"El coqueto"

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El pasado domingo cuando en el estadio “José Estaban Garré” del Club Deportivo Argentino, Defensores del Este se coronó como nuevo campeón de la Liga Pehuajense de Fútbol al derrotar a Estudiantes Unidos por 1 a 0 en el tercer partido definitorio, supe que no solo estaba viendo el último cotejo del año sino, seguramente, el último partido oficial disputado en ese estadio. De allí que el 30 de diciembre volvió a integrar la nómina de efemérides de los azules y de los azulgranas. Y si expresé: “volvió” es porque esa fecha ya estaba incorporada en la historia de estas dos instituciones, dado que un 30 de diciembre de 1972, Deportivo Argentino se coronaba campeón en cancha de Defensores del Este al derrotar a Progreso de Juan José Paso por 4 a 3. Y ahora, exactamente 46 años después, era Defensores el que alcanzaba el título de campeón en cancha de Deportivo Argentino. Caprichos del destino. Lo cierto es que aquella mítica “Fiambrera azulgrana” que vio la consagración azul ya no existe, y este “José Esteban Garré” muy pronto dejará de existir.

El progreso manda y la urbanización gana espacio junto al crecimiento poblacional de la ciudad. Lo vivieron otras instituciones antes. Lo vivirá nuevamente Deportivo que, en la segunda mitad de los años ’60 dejó su estadio levantado en la manzana que hoy ocupa el Colegio Nacional para enarbolar un sueño de un amplio complejo no solo dedicado al fútbol sino a otras expresiones del deporte. Curiosamente también, fue un 30 de diciembre, pero de 1964, cuando los dirigentes de Deportivo Argentino pudieron escriturar el predio adquirido a don Saverio Guarascio, compuesto de seis hectáreas, sobre las que se proyectó una magnífica obra con el estadio como emblema, más la construcción de natatorios, canchas de tenis, e instalaciones para otras actividades.

Mientras caía la tarde del pasado domingo y el partido seguía sin goles, caminé por varios sectores del estadio y me asaltaron innumerables recuerdos. La presencia de la primera división de Boca Juniors con todos sus titulares en aquella inauguración oficial de octubre de 1972, resulta el punto de partida de inolvidables momentos. Imágenes que aparecen como diapositivas instantáneas y me recuerdan la elegancia de Juan Emilio De Antón, el vuelo de su hermano Roberto, las pisadas de Núbile, los cañonazos de Sieza, la distinción de Vitángeli, los goles de Manolo Hernández, la clase de los hermanos Arive, la claridad de Borjas, las temerarias salidas de Prieto, la indescifrable gambeta de Osmar Antonio, la definición de Zema, la enorme categoría de Guillermo Martínez, la irrupción desinhibida de otros pibes como Davín, Tom, Maceda, Lambert, y Tezza,  las locuras de Nino Dameno, la marca de Raúl Martínez, la fuerza de Crivaro, la presencia de Patricio Carrica, la notable ductilidad de Pablo Bajo, la tranquilidad que transmitía Hugo Pizarro, la habilidad de Roura, el toque único de Jorge Almada, la velocidad de Dardo Pascual, la elasticidad de Orlando Salazar, los goles de Lucas Fernández, la seguridad de Julio Díaz, las enormes condiciones de Julio Caldiero, las genialidades de “El Chavo” Collado, las intervenciones claves de Néstor Ramírez, los goles de Santiago Bacas, la presencia decisiva de Daniel Salguero y la de tantos otros que también dejaron su impronta luciendo la casaca azul, desde los hermanos Lamanna, pasando por el uruguayo Varela, “El Loco” Dalla Líbera, “Caracol” Paredes, “Fiti” Tolosa, “Pato” Castro, Ricardo Urán, Darío Dolce, los hermanos Gelabert y muchos más, hasta llegar a la imborrable huella que han impreso sobre la actualidad la eficacia goleadora de Juan Martín Tallarico y las impresionantes intervenciones de Víctor Volpe.

Pero también ese estadio nos permitió ver figuras de otros equipos, algunos con pasado mundialista como: Carlos Squeo, Luis Galván y “Pinino” Más, y otros de elevado relieve nacional como: Osvaldo Cristofanelli; Osvaldo Rinaldi, Félix Orte, Armando Husillos,  Osvaldo Mazo, Abelardo Caravelli (ex campeón mundial juvenil), Jorge Nelson Forgués, y Juan José Irigoyen, por citar los más recordados, más allá de veteranos profesionales que militaron en nuestra Liga como: Heriberto Recavarren, Walter Durso, y Hugo Pedraza, e incluso jóvenes con raudo paso por los planteles de primera profesional como los arqueros Emilio Acuña (ex San Lorenzo) y Antonio Piovoso (ex Gimnasia y Esgrima La Plata), sin olvidar a valores surgidos del fútbol local que se proyectaron a nivel nacional e internacional.

Evidentemente la lista requeriría mucho más espacio y memoria, pero solo he mencionado algunos de los muchos valores que pisaron el campo de juego de un estadio que el domingo fue euforia y explosión, pero que poco a poco lo fue ganando el silencio. La vida sigue y el progreso impulsa el avance. Muy cerca de allí empieza a levantarse lo que será el estadio “Centenario” del Club Deportivo Argentino, inaugurando un nuevo siglo de historia, mientras que sobre la calle Andrés Gazzotti, queda un reducto al que le ha llegado su hora. “El coqueto”, como lo bautizó la revista “Así es Boca” tras aquel partido inaugural del ’72.

El rechinar de los goznes metálicos del portón de acceso denunciarán su último cierre y sobre la unión de sus hojas quizá veamos el viejo candado pendiente como un lagrimón de adiós postrero. Luego vendrán las máquinas, y la fuerza del hombre empuñando maza y cortafierros, para reducir a escombros cuarenta y seis años de historia.

Seguramente a aquel hincha de Deportivo que, al retirarse el pasado domingo del estadio, besó su mano y la depositó sobre la blanca pared de la boletería como saludo final, le hubiese gustado que fuera el azul surgido de las entrañas deportivistas el color que despidiera al estadio. No pudo ser. En el completo contorno flameaban otros colores. Se alentaban a otras escuadras. Cosas del fútbol.

Roberto F. Rodríguez.

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