Morir peleando como macho, poniendo el cuero

Elecciones eran las de antes, solía decir un anciano de criolla estampa desgastada con los años, cuando se refería a aquellos comicios de la segunda mitad del siglo XIX, donde la suerte electoral se jugada en la hostil habilidad para manejar los secretos del duelo criollo, a cuchillo en la mano diestra y poncho envolviendo el otro antebrazo como escudo defensivo.

Así dicen que se decidieron, por ejemplo, las elecciones realizadas en Navarro en 1872, cuando un cúmulo de desaciertos recíprocos -que no hicieron más que alimentar rencores entre los representantes de los dos partidos en pugna- llevaron a esos comicios hacia una ebullición de consecuencias impredecibles.

Poco más de medio siglo había pasado desde aquel trágico primer día del año 1817 en que fuera ultimado el patricio santiagueño Francisco Borges, encendiéndose la llama de una guerra fratricida que consumiría a miles de compatriotas en luchas intestinas. Pero aun con una Constitución Nacional de 1853 y una ley electoral promulgada en la década siguiente, los tiempos violentos por ausencia de control en el cumplimiento de esas leyes que demarcaban un ordenamiento jurídico eran moneda corriente. Los atropellos estaban a la orden del día y en el momento de elegir nuevas autoridades, se convertían en el vehículo destinado a posibilitar el camino hacia la victoria de tal o cual candidato.

Eran épocas de voto cantado, por lo que los votantes formaban fila ante la autoridad de mesa que presidía el acto acompañado por algunos vecinos, previamente “sorteados”, y la presencia de los matones contratados por ambos partidos, quienes parecían una especie de fiscales armados, dueños de un prontuario intimidatorio y fama de poseer una habilidad para el manejo de las armas tan grande como su falta de escrúpulos a la hora de tener que matar.

Por eso, cuando le llegaba el turno de quien debía mencionar su inclinación política, era el matón quien –muchas veces– le preguntaba al votante por quién iba a votar y, cuando obtenía respuesta, hacía anotar el voto. A veces, si el elector llegaba a inclinarse por el partido opositor al del matón, éste lo apuraba para que cambiara la decisión. Estos generaba también el reclamo del matón contrario y la cosa terminaba en un duelo criollo entre los dos pendencieros.

Así cuenta la historia que ocurrió en Navarro, en aquellas elecciones de 1872, cuando se enfrentaron cara a cara el famoso Juan Moreira, identificado con el partido Nacionalista, y un tal Leguizamón, del partido Autonomista. No era más que un duelo entre dos hombres de linda estatura, oscuros cabellos y mirada asesina, pero sin embargo su resultado inclinaría definitivamente la balanza de la elección, porque quienes miraban nerviosos el valiente enfrentamiento terminarían votando por el ganador, no sólo por un exitismo idólatra sino también por miedo, aunque también es cierto que muchos lo hacían como una forma de reverenciar la audacia y coraje que suele admirarse en otras personas. Mientras tanto, los sordos ruidos del acero chocándose en ataque y defensa eran la música que acompañaba la lucha. Finalmente, Moreira, con su largo facón, terminó hiriendo de muerte a su rival y decidiendo la elección.

Es justo recordar que el arma blanca empleada por el vencedor era una facón de más de 80 centímetros de largo, más cercano a los llamados caroneros que a los que se portan en la cintura, pero la estatura física del portador le hacía posible llevarlo cruzado detrás y sujeto al tirador, tal como se llevaban los facones comunes o más cortos.

Sin dudas era un arma muy especial que le había sido obsequiada por el Dr. Adolfo Alsina, dado que, en años anteriores, Moreira había sido guardaespaldas del citado referente del partido Autonomista, y cuando decidió irse de su lado negándose a recibir pago alguno por los servicios prestados, éste le obsequió un hermoso caballo, el famoso overo bayo, y ese facón muy particular que el pendenciero utilizó como prolongación de su brazo hasta el día de su muerte. Más de quince centímetros de empuñadura y el guardamano (o gavilán) en forma de U invertida daban características especiales a un arma que, en la mano de Moreira, resultó terriblemente letal.

Lo hecho en aquella jornada electoral no constituía la primera muerte causada por el famoso personaje ni tampoco la última. Ya había entrado en desgracia mucho antes cuando dio muerte al pulpero Sardetti que, en connivencia con un corrupto representante de la autoridad que codiciaba a la mujer de Moreira, le negaba la deuda que reclamaba el criollo parroquiano. Desde entonces, catalogado como gaucho matrero, su fama fue creciendo dentro de un proyecto de país convulsionado por la violencia, lo que le valió ser contratado para ocuparse de proteger personalmente al Dr. Adolfo Alsina, quedando de manifiesto que la vida privada del ya famoso pendenciero no era de interés de las autoridades políticas que lo contrataron, sino su capacidad bélica y portación de fama como presencia disuasiva en principio, aunque como maquinaria de combate en caso de ser necesario. Esta necesidad de contar con los servicios de guardaespaldas o matones llevó a que muchos gauchos de mala reputación civil se acercaran a los partidos políticos dominantes en busca del olvido de sus fechorías, pero no todos lo consiguieron.

Sin embargo, todo concluye en la vida y Moreira, cuya sola mención de su presencia en un poblado causaba pánico y dispersión de la milicada, también cayó de la gracia de la protección política y pasó a ser un gaucho vago y mal entretenido, nuevamente perseguido por la Justicia.

Su captura fue dispuesta por las autoridades y era más buscado que Robin Hood, aunque a diferencia del héroe sajón que se ocultaba en un impenetrable bosque, de nuestro criollo bonaerense se tenía conocimiento de su paradero pero nadie quería ponerle el cascabel al gato.

Partidas de milicos fueron dispersadas por el coraje y decisión de Moreira de enfrentarlos cara a cara. No era cuestión de arriesgarse a una muerte segura ante un hombre diestro con el facón y certero con el trabuco y el revólver que solía portar en su cintura. Por eso era necesario sorprenderlo y para ello resultaba imprescindible un Judas que lo traicionara. Fue entonces “el Cuerudo”, reconocido amigo del pendenciero, quien advirtió a las autoridades que Moreira estaría unos días en el boliche “La Estrella”, un piringundín de la ciudad de Lobos.

Hasta allí llegó una nutrida partida de milicos, denominación aplicada a la milicia policial de la provincia de Buenos Aires de aquellos tiempos, quienes irrumpieron en el lugar pero erraron de habitación, lo que alertó a Moreira que salió a enfrentarlos dando muerte a algunos de ellos, hiriendo a otros, y dispersando a casi todo el resto. Fue entonces cuando, muy mal herido, intentó trepar el tapial perimetral del fondo del predio para ir en busca de su caballo, momento de indefensión aprovechado por el desde entonces famoso sargento Chirino, para ultimarlo clavándole el sable bayoneta de su carabina por la espalda. Pero Moreira no se rendiría así nomás y con la mínima fuerza que le quedaba, pudo descargar un trabucazo en el rostro de su matador que sufrió la pérdida de un ojo pero sobrevivió.

Así, el 30 de abril de 1874, murió un gaucho que, según la leyenda, fue respetuoso y decente al principio, homicida y pendenciero después, pasando luego a ser guardaespaldas de un famoso político argentino, y ya sin la impunidad política, finalmente perseguido y muerto.

Un hombre de quien me acordé en este día de elecciones. Alguien que peleó hasta su último aliento dejando bien en alto su hombría y machismo, algo de lo a que muchos de los que también han sido ensartados por atrás alguna vez, quizá no les interese enorgullecerse, pero gustos son gustos, dijo una vieja y, sobre gustos no hay nada escrito.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez

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