conocés la familia de las amigas de tu hija, ni con quien se trata o deja de tratarse”, y la remata afirmando: “¡Lindo padre, tiene la nena!”

Bueno, a esta altura es necesario hacer algunas consideraciones. Primero: Si la nena tiene ese padre es porque la madre lo eligió y él estuvo de acuerdo. Ni más ni menos. Segundo: el hombre trabaja en el campo, solo viene a la noche y a veces, como en este último tiempo, algunos fines de semana. No está al tanto más allá de lo que le cuenta su esposa. Y tercero: Con la lluvia prevista para la tarde, el tipo decidió quedarse en su casa y dormir una buena siesta. ¿Acaso es ilegal dormir la siesta? No. Bueno, no fue posible. Finalmente su señora se comunicó con Pochi y disimuladamente obtuvo la dirección. Por eso el hombre terminó ubicando a su hija y llevándola en la camioneta con la bicicleta en la caja, rogando que saliera el sol para huir hacia el campo.

Como comprenderán, queridos lectores, todo lo expuesto tras lo visto no fue más que una suposición, porque tal vez no ocurrió así. Por ahí el hombre estaba en el club en una partida de naipes. O quizá venía desde otra ciudad con su hija trayendo una bicicleta y los sorprendió la lluvia. También puede ser que lo hayan citado de Comisaría para restituirle, por orden del Fiscal en turno, la bicicleta que le fuera sustraída a su hija días pasados y recuperada por el accionar policial. Es decir que pueden tejerse numerosas hipótesis a partir de haber visto una camioneta conducida por un hombre, acompañado por una adolescente y llevando en la caja una bicicleta de dama, en una tarde de lluvia.

Nunca dije nada. Lo mío fue apenas un pensamiento. Pero, ahora pregunto: ¿Cuántas personas los vieron? ¿Cuántos les prestaron atención? ¿Cuántos los reconocieron? ¿Cuántos tejieron historias al respecto? Y la pregunta fundamental ¿Cuántos se atrevieron a lanzar un comentario con nombre y apellido? No lo sabemos. Pero de algo estoy seguro: así también nacen los chismes. Y no faltará quien asegure que aquel matrimonio no se lleva bien y que están juntos, solamente por la nena.

Por eso: ¡Mucho cuidado! Siempre hay ojos que ven lo que muchos no notan, un cerebro que da rienda suelta a la imaginación detectivesca, y una lengua dañina y sin freno dispuesta a decir lo que a muchos les gusta escuchar. Pero lo peor es cuando todas esas características están en una misma persona. Seguramente conocerán a alguien así. Yo también, pero como dijera una vieja cotilla del barrio: “¡Cállate lengua, no quiero hablar!”

 

¡Feliz domingo!

 

Roberto F. Rodríguez.

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