Algunas veces ir por lana lleva a salir trasquilado

El extraordinario periodista deportivo especializado en boxeo, Ulises Barrera, solía valerse muchas veces de viejas fábulas para desarrollar una crónica de determinado acontecimiento. Su pluma prestigió diversos medios, y aun conservo verdaderas crónicas de antología que publicara en la desaparecida revista Codex Deportiva que circuló en el segundo lustro de la década del ’70. Por eso hoy, a modo de humilde homenaje a sus enseñanzas, quiero también iniciar este artículo con una fábula, una antigua fábula atribuida a Esopo, aquel recordado fabulista griego que existió varios siglos antes de Cristo, pero que luego fue reescrita por otros autores como el caso del reconocido clérigo español, nacido en Alcalá de Henares y llamado Juan Ruiz que, habiendo llegado a administrar y dirigir un decanato de la diócesis en Hita, fue conocido como, precisamente, el Arcipreste de Hita, título con el que popularizó sus trabajos literarios.

La fábula en cuestión es la que tiene por principal y único protagonista a un perro hambriento por una glotonería casi insaciable, que lo llevaba permanentemente a buscar alimentos, sea recorriendo basurales o tratando de conquistar el corazón humano de ocasionales visitantes de casas de comidas para que le arrojaran alguna sobra.

La parte original de la obra cuenta que una vez, dicho animal logró apoderarse de un jugoso trozo de carne de tan importantes dimensiones que hasta lo hicieron dudar de lo que veían sus ojos pero no de lo que le informaba su fino olfato. Por eso pudo tomarlo con su boca, convenciéndose de la realidad y saliendo rápidamente en dirección hacia un lugar tranquilo donde poder degustar tan magnífico manjar sin ser molestado ni poner en peligro su botín. Ese lugar estaba del otro lado del arroyo que serpenteaba por el bajo terreno, por cuanto decidió cruzar dicho brazo de agua por donde fuera más accesible. Por ello se acercó hasta la orilla y sin soltar el trozo de carne que llevaba en su boca, miró para comprobar por donde le convenía pasar, pero allí vio reflejada en el agua la imagen de un perro con un trozo de carne aun de mayor tamaño que el que el mismo portaba. Lejos de reconocerse a sí mismo en el reflejo acuático, su instinto lo empujó a arrebatarle el trozo de carne al perro que veía en el agua y que, cada vez que se acercaba más a la superficie ese otro perro también se le acercaba. Así fue que lentamente continuó aproximándose hasta quedar a muy pero muy pocos centímetros de la imagen reflejada, momento en que aprovechó para llevar adelante su cometido de apoderarse del trozo mayor de carne que veía, por cuanto abrió su boca para atacar al supuesto adversario pero no consiguió otra cosa que perder el trozo de carne que llevaba, el cual cayó al fondo del arroyo, viendo además que el perro que se reflejaba en el agua, tampoco portaba su carne ya.

En consecuencia, por esa particular ambición, el perro se quedó sin nada. Ello, trasladado a las actitudes humanas nos demuestra que casi siempre perdemos lo que tenemos seguro, por tratar de tomar algo que no nos pertenece. De allí el valor del viejo refrán que dice: Más vale pájaro en mano que ciento volando.

Ahora bien, a esta altura estoy convencido que quien está leyendo este artículo se estará preguntando, entre otras cosas ¿A qué vino la mención de la fábula?, ¿hacia dónde pretendo direccionar el artículo?, y algunas otras más. Lo cierto es que lo que quiero expresar es algo de lo que fui testigo presencial hace poco tiempo y que tiene que ver con la idea de obtener ventaja en determinadas circunstancias, aun en perjuicio de nuestros semejantes. Avivadas criollas que le dicen algunos, o saber aprovechar las oportunidades, como lo mencionan otros. En definitiva el hecho tiene que ver con la venta de artículos varios a la vera de las rutas de nuestro bendito país, algo que se repite en diferentes zonas del territorio continental argentino.

Casualmente me había detenido a comprar unos apetitosos salames quinteros, ya en jurisdicción geográfica de nuestra provincia de Buenos Aires, cuando advertí que varios vehículos de importante gama detenían su marcha frente al puesto de venta ubicado unos muy pocos metros más delante de donde me encontraba, es decir casi contiguo. Cuando observé hacia el puesto de venta, vi una estructura que exhibía cajones de madera, del tipo frutero, es decir de unos 60 centímetros de largo, por unos 40 centímetros de ancho y más o menos 20 centímetros de profundidad, repletos de frutillas de importantes dimensiones. Lo curioso era el cartel ubicado a un costado, con grandes letras, donde podía leerse: “Frutillas. $ 50 el cajón”. Es decir: un cajón de frutillas por solo cincuenta pesos. Además las frutillas estaban a la vista y denotaban indudable calidad. Un negocio redondo. Por eso algunos de los ocupantes de dichos automóviles, descendieron y billetera en mano se acercaron al joven que atendía el puesto, expresándose con indudable acento porteño, pero de ése que denota una suficiencia tan arrogante, propia de la soberbia que lo caracteriza. Ellos, extrayendo billetes de cien pesos, solicitaron la entrega de dos cajones para cada uno. Me pareció que algo no estaba bien, pero me quedé observando. Fue entonces cuando el joven tomó los cien pesos a todos los demandantes y cuando éstos esperaban que fuera el vendedor quien bajara los grandes cajones de la estructura y se los llevara hasta los autos, el pibe se agachó tras el improvisado mostrador del costado y extrajo desde abajo varios cajones con frutillas, también de madera como los otros, pero con dimensiones mucho menores que no superaban los 30 centímetros de ancho y largo, y los 5 centímetros de espesor, conteniendo cada uno cerca de un kilo de frutillas. La expresión en el rostro de los aporteñados compradores fue digna de un Oscar de la Academia de Hollywood como mínimo. Intentaron un reclamo pero el chico ya tenía el dinero en su bolsillo y cada vez había más testigos presenciales. Inmediatamente, el vendedor vació dos cajoncitos en cada una de las bolsitas plásticas, de esas tipo camiseta y sin inscripción alguna, y se las entregó. Ni los cajoncitos pudieron llevarse, pero no le dijeron nada al pibe, aunque tampoco se callaron. Refunfuñando por lo bajo les oí decir algo de boliviano con un agregado que no alcancé a comprender. El resto de los presentes, preguntaron por las naranjas y quizá alguno haya comprado frutillas. Para entonces yo estaba riéndome en el auto, luego de haber disfrutado de una imprevista función, donde a los porteños les pasó lo que al angurriento perro de la fábula. Quisieron sacar ventaja porque lo vieron fácil y les salió el tiro por la culata. ¿Hubo estafa? Y si la hubo, ¿quién estafó a quién? Cada uno tendrá su opinión, aunque estoy convencido que los porteños deben haber llegado a destino vanagloriándose de haber hecho un negoción por pocos pesos, dado que no podía haber testigos allí que los desmintieran. No los creo, por la actitud demostrada, que hayan reconocido su derrota fácilmente.

Sin embargo no es el único caso. Sé de muchos compradores, pehuajenses incluso, que a unos ciento y pico de kilómetros de nuestra ciudad, hacia el Este, han detenido su marcha en un comercio junto a la ruta, atraídos por la oferta de frutillas según carteles que indicaban 3 x 10 en su momento y aunque la economía fue modificando esos guarismos con el tiempo, siempre pareció una buena propuesta de mercado. Un comercio que no hace muchos años que está en el ramo, aunque la edificación tiene mayor antigüedad y resulta muy conocida por otras razones. Lo cierto es que una vez en el lugar, la oferta ya no parece tan conveniente y terminan, no solo perdiendo tiempo de viaje sino haciendo un negocio muy distinto al que imaginaban. En una palabra, los …

Perdón por los puntos suspensivos, pero ¿cómo decirlo sin ofender ni dar lugar a malas interpretaciones? Creo que debería decir como el Chapulín Colorado: “Se abuzan de la nobleza”. Pero si uno repara en la historia y recuerda que en ese lugar funcionó durante mucho tiempo un local nocturno, conocido popularmente como cabaret, no es descabellado que pase algo a tono con lo que allí ocurrió durante años. ¿O estoy muy equivocado?

Por eso amigos, ¡cuidado con las ofertas! Porque el bolsillo, según dicen, es el “órgano” que más duele pero no es el único que duele después del mal negocio.

¡Feliz domingo!

 

Roberto F. Rodríguez.

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