El conteo que cambió la historia

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Fue un impacto que paralizó al mundo deportivo de entonces. Golpe limpio o ayudado con empujón por la fuerza del envión que lo impulsaba, partió la historia pugilística en dos, marcando un antes y un después como nunca otro. Fue el 14 de septiembre de 1923 en el Polo Grounds de Nueva York, sobre un cuadrilátero en que se dirimía el título mundial de los pesos completos o pesos pesados ante una verdadera multitud de más de 80.000 persona. Era el tiempo del gran campeón blanco Jack Dempsey, de los muy pocos que reinaron en una categoría dominada por la raza negra en potencia y calidad, con escasos intervalos. El tiempo de Dempsey fue uno de ellos. El hombre del estado de Colorado, conocido como el “Matador de Manassa”, ciudad de su nacimiento, tenía 28 años y un record de 67 peleas profesionales con solamente 4 derrotas, la última había ocurrido cinco años atrás.

Gran favorito para mantener su reinado, Dempsey, que ya había derribado a su rival en 7 ocasiones en el primer asalto, se vio sorprendido y desbordado por aquel mastodonte argentino que terminó tirándolo fuera del ring antes que culminara ese round.

Ayudado por los periodistas instalados en la mesa de prensa, reaccionó, aunque llegó a decirse que fue uno de los corresponsales de los diarios quien le incrustó la lapicera (pluma fuente quizá) en la espalda para provocar esa reacción. Claro que entre una cosa y otra, tardó diecisiete segundos en volver al cuadrilátero, muchos más que los nueve exigidos por el reglamento para poder estar de pie sobre la lona de combate, mostrando señales de estar en condiciones de continuar y así evitar la derrota por knockout. Pero ya era tarde, la corona mundial había rodado por el piso de la platea y solo debía ser levantada para ceñirla sobre la cabeza de quien legítimamente era el vencedor y nuevo campeón del mundo: Luis ángel Firpo.

Pero la historia no siguió ese curso reglamentario y el árbitro norteamericano Johnny Gallagher, en una aberrante decisión localista, le permitió al campeón seguir combatiendo ante la sorpresa de nuestro recordado “Toro salvaje de las pampas” que, sin un manager contratado para que lo apadrinase defendiendo sus legítimos derechos, vio como el peso del campeón era determinante.

Pero Firpo no tenía tiempo para lamentos y siguió peleando, afrontando el segundo round con su brazo izquierdo fracturado, según se sabría después, pero con la frente en alto y el orgullo intacto.

Dempsey, aprovechando las ventajas, volvió a derribarlo y terminó noqueándolo en ese asalto tras una cuenta nerviosa del árbitro que decretó el fuera de combate.

Para los argentinos fue un robo que inauguró la era de los campeones morales, la que llegó a su punto máximo con la expulsión de Rattín ante Inglaterra, en el campeonato mundial de fútbol celebrado en ese país en 1966, siguiendo con las penurias que vivió el Lole Reuteman en la fórmula uno, el penal que supuestamente inventó el árbitro Codesal en la final ante Alemania en 1990 en tierra italiana, la tormentosa salida de Diego del Mundial de Estados Unidos en 1994, y el tremendo impacto del arquero alemán Neuer en el Mundial de Brasil 2014, cuando en su área golpeó violentamente al Pipita Higuaín y el árbitro lo ignoró completamente mostrándonos como se nos iba otra final mundial de las manos.

Claro que para los extranjeros, que nos miran sin esa misma objetividad que evitamos nosotros, ha sido un tiempo de argentinos llorones e incapaces de aceptar una derrota.

Sin embargo no fue ese el camino que nos mostró Firpo. Aceptó su caída y no elevó protesta alguna a pesar de tener derecho a ello. Es decir: se la bancó a lo macho, honrando el apodo.

Si bien se le criticó no haber invertido dinero en la contratación de una manager en los Estados Unidos que lo hubiese defendido, merece una felicitación por haber contratado un cameraman que filmó la pelea y que le permitió ganar mucho dinero con la exhibición de esa breve y memorable cinta en numerosas salas de cine, las que eran colmadas por un público ávido de ver volar al gran campeón fuera del ring tras la embestida de nuestro Toro salvaje.

Así nació la leyenda, y su fama creció de manera exponencial.Y todo por una derrota que estuvo muy cerca de convertirse en victoria en el primer asalto. No pudo ser, y en gran parte se debe ello al árbitro Gallagher que, poco tiempo después, terminaría suicidándose.

Dempsey cultivó, desde aquella pelea, una gran amistad con Firpo y visitó nuestro país en  varias ocasiones, asistiendo también al velatorio del argentino en 1960, cuando aquel muchacho de Junín, casi de la misma edad que el norteamericano, se marchó para siempre para subirse a una de las estrellas más altas del firmamento deportivo argentino, quizá más alta todavía de la que hubiese alcanzado en caso de haber vencido. Cosas del destino.

 

Roberto F. Rodríguez.

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