La primera

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Hace 61 años se producía, en la ciudad de Buenos Aires, un hecho deportivo de suma trascendencia, no sólo para la República Argentina sino para toda Sudamérica. Es que el 11 de enero de 1956 fue la fecha fijada para la realización de un combate oficial de boxeo con el título mundial de la categoría Mosca en juego. Era la primera vez que en un país sudamericano se llevaba a cabo un evento de tal magnitud deportiva, y nuestro país era el elegido. Obviamente, ello era porque el por entonces campeón mundial de la división de los 50,800 kilogramos, era nuestro compatriota Pascual Pérez, ya conocido como “León mendocino”, dado que el aguerrido pugilista había nacido en el departamento de Tupungato, en la provincia cuyana, el 4 de marzo de 1926.

Pascualito, tal como lo llamaba el público, había desarrollado una frondosa carrera como amateur logrando un total de 16 títulos en ese campo, desde campeón mendocino novicio en 1944 a campeón olímpico en Londres 1948.

Se metió en el profesionalismo con 26 años cumplidos, edad demasiado avanzada según los entendidos, pero en solo 19 meses disputó 23 peleas, ganándolas todas, 22 de ellas antes del límite. Solo Juan Bishop logró terminar de pie aunque perdió por puntos.

Por entonces, el campeón mundial de la categoría era el japonés Yoshío Shirai, quien fue traído a Buenos Aires en julio de 1954 para enfrentar a Pascualito, pero sin exponer su corona. De hecho se habló que el oriental sólo perdería si Pérez conseguía noquearlo, de lo contrario los jurados fallarían empate. Lo cierto es que el mendocino hizo una gran pelea pero al culminar los diez asaltos no hubo vencedor ni vencido. No obstante, el argentino consiguió que el campeón le diera una chance por el título antes de fin de año, pero en Japón. Pascual aceptó confiado y su incuestionable labor sobre el ring de Tokio fue coronada con un fallo favorable. En la revancha, celebrada en la misma ciudad, nuestro aguerrido campeón terminó con su rival en cinco asaltos.

Llegó entonces el momento de defender su título en Argentina y todo se vivió como una verdadera fiesta. El rival fue el filipino Leo Espinosa, un espigado boxeador de brazos largos y piernas inquietas que, aún con muy pocas peleas profesionales, había sido un durísimo rival para Shirai en mayo de 1954. Victorias importantes y una buena experiencia recogida, pusieron a Espinosa en un plano de rival muy peligroso, máxime por su velocidad y buena técnica. Sin embargo, enfrente estaría el gran Pascual Pérez, no sólo de mucho menor estatura física sino que distaba de ser un virtuoso de la técnica pugilística, pero en cambio era un muchacho que se regía por un concepto grabado a fuego en su mente: en el boxeo gana generalmente el que conecta más golpes.

La pelea se celebró en el Luna Park y el campeón salió decidido a imponer su fuerza a través de un hostigamiento permanente que no le permitiera respiro alguno a su ágil rival. En el tercer asalto, un golpe del argentino provocó una herida, leve por cierto pero sangrante, sobre el arco superciliar izquierdo del filipino, y la paliza que le propinó Pascual aprovechando la preocupación de Espinosa fue tremenda. Pero el visitante demostró una notable guapeza aguantando también otra paliza similar en el cuarto. Pero a partir del quinto empezó a moverse lejos del campeón o apeló a enredarlo de cerca con sus largos brazos. No pasó mayores sobresaltos en las siguientes vueltas, pero en el noveno Pérez lo mandó a la lona. Se recuperó y ganó el décimo ante un quedo del campeón que necesitaba recuperar energías, pero la pelea era suya y el título quedaba en la Argentina. Y así fue. Ganó una pelea vibrante y emotiva. Un combate que mantuvo en notable tensión a todo un público que acompañó con ruidoso aliento, pero que recién desató toda su algarabía tras la lectura del justiciero fallo.

Como es conocido, Pascual defendió su corona con éxito en un total de nueve oportunidades, hasta que, abatido por los problemas de una vida difícil, dejó el título en manos del tailandés Pone Kingpetch en 1960, aunque en fallo dividido y como visitante, pero cayó sin atenuantes cuando intentó recuperarlo unos meses después.

Siguió combatiendo hasta 1964 cuando, tras perder cuatro de sus últimas seis peleas, decidió retirarse dejando un récord de 84 victorias, siete derrotas, y un empate.

Derrotado por la vida, herido fatalmente por los desengaños, y muy mal aconsejado por el alcohol en el que buscó desesperado refugio, falleció a los 50 años, el 22 de enero de 1977, de lo que pronto habrán de cumplirse 40 años.

Post mortem, fue incluido en el mítico Salón de la Fama, en los Estados Unidos, como uno de los mejores peso Mosca de todos los tiempos del mundo, y la Confederación Sudamericana le otorgó el título de campeón sudamericano, corona que jamás había lucido porque no llegó a combatir por ella y la única que le faltó tener en vida.

Así se fue Pascual, en silencio, con la timidez de siempre y la inocencia confiada de niño, para el cual la vida no tuvo piedad.

 

Roberto F. Rodríguez.

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