Cuando el ingenio argentino obligó a explicar lo inexplicable

Resulta sumamente difícil imaginar a un viejo lobo de mar, veterano de mil batallas, como lo fue el notable militar británico John Whitelocke, explicar lo inexplicable. Buscando la manera de convencer al jurado del proceso levantado en su contra tras las recordadas acciones bélicas desarrolladas en el Río de la Plata en el invierno de 1807 y que quedaron en la historia como la segunda invasión inglesa.

Whitelocke, que con sus adiestras fuerzas barrió la resistencia miliciana porteña y se apoderó de la ciudad de Buenos Aires, terminó perdiendo aquella plaza ante la reacción popular y muy a pesar de conservar intacto más de la mitad de su ejército invasor.

Su retirada, precipitada o no, fue tema de acusación, pero el mayor problema que se le presentó fue cuando al ser interrogado por la suerte de uno de los barcos de la flota real que terminó siendo capturado por un enemigo débil y vulnerable, no tuvo reparos en reconocer que los porteños habían abordado el barco mediante una temible carga de caballería. ¿Puede haber algo más inexplicable que ello para los jurados de una potencia considerada con la reina de los mares? ¿Alguien puede imaginar que un grupo de jinetes, a todo galope, lleguen hasta un barco inglés en las aguas del Río de la Plata y lo capturen? No puedo imaginarme la expresión del rostro de Whitelocke, pero sí me imagino la de sus inquisidores ante algo que, a primera vista, surge como una broma de mal gusto por no decir una tomada de pelo.

Pero la realidad decía que mientras uno de los barcos ingleses había quedado encallado en dicho río, una partida de jinetes mal entrazados y a los gritos, lo había atacado buscando capturarlo. Dicho así sonaba ridículo, máxime cuando se supo que  la mayoría de ellos estaban armados con lanzas y, más allá de algún que otro fusil, varios portaban un arma demasiado primitiva como lo eran unas piedras atadas a una cuerdas que reboleaban por encima de su cabeza y que, después se supo, se llamaban boleadoras.

Nada hacía pensar entonces que ese ataque de caballería, aun aprovechando la marea baja, no fuera, cuanto menos, suicida.

Estaban hablando de un barco inglés. De un barco de la flota más grande del mundo, la que había destrozado a Napoleón Bonaparte en Trafalgar un par de años atrás. ¿Cómo podían atreverse un puñado de criollos primitivos a atacarlo?

Pero si el ataque era rayano con la locura, no menos inexplicable resultó el éxito obtenido por esa heroica embestida ecuestre, comandada por un joven oficial salteño llamado Martín Miguel de Güemes.

¿Qué hacía el máximo centinela de la patria en aquel Buenos Aires de 1807? Quizá lo mismo que hacen hoy los gendarmes que patrullan el conurbano, ocupándose, aun con éxito, de una misión que no está dentro de su formación fronteriza, pero la necesidad tiene cara de hereje.

Lo cierto es que Whitelocke fue condenado por el tribunal y dado de baja, declarándoselo inepto e indigno de servir a Su Majestad en ninguna clase militar.

Casi un siglo y medio transcurrió hasta que otro inglés tuvo que explicar lo inexplicable. Fue el futbolista británico Dickburn, arquero del seleccionado inglés que visitó nuestro país en 1953, aunque no era el titular habitual en ese tiempo. Lo cierto es que los ingleses enfrentaron a la selección argentina en el estadio Monumental el 14 de mayo de 1953 y allí ocurrió algo increíble. Lo primero fue que los inventores del fútbol perdieron con los rústicos –según ellos– argentinos por 3 a 1, pero lo más significativo fue uno de los dos goles que convirtió el notable Ernesto Grillo, todavía recordado como: “El gol imposible”, porque así lo llamaron los ingleses que nunca aceptaron que el desfachatado delantero argentino se saliera de libreto ignorando todo manual y tras desbordar por la izquierda, en lugar en enviar un centro hacia el área como marcaba la ortodoxia, terminara rematando hacia el arco desde un ángulo muy cerrado y sorprendiendo al arquero Dickburn que, como todos, también se había movido esperando el centro que no fue.

¡Un gol imposible! Dijeron los ingleses. Algo que –según entendían– no estaba en ningún libro de fútbol. Y Dickburn lo sufrió, debiendo dar explicaciones sobre lo inexplicable. Buscando justificar el hecho por el que la potencia que había inventado el fútbol y debía conocer todos sus secretos, había sido sorprendida por un grupo de criollos, autodidactas de potrero, que con enjundia e ingenio, los habían derrotado por 3 a 1.

A Dickburn ni a ninguno otro jugador inglés de aquella tarde, se le ocurrió contemplar la posibilidad de que Grillo no tirara el centro y decidiera rematar al arco. No cabía esa posibilidad. Era como creer que a Whitelocke se le hubiera ocurrido que su barco encallado, el que formaba parte de una poderosa flota de la dueña de los mares, podía llegar a ser atacado, y encima capturado, por un grupo de gritones jinetes. Una locura.

Seguramente Dickburn la sacó más barata que Whitelocke, pero quedó marcado en la historia y hoy creo que ni buscándolo vía internet se pueden obtener más datos que los pocos conocidos.

Casi tres décadas después, la flota real de Gran Bretaña dispuesta a recuperar el dominio de nuestras islas Malvinas, debió enfrentarse a los intrépidos pilotos de la Fuerza Aérea Argentina que atacaban los buques ingleses absolutamente fuera de manual, causando daños –muchos de ellos, irreparables– y evitando el fuego de la artillería antiaérea y los temidos proyectiles: superficie-aire con que estaban artilladas aquellas naves.

La osadía argentina consistía en volar con sus aviones a unos 900 kilómetros por hora, pero a menos de dos metros de altura respecto al mar, lo que dificultaba ser detectados con tiempo suficiente por el enemigo como para que éste pudiera repeler el ataque. Sin ser advertidos por los radares, las aeronaves argentinas aparecían de pronto encima de los buques británicos y descargaban todo lo que tenían. No eran pilotos suicidas, porque sabían lo que hacían, a lo que se exponían, y la manera de evitar ser derribados. Por eso estaban lejos de ser fanáticos kamikazes como los recordados pilotos japoneses que directamente estrellaban sus aviones contra el enemigo al precio de perder la vida. Los argentinos sorprendían, golpeaban, y huían lo más rápido posible. Había audacia, coraje, patriotismo, velocidad, y sorpresa en su ataque, y aunque muchas veces se perdía eficacia, el desorden que generaban en el enemigo era lo suficientemente grande pese a que se trataba de tropas de las más experimentadas, respetadas, y poderosas del mundo.

Es interesante leer lo escrito por el comandante inglés, el recodado general Jeremy Moore, en el libro “No Pic-nic” donde intenta explicar lo inexplicable.

Es que los ingleses nunca nos entendieron ni nos van a entender. No saben de dónde sacamos esas locas ideas que más de un dolor de cabeza le causaron en los dos campos donde fueron reyes: el mar y el fútbol.

Sin embargo, apenas cuatro años después, cuando en aquel 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca de México, Inglaterra y Argentina volvieron a enfrentarse en un Mundial de fútbol, nos sacaron la ficha.

Esa tarde, la del emblemático gol de Maradona a pura gambeta, también tuvo en Diego al protagonista de una avivada argentina, cuando ante la salida del arquero Peter Shilton a buscar un envío de Valdano desviado en Hodge, el astro argentino, mucho más petiso que Shilton, saltó e impactó el balón con la mano –única manera de superar en altura al arquero– enviándolo al fondo del marco. El árbitro tunecino Ali Bennaceur no vio la falta y convalidó el gol pese a las protestas ingleses.

¿Explicar lo inexplicable? No. En este caso no. Porque hubo trampa o “viveza criolla” si se pretende justificar al 10, pero fue un robo.

No sé si a la altura de justificar aquellos dichos del presidente uruguayo Jorge Batlle, cuando sentenció: “los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”. Tal vez exageró, pero no olvidemos que una vez, un conocido dirigente argentino pidió que dejáramos de robar por dos años para arreglar la situación del país.

Por eso duele que la intrepidez de Güemes, la temeridad de los pilotos que actuaron en Malvinas, e incluso la imaginación de Grillo, todo legal y altamente ingenioso, se vea mancillado por quienes aprovechan una ilegalidad que festejamos todos, para rotularnos como lo han hecho. Duele, pero es cierto que también tenemos nuestros méritos.

¡Feliz domingo!

Roberto Rodríguez. 

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