Tres relatos salvajes

Cambiando en cierta manera la construcción estructural de nuestros habituales encuentros dominicales, he decidido traer a consideración de los queridos lectores, tres narraciones breves, sobre situaciones absolutamente independientes y totalmente inconexas entre sí pero que, en principio, cuentan con un denominador común: se trata de hechos verídicos de los que, en su momento y en mayor o menor medida, ocuparon un espacio a través de informaciones de conocidas agencias de noticias. Vamos a ellos:

 

BRUTAL AGRESIÓN

René Ángel Sosa fue un boxeador nacido en Rosario durante el verano de 1939, quien tuvo un paso muy poco halagüeño por el pugilismo profesional argentino, donde cosechó muchas más derrotas que victorias, pero aún así fue un verdadero probador de incipientes figuras a las que se les auguraba un gran futuro en esa ruda actividad. Tan es así que fue rival y en algunos casos en más de una ocasión, de valores como: Miguel Ángel Páez, Celedonio Lima, Santiago Lovell y Avenamar Peralta, aunque en su lista de ilustres contrincantes aparece un terceto difícil de igualar por la mayoría de los “probadores”, dado que Sosa también enfrentó a Gregorio “Goyo” Peralta, Oscar “Ringo” Bonavena, y Carlos Monzón. Perdió por knock out con todos, aquellos y éstos, incluso Goyo lo noqueó en las cinco peleas que disputaron. Evidentemente no le fue muy bien al rosarino en su carrera, pero sin embargo alguna vez fue protagonista de la gran noticia del día.

Había debutado como rentado el 4 de marzo de 1960 en Rosario, donde perdió por puntos ante Miguel Ángel Agüero. Idéntica suerte corrió en las dos peleas siguientes, por lo que cerró el año con tres combates realizados y tres derrotas. Inactivo durante 1961, para el año siguiente consiguió una pelea ante Celedonio Lima en Buenos Aires, pero lejos estaba de mantener una disciplina adecuada con vistas a semejante compromiso. Ocurrió entonces el hecho insólito. Fue en Rosario, durante una noche de abril de 1962, cuando Sosa,  encontrándose en presunto estado de ebriedad –según indicó la agencia noticiosa– agredió a golpes de puño a un civil que intentó tranquilizarlo para evitar un incidente. La víctima, llamado Esteban Reynoso, sufrió una herida cortante en la ceja izquierda y fractura del tabique nasal. Sin embargo lo más grave no fue que la salvaje agresión a golpes de puño la cometió un boxeador profesional, hecho que de por sí resulta bestial. Tampoco lo fue que la víctima fuera una persona de 62 años de edad. Lo decididamente monstruoso del hecho fue que Oscar Reynoso era una conocida persona no vidente. Naturalmente, Sosa fue detenido y conducido a una dependencia policial, dando lugar a una noticia que recorrió los medios bajo títulos como: “Bárbaro: un boxeador golpeó a un ciego”.

Sosa, se retiró del pugilismo en 1971 luego de ser noqueado por Roberto Aguilar en Reconquista, dejando un pobre record de solo 7 victorias, 1 empate y 24 derrotas

 

PÓSTUMA VENGANZA

Joaquín Bonimelli, tenía 34 años de edad y residía en Mendoza pero se encontraba en la localidad de Caucete, provincia de San Juan, cuando el 1º de mayo de 1962, aprovechando el feriado con motivo del “Día del Trabajador”, decidió trasladarse hasta un predio rural ubicado en Encón, en el departamento sanjuanino de 25 de Mayo, provisto de una escopeta de dos caños, dado que era afecto a la caza furtiva.

La hermosa tarde, de sol y alameda como dice una reconocida canción folklórica, iba cayendo mansamente sobre la tierra cuyana y Bonimelli seguía inmerso en una cacería que parecía muy lejos de dar los resultados esperados. Fue en esos momentos, en que el desánimo da mayor fuerza a los deseos de regreso, cuando una desafortunada vizcacha intentó infructuosamente escapar del alcance del intruso pero quedó a tiro de escopeta y el mendocino no falló. Descargó su arma y el animal rodó por el irregular terreno, ya mortalmente herido. Allí ocurrió lo inesperado. Un nuevo estruendo delató el accionar de un segundo disparo y horas después, Bonimelli se debatía entre la vida y la muerte en el hospital “Dr. César Aguilar” de Caucete, a raíz de una perdigonada recibida en pleno tórax. ¿Qué había ocurrido? ¿Hubo un tercero que participó en el trágico suceso? Lo cierto es que Bonimelli, aun consciente, narró que había sido la vizcacha quien le disparó, relato que sonaba, cuanto menos, disparatado y quizá producto del estado de confusión del cazador herido. Pero había mucho de cierto en su tajante afirmación. Luego que su disparo impactara en el referido animal, el hombre se acercó y vio como la vizcacha, ya en estado desesperado, convulsionaba de manera impactante sobre el piso, por lo que decidió agacharse para tomarla. Debido a su posición corporal, Bonimelli  ubicó la escopeta a su lado, apoyándola con la culata en el piso, apuntando el arma hacia arriba, y sosteniéndose en ella. Fue en ese fatídico momento cuando en una de sus inconscientes patadas, el animal acertó a dar en la cola del disparador, accionándolo, y ocasionando no solo la consecuente detonación sino también el cambio posicional del arma que, al dispararse, llenó de perdigones el pecho del cazador. La ciencia poco pudo hacer y Joaquín Bonimelli falleció horas después en el referido nosocomio. La noticia, impulsada desde la famosa agencia nacional creada por Carlos Furtunato Saporiti, llevaba por título: “Lo que faltaba: Una vizcacha causó la muerte de un cazador”.

 

FUERA DE CONTROL

Cuatro grados centígrados de temperatura exterior y una suave brisa daban pautas de tratarse de un enero típico en Paterson, reconocida ciudad del estado de Nueva Jersey, en los Estados Unidos. Acababa de comenzar el año 1966 y Erika Wechkenman intentó entretenerse con su programa favorito de televisión, pero su esposo Guido, aprovechando su día de descanso, tenía otra idea en mente: ver el partido de básquet de los Knicks de Nueva York en una nueva jornada de la atractiva NBA, como todavía se denomina a la liga mayor de ese deporte, la que cuenta con elevado predicamento mundial y espectadores en todo el planeta, aun cuando en aquel tiempo fuese un producto casi exclusivo de consumo interno.

La discusión se planteó inevitablemente frente a un moderno televisor de aquellos años, entre los que ya había algunos que, muy a diferencia de lo que llegaríamos a ver en nuestro país, contaban con control remoto. Si bien en este episodio en particular no se especifica si el matrimonio tenía o no ese pequeño adminículo que sigue siendo causal de memorables trifulcas familiares, no podemos soslayar que los conflictos frente a un televisor datan de mucho antes del surgimiento de ese mágico emisor de órdenes a distancia.

¿Qué pasó? En principio no hubo chances para que Guido pudiera ver a los Knicks. Ganó Erika. Pero el esposo no se rindió y no teniendo interés en el programa que veía su esposa, bajó notablemente el volumen del aparato, a lo que Erika respondió elevando nuevamente dicho volumen. Guido fue por más y volvió a bajarlo generándose una porfía que tuvo una violenta resolución: Erika, fuera de sí, abofeteó brutalmente a Guido y éste, arrancando las dos antenitas que tenía el televisor en su parte superior, la golpeó en la cabeza, ocasionándole las consecuentes lesiones.

El enfrentamiento, que cobró estado público al ser difundido por la agencia United Press International (UPI), llegó a la justicia, donde se plantearon los cargos correspondientes ante la presencia del juez interviniente: Charles J. Alfano. Oídas las partes y sopesadas las mutuas acusaciones, el magistrado decidió sobreseer el caso emitiendo una sorprendente resolución: “El dueño de casa tiene el derecho de manejar el receptor de televisión, especialmente en su día de descanso.” Una resolución que, vista desde la óptica del nuevo milenio, parece merecedora de una reprobación mayúscula por gran parte de la población. Pero eran otros tiempos. Todo cambia.

 

Roberto F. Rodríguez

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