El Expreso del Este

Cuando pensábamos en todo lo que se jugaban Deportivo Argentino y Defensores del Este en el partido de vuelta de las semifinales disputado en la noche del último sábado, nadie dudaba del enorme peso que tendría, minuto a minuto, el gran resultado obtenido por el azulgrana en el encuentro de ida, con victoria como visitante por 4 a 2. Es cierto que la diferencia de gol no se computa, pero los puntos sí, por eso en la revancha jugada en el estadio “Alberto Irigoyen”, Deportivo necesitaba ganar para obligar a un tercer encuentro, porque el empate depositaba a Defensores en la final sin más exigencias.

Planteadas así las cosas, la gran mayoría –me incluyo en la misma– imaginó un partido cerrado, con el azulgrana dispuesto a respetar a rajatabla las órdenes de controlar el ritmo del cotejo, “planchar” el partido todo lo más posible, impidiendo que su adversario desplegara ese vertiginoso estilo en el que le imprime las máximas revoluciones al motor de gestación de fútbol ofensivo del que ha hecho gala más de una vez en el presente torneo. Uno imaginaba un Defensores dispuesto a esperar, pero acortando distancias entre sus propias líneas y reduciendo la capacidad de maniobra de los hábiles rivales. Uno esperaba un Defensores poblando la peligrosa zona de gestación que abarca desde mitad de cancha hasta las puertas de su propia área. Porque así mandaba la lógica. Porque el que debía hacer el gasto, arriesgar y exponerse era Deportivo Argentino.

Sin embargo nada de eso ocurrió y ello tiene un responsable: Ezequiel Naser, quizá el mejor jugador del campeonato. Porque antes de los dos minutos de juego llevó adelante una monumental corrida de izquierda a derecha, paralela al borde frontal del área grande, arrastrando marcas, para terminar haciéndose el espacio necesario y girar hacia el arco metiendo un disparo cruzado que superó el vuelo de Díaz y se clavó contra la base del palo derecho del marco azul, justo frente al grueso de la hinchada local. Delirio total. Un golpe que podía ser devastador, pero enfrente estaba Deportivo Argentino, el último campeón, un equipo que había llegado dispuesto a llevarse una victoria y que, sin haber logrado hacerse dueño del balón, ya estaba perdiendo por 1 a 0 cuando el reloj marcaba apenas 2 minutos de juego.

Recién en ese momento –al menos así lo creo– se justificó la audaz formación que eligió el técnico azul, Javier Mendizábal, para tamaño compromiso en el que estaba en juego todo un año de trabajo sustentado por la experiencia de grandes campañas anteriores. Esa formación, con Arive y los hermanos Collado en el medio, Sosa dentro del área rival, Cañete por fuera pero no muy lejos, y Ferrara cubriendo una extensa lonja de terreno por uno de los laterales, no presentaba la cantidad necesaria de volantes con oficio en la marca y la recuperación del balón. Entonces todo se circunscribía a lo que podía aportar Arive y el temerario accionar de Matías Collado, siempre jugando sobre el filo de la navaja. Tal es así que sería reemplazado en ese primer tiempo tras ser amonestado.

Aún así la visita reaccionó y con un golazo de Arive de tiro libre clavando el esférico contra el palo izquierdo de Tolosa, empató el partido.

Un tiro libre a favor del local que ejecutó Amoroso y que, al desviarse en la barrera, descolocó a Díaz convirtiéndose en el segundo gol del dueño de casa, puso de manifiesto que las circunstancias fortuitas también forman parte de esta actividad deportiva que, naturalmente, nació como un juego.

El azul volvió a reaccionar. Una falta de Mena sobre Andrés Collado cerca del límite del área, pero dentro de ésta, le dio a la visita la posibilidad del empate mediante un tiro penal. Cañete se hizo cargo de la ejecución, pero no tomó carrera sino que fue caminando lentamente hacia el balón, como esperando que Tolosa se jugara para entonces picar la pelota lejos del uno. Tolosa no se movió y el ejecutor se encontró con la obligación de patear sin impulso previo, por lo que le salió un disparo bajo y no muy violento que el arquero desvió arrojándose hacia su derecha. ¿Exceso de confianza o irresponsabilidad? Era la duda de la parcialidad azul ante lo hecho por Cañete. No obstante no había tiempo para lamentos y el azul siguió buscando. Lo encontró al final de la etapa cuando Sosa bajó un centro de Cañete y Ferrara anotó un nuevo empate.

Ingresó Kees por Galeano amonestado en la visita y con tres centrales en el fondo, el azul procuró desprender ofensivamente a Martínez por el lateral izquierdo. Sin embargo el local, más afirmado en su propósito, controló en el  partido y el último cuarto de hora lo definió, porque si había algo que Defensores había dejado en claro tras el partido de ida, era que es el equipo más peligroso y contundente ante rivales propensos a cometer errores. Tres equivocaciones le costaron tres goles a Deportivo en su cancha. Ahora no fue muy distinto. La falta de marca en el medio, el cansancio de sus hombres, el adelantamiento obligado por las circunstancias imperantes, y la lentitud de los veteranos zagueros para cubrir grandes distancias persiguiendo adversarios, fueron un coctel letal para Deportivo. Un cóctel que Defensores paladeó con deleite mayúsculo. Fernández tras asistencia de Naser, el propio Naser con impecable definición, y Pérez, también asistido por la gran figura de la noche, estamparon un 5 a 2 inapelable. Una diferencia impensada para algunos, soñada por otros, pero justa y merecida.

Lo de Deportivo no fue malo, pero lo pasó por arriba un tren expreso que tiene a Naser como locomotora, y el “chuf, chuf, Defe” volvió a sonar como en los mejores tiempos.

Roberto F. Rodríguez.

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