Humillados

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La desorganización que todavía sigue viviendo el fútbol argentino no es algo nuevo en nuestra historia, sino un tema con marcados antecedentes que, en la mayoría de los casos, se vieron coronados con una catástrofe deportiva. Desde el envío de un equipo totalmente amateur al Mundial de Italia en 1934 hasta el penoso proceso de presentación y eliminación de nuestra casaca nacional en los recientemente concluidos Juegos Olímpicos disputados en Río de Janeiro, pasando –obviamente– por el desastre de Suecia 1958, los incentivos a los polacos durante el Mundial de Alemania 1974 para poder pasar de ronda, y otros.

Por eso, la fecha de hoy tiene un anclaje referencial con un hecho por el estilo, ocurrido el 31 de agosto, pero de 1969.

Un año difícil, en el cual la Asociación del Fútbol Argentino tendría cuatro interventores diferentes dispuestos por el Gobierno militar que regía los destinos del país en ese tiempo.

En principio se designó a Armando Ruiz, un dirigente identificado con el Racing Club que, consecuentemente con sus sentimientos, decidió poner al frente del seleccionado nacional de fútbol a "el Bocha" Humberto Maschio, quien acababa de retirarse de la práctica activa, no sin antes coronar su carrera con los máximos títulos logrados por la Academia. Siendo casi un jugador más, Bocha no logró encontrar el rumbo y dejó su cargo, llevándose consigo a Ruiz.

Aldo Porri fue el nuevo interventor que asumió a sólo un mes del comienzo de las eliminatorias para el Mundial de México 1970, decidiendo nombrar como técnico a Adolfo Pedernera.

En ese tiempo, las eliminatorias se disputaban en grupo y clasificaban los ganadores de los mismos. Argentina debió jugar con Bolivia y Perú. Una victoria en casa ante los bolivianos, pero dos derrotas en calidad de visitante dejaron al equipo albiceleste al borde del abismo. Nunca habíamos faltado a un Mundial por resultados deportivos y nadie quería que ésta fuera la primera vez. Quedaba un encuentro por disputarse y sería aquel 31 de agosto frente a los peruanos, en cancha de Boca Juniors, que, por su estructura, permitiría que la presión del público jugara un papel determinante.

La victoria local exigiría un desempate entre los tres del grupo, pero otro resultado depositaría a los peruanos en México, hundiendo a la Argentina en el oprobio de la humillación deportiva.

Nuestros simpatizantes entendían que se había dado mucha soga, pero que era hora de poner las cosas en su lugar. Por otra parte, Perú nunca había clasificado para un Mundial.

En ese tiempo el fútbol argentino había asistido a la notable demostración futbolística de Chacarita Juniors, que eliminó a Racing en semifinales y bailó a River en una final memorable, llevándose el título de campeón con un 4 – 1 inolvidable. Un gran equipo cuyo plantel casi no fue tenido en cuenta para el seleccionado y sólo el delantero Ángel Marcos fue titular en dicho encuentro decisivo.

Los elegidos por Pedernera fueron: Cejas, Perfumo y Rulli, de Racing, Yazalde y Tarabini de Independiente, completando: Gallo (Vélez), Albretch (San Lorenzo), Marzolini (Boca), Pachamé (Estudiantes) y Brindisi (Huracán). No había jugadores del subcampeón.

La consigna era ganar o ganar. Pero enfrente estaba un equipo con figuras como Chumpitaz, De la Torre, Challe, Teófilo Cubillas y Cachito Ramírez.

Luego de un primer tiempo sin goles, en el que Tarabini desaprovechó la mejor oportunidad que tuvimos, cabeceando en solitario a las manos del arquero Rubiños, en la segunda etapa, el miedo a no lograr el resultado favorable, la presión y el nerviosismo hicieron el resto.

Perú siguió esperando el contragolpe letal. Un grosero error de Perfumo posibilitó el primero de ese período, pero Cejas salvó la situación. Sin embargo, Ramírez comandó el segundo y definió ante el gran arquero de Racing. Un penal a Rendo (reemplazante de Brindisi) dejó con vida al equipo tras el 1 a 1 que convirtió Albretch, pero la desesperación llevó al desorden y el desorden al desastre. Otro terrible error de Perfumo que ya jugaba como último hombre, pero en el círculo central, permitió a Ramírez llevarse el balón y, desde la media luna, definir ante Cejas sin que llegara a alcanzarlo Gallo, que lo perseguía.

Entonces ya no era ganar o ganar sino matar o morir. A todo o nada. Rendo empató sobre el final con una estupenda maniobra individual como excelsa demostración de la esencia futbolística argentina y, cuando los peruanos, tan desesperados como los nuestros, clamaban la hora, Marcos convirtió, pero su conquista fue anulada y todo se cayó a pedazos.

Nunca antes tanta humillación. Nuestro fútbol, que venía de ganar las dos últimas copas intercontinentales con Racing y Estudiantes, no podía entender la causa del desastre, causa que, obviamente, no estuvo sólo en la cancha. La pobre demostración del campo de juego fue la conclusión de un proceso tomado a la ligera bajo una desorganización mayúscula. Y eso siempre sale caro. Quizá aprendamos algún día.

Roberto F. Rodríguez.

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