El fruto del trabajo

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En uno de los pisos del edificio del Club Argentino de Ajedrez y bajo un encofrado de vidrio se halla una mesa con tablero de ajedrez que reproduce la posición final de la partida que decidió el match que, por el título mundial, disputaron dos genios: Capablanca y Alekhine quienes, aunque nacidos en puntos muy distantes entre sí, coincidieron en un sitio que resultaría fundamental en sus respectivas vidas: Buenos Aires, urbe a la que convirtieron, por espacio de 76 días comprendidos dentro del último cuarto del año 1927, en la capital mundial del ajedrez.

José Raúl Capablanca, nacido en La Habana, el 19 de noviembre de 1888, había mostrado un talento natural inigualable para el milenario juego, mostrándose como seguro retador al campeón mundial, el alemán Emanuel Lasker, encuentro que el estallido de la Primera Guerra Mundial postergó hasta 1921 en que el latino pudo ceñirse la codiciada corona al vencer al campeón, en Cuba.

Por esos años se pensaba que no había rival que pudiera hacer peligrar la posesión del cetro ecuménico. Sin embargo, bajo la sombra del campeón, crecía la figura de un incansable trabajador del tablero, el ruso Alexander Alekhine (apellido que debe pronunciarse: Aliójin), nacido en Moscú, el 31 de octubre de 1892, es decir cuatro años menor que el caribeño y que, aunque había sido siempre un duro adversario para el cubano, el moscovita jamás había conseguido vencerlo en partidas oficiales de torneo.

La fama del latino había trascendido más allá de lo imaginado llegando a ser nombrado hasta en recónditos puntos de la esfera terrestre. Un apellido sonoro, un encanto natural para las mujeres, una elevada distinción entre los hombres, una asombrosa capacidad para los juegos con naipes y un talento inigualable para el ajedrez, habían hecho de él un campeón destinado a ser inolvidable. Reconocido, admirado y hasta adulado, disfrutaba de una vida de noches y placeres, mientras Alekhine, como una contracara, transcurría sus largas noches bajo la inquieta luz de algunas velas, estudiando partidas del campeón, con el objetivo de descubrir fortalezas y debilidades de su juego.

Cuando llegó el momento en que Capablanca pusiera en juego su corona, impuso nuevas reglas: disputaría un encuentro con su desafiante a un número ilimitado de partidas, consagrándose campeón el primero de ambos que lograra obtener seis victorias.

Alekhine, por peso propio, fue el retador oficial sobre quien nadie puso reparos fundados. Para maestros y aficionados, sus méritos eran indiscutibles, pero sus posibilidades de victoria eran casi nulas.

Capablanca lo sabía y decidió continuar con su acostumbrado ritmo de vida sin someterse a una preparación adecuada. Lo consideraban invencible, y quizá lo creyó.

El match se disputó a partir del 16 de septiembre de 1927 en los salones del Club Argentino de Ajedrez, sito entonces en Carlos Pellegrini entre Corrientes y Lavalle de la Capital Federal, y en la primera partida el retador sorprendió a todos llevándose el triunfo. El campeón se repuso y venció en las partidas: 3ª y 7ª, pero el ruso volvió a imponerse en los encuentros undécimo y duodécimo. Cuando finalizó la partida número 30 del match, Alekhine había ganado cuatro partidas y Capablanca tres, es decir que nada estaba definido aún, aunque los pronósticos, a esta altura, ya se inclinaban a favor del ruso quien, finalmente ganó las partidas 32ª y 34ª, logrando el número de victorias exigidas por el reglamento capablanquino, lo que le valió convertirse en el nuevo campeón del mundo. Un título que fue tanto un premio al esfuerzo del nuevo monarca como un castigo a la desidia del destronado campeón. El talento había sucumbido ante el trabajo y la dedicación.

Rápidamente comenzó a hablarse de un encuentro revancha por la corona, pero Alekhine no accedió. Como si de pronto fuera movido por un enorme resentimiento producto de desplantes sufridos, el campeón se convirtió en el mayor enemigo del cubano, destinando todos sus esfuerzos en tratar de destruirlo. El odio parecía ser la razón, pero fue el maestro polaco Tartakower, a quien se le atribuye una frase que echó luz sobre las sombras, cuando dijo que un nuevo encuentro entre ambos colosos del tablero jamás se realizaría, porque Capablanca sabía que Alekhine podría volver a vencerlo, y éste era consciente de que con el único que podría perder su corona era con Capablanca.

De nada valieron los méritos que siguió sumando Capablanca a su palmarés como el hecho de ganar el gran torneo de Moscú en 1936, derrotar al campeón en el torneo de Nottingham ese mismo año, y obtener la medalla de oro en el primer tablero en el Torneo de las Naciones disputado en Buenos Aires, en 1939. Su vigencia era indiscutible, pero Alekhine, que puso en juego su título ante otros rivales, continuaba negándole la chance.

El 8 de marzo de 1942, Capablanca falleció en Nueva York con 53 años de edad, sin haber tenido oportunidad de reconquistar la corona.

No mucho tiempo después, el 24 de marzo de 1946 y a la misma edad, Alekhine fue hallado muerto en Portugal cuando, si bien todavía era el campeón del mundo, para muchos había dejado de ser el mejor, aun cuando Capablanca ya no estaba.

Triste final para ambos maestros que, hace 91 años, disputaron el título mundial de ajedrez en Buenos Aires, sobre un histórico tablero que aún se conserva en el Club Argentino, como testimonio de la más rica historia ajedrecística mundial.

 

Roberto F. Rodríguez

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