El arquitecto

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Arquitecto sí, ésa es la palabra que me parece más adecuada para calificar a Matías Tolosa, figura indiscutida de la victoria que, el pasado domingo y por 2 a 0, consiguió Calaveras sobre KDT en cancha de los albirrojos.

Un encuentro con muchas expectativas que empezó a delinearse muy rápido. Antes de los dos minutos. Matías ejecutó un tiro de esquina de manera impecable, y el zaguero Mansilla, otro Matías, derrotó a González con golpe de cabeza.

Lejos había quedado el local de imponer su presencia protagónica. Sus hombres casi no habían tocado el balón y ya estaba perdiendo por 1 a 0. Tenía que salir a buscar. Pero no salió. Calaveras, manejado por un gran trabajo de Tolosa, con el apoyo permanente de Ignacio Chaves para generar peligro en el área rival, se las arregló sin problemas para jugar con toda tranquilidad. Salvo un imponderable, no se vislumbraba la forma con que KDT pudiera inquietar al arquero Ortiz.

Las expulsiones de Farías y Cristaldo dejaron ambas escuadras con un jugador menos. Por las posiciones que ocupaban dentro del campo de juego no parecía que sus ausencias exigieran relevos inmediatos sino un reacomodamiento. Y así fue. Sin embargo, el estado de exaltación generado en el grotesco tumulto provocado, sí pareció afectar los ánimos de todos los protagonistas, y el partido se ensució. No hubo mayores emociones.

Recién pasada la media hora KDT logró inquietar a Ortiz mediante una maniobra de Santo Domingo, y casi sobre el final del primer tiempo, sí llevó preocupación mediante varios tiros libres, aunque la defensa visitante, aún apremiada, logró neutralizar los intentos de los albirrojos.

Eso fue todo lo que pudo generar el local. Una imagen del momento que atravesaba la dio Carlos Galeano cuando rescató una pelota contra la línea de fondo de su propio campo, desde allí debió iniciar camino. Lejos. Demasiado lejos. Así estaba KDT.

Por eso el balance general de esa etapa favoreció a Calaveras, en especial por la labor de Tolosa, dispuesto a construir desde el diálogo futbolístico, habiendo conseguido buenos dividendos cuando logró comunicarse con Chaves. Sin embargo, le faltó la puntada la final. Ésa que debía dar su principal hombre de punta: Nicolás Goncálvez, un fuerte delantero, al que vi por primera vez y me pareció un hombre dispuesto a enviar al fondo del arco rival toda pelota que le llegue, sin preocuparse por la forma en que la reciba ni donde se encuentre en ese momento. Importante por sus ganas, despliegue, fortaleza y por la preocupación generada en la defensa rival, pero no pudo resolver bien cuando tuvo oportunidad.

Cuando Leonel Martínez reemplazó a Goncálvez todo cambió rápidamente, porque en su primera incursión al área adversaria logró que le cometieran falta, sancionándose el correspondiente penal con que Tolosa, mediante remate cruzado y bajo contra el palo izquierdo, estiró la ventaja a 2 a 0.

El juego práctico visitante, su mirada optimista del partido y el despliegue físico de sus hombres como sustento de la victoria, era algo a lo que el rival terminó por resignarse, pero a la belleza no. Cuando Calaveras comenzó a tocar y tocar, con la batuta en poder de Tolosa, los albirrojos parecieron no tolerarlo y Enzo Hernández lo demostró yendo al choque y aplicando un tremendo golpe al conductor visitante a la altura de su rodilla. Un barrido brutal y descalificador que puso en serio riesgo la integridad física de la víctima, cuyo grito de dolor y su vuelo por el aire le agregaron espectacularidad y dramatismo al hecho.

Hernández se fue expulsado y lo que KDT no había podido conseguir con once jugadores, ni con diez, tampoco podría lograrlo con nueve. Su suerte ya estaba echada.

La camilla retiró al mejor jugador de la cancha. Un hombre que mostró una astucia ingeniosa para generar, desde su talento natural, maniobras que lastimaban la estructura defensiva rival, y que ponían en evidencia la velocidad mental de este arquitecto, aunque no siempre sus compañeros pudieran aprovecharlas.

Calaveras necesita a Matías Tolosa, aun cuando juegue demasiado lejos del área rival, porque depende de su notable técnica, pero éste podrá rendirle en tanto y en cuanto tenga interlocutores válidos con quienes dialogar, y cuente con el apoyo de un equipo que tampoco mezquine esfuerzos para correr, marcar, y recuperar la pelota perdida. Como el pasado domingo. Cuando Tolosa se suelte más, y no sólo inicie la jugada ofensiva sino que acompañe para participar también en la definición, otro será el cantar. Claro que necesitará ese “compinche” capaz de conformar un tándem ofensivo mucho más eficaz todavía. Y el domingo no lo vi.

Por eso me quedo con el concepto inicial: Matías Tolosa es el arquitecto, aunque a veces deba disfrazarse de albañil y termine saliendo en camilla por el riesgo laboral asumido.

 

Roberto F. Rodríguez.

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