Flaco y corredor

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La pintoresca localidad de Sunchales, que se recuesta sobre la Ruta Nacional 34, al oeste de la provincia de Santa Fe, lo vio nacer en 1939. El fútbol le abrió caminos pero su futuro no estuvo en las tierras santafesinas que tantos jugadores han proyectado hacia todo el país sino en la Capital Federal, a donde llegó siendo muy chico.

Incorporado a las divisiones menores del Club Almagro, que por entonces pertenecía a la Primera división B del fútbol argentino, mostró rápidamente condiciones y llegó a ocupar un lugar en el plantel de Reserva de la institución en 1958.

De buena estatura, físico delgado pero fibroso, rubión y con cara de bueno, portaba un nombre no muy común: Nerio, siendo su apellido Guillermini, aunque quizá lo curioso era su segundo nombre: Guillermo debido a la similitud con el apellido.

Lo cierto es que Nerio Guillermo Guillermini podría haber alcanzado la división superior, pero el llamado a cumplir con el servicio militar obligatorio, al que eran convocados todos los argentinos de 20 años de edad, interrumpió su trayectoria deportiva en el fútbol del Ascenso.

Portaba físico de delantero, cierta técnica de volante y estatura de marcador central, pero lo suyo era tener la pelota y buscar el arco rival mediante sociedades cercanas con sus compañeros de línea. Por eso lo ubicaron de mitad de cancha hacia delante.

La Base Naval Puerto Belgrano, enclavada en el partido de Coronel Rosales, al sur del territorio bonaerense, fue su destino militar y marcó un cambio en su carrera futbolística, dado que, por su permanencia en la zona, se incorporó al plantel de Primera división del Club Rosario Puerto Belgrano, permanente animador de los torneos oficiales de la Liga del Sur, cuya sede está en la ciudad de Bahía Blanca.

Sus condiciones fueron debidamente apreciadas y fue incorporado al seleccionado de dicha Liga, llegando a disputar algunos partidos.

Como suele ocurrir, siempre en las grandes ciudades hay personas allegadas a instituciones cercanas al fútbol grande que se dedican a observar jugadores y recomendarlos a dichas entidades. Así surgió el interés de dos reconocidas instituciones: Deportivo Morón y Lanús. A su pesar, el pase de Nerio pertenecía todavía a Almagro y sólo consiguió que lo cedieran a préstamo por un año a Justo José de Urquiza, en la Primera D, aunque con la promesa de la cesión definitiva. Pero para su desilusión, cumplido el plazo, la promesa no le fue respetada.

Descontento con los dirigentes, decidió dejar el fútbol del Ascenso y poner proa hacia el interior de la provincia. En 1967 recaló en Maderense portando el rótulo de constituir un importante refuerzo porteño. Sin embargo, su manera de conducirse distaba mucho de la imagen que habían dejado por estos lares otros porteños. Nerio no parecía venir del fútbol grande. Callado, humilde y campechano, mantenía todavía muy presente la idiosincrasia pueblerina de la localidad rural que lo había visto nacer. No tardó demasiado en ganarse, aunque no lo haya buscado, el aprecio de la gente hacia su persona y la admiración hacia su manera de jugar fútbol.

Maderense había logrado su primer título oficial en la Liga en 1965 y buscaba mantenerse entre los principales protagonistas de cada torneo local. Por eso, en el año de su llegada, el club había apostado a repetir el título y lo consiguió con una formación que, por lo general, estuvo integrada por: Oscar “Maravilla” Mattioli, Juan Carlos Córdoba y Andrés “Chiche” Mónaco; Gregorio Cejas, Alberto Daddone y Gerez; Luis Mario “Baby” Piñeyro, Nerio Guillermini, Ovidio Zabala, Norberto “Titi” Guzmán y Vitale, bajo la dirección técnica de Roberto Dirassar.

Volvió a ser campeón con el albiverde en 1970 luego de maratónicas finales frente a Progreso de J. J. Paso, un clásico rival. Oscar Mattioli, Juan Carlos Britos, Pedro Longo, Rubén Fernández y Mario Sosa; Nerio Guillermini y Jorge Ortega; Jorge “Pochi” Riero, Santos Reyna, Daniel Benítez y Ovidio Zabala, fue la formación más empleada ese año, siempre con Roberto como D.T.

Esos años le valieron ser convocado al seleccionado pehuajense y en 1969 disputó ocho partidos (cinco por el campeonato argentino) y marcó dos goles (ambos de penal).

En 1974 formó parte de uno de los equipos más recordados de Unión de Curarú, junto a importantes valores como: Mansilla, Herrero, Ferracci, Jorge Ortega, Figueroa, Miguel y Daniel Benítez, Sánchez y Roncoroni, entre otros. Gran equipo que no pudo ser campeón aunque dejó una marca imborrable en la historia del fútbol lugareño.

Ya veterano, jugó cuatro partidos para el seleccionado en 1975, durante el inicio de la mayor campaña de nuestro fútbol, pero su adiós estaba muy cerca.

Un día se fue, aunque siempre estuvo volviendo y toda vez que pasaba por la zona, se acercaba hasta Francisco Madero para saludar a amigos y especialmente a Roberto Dirassar.

Flaco, alto y corredor, Guillermini fue un luchador incansable de impresionante despliegue físico, características que sumadas a su experiencia lo llevaron a terminar jugando en un puesto que no quería: volante central. Allí se alejó del arco rival –salvo incursiones sorpresivas– para convertirse en auxilio de sus compañeros. No exhibió una técnica muy exquisita pero contó con gran inteligencia y mejor criterio para administrar y distribuir el balón, manejando los tiempos e imprimiéndoles dinámica a sus equipos.

 

Roberto F. Rodríguez.

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