Derecha estremecedora

Noticias Pehuajo - Deportes - Derecha estremecedora

La derecha surcó el aire con la velocidad de una flecha. Fue un vuelo fugaz y certero que encontró su objetivo e impactó de pleno en él, como una pedrada cavernícola. La cabeza de Nino se sacudió y su fina cabellera flameó dispersa como una bandera hecha harapos cuyos jirones son agitados por un fuerte viento. Sus ojos parecieron perderse dentro de su órbita, y sólo el cuello, fibroso y elegante, alcanzó a evitar que dicha cabeza saliera disparada por el aire. Porque esa fue la primera y dramática impresión que recorrió el estadio. Conmovido, sus piernas crujieron como aquel viejo olmo que describió la prestigiosa pluma de Antonio Machado. Aquel árbol centenario, fatalmente hendido por un rayo eléctrico de una tormenta impiadosa. Así vimos al campeón cuando cayó de rodillas. Destruido en todo sentido. El árbitro alemán, Drust, inició la cuenta correspondiente y el italiano, quizá instintivamente, intentó ponerse de pie, pero sólo consiguió mostrar una grotesca imagen de un ídolo deportivo rebotando contra el encordado del ring, tan indefenso como inconsciente. Había perdido la mirada, la postura, la razón de estar allí. Su glorioso reinado era pasado a partir de ese mismo instante y por culpa de un indio argentino que lo miraba desafiante como lamentándose de no poder asestarle otro golpe devastador. No era necesario.

Un simpatizante italiano trepó al ring e intentó impedir que el árbitro terminara con la cuenta, pero Nino era un ruego tácito que a sordos gritos pedía que lo sacaran de allí o lo despertaran de lo que deseaba hubiera sido su peor pesadilla. Pero la realidad, cruel e inmodificable, le decía que lo suyo había tocado a su fin.

Es indudable que aquel golpe definitorio constituye uno de los directos más estremecedores de la historia del pugilismo mundial. Un derechazo letal que puso el broche a una notable tarea que había desarrollado hasta allí el desafiante y que, tras ese furibundo golpe, pasaba a coronarse Campeón Mundial de los Pesos Medianos. Sí, ese hombre era Carlos Monzón, todavía Campeón Argentino y Sudamericano de la categoría, quien se había ganado el derecho a disputar el cetro ecuménico con el campeón Nino Benvenutti.

El palacio de los deportes de Roma, fascinante capital italiana, fue el escenario en el que aquella noche del 7 de noviembre de 1970, hace 48 años, el deporte argentino sumó un nuevo lauro: el cuarto título mundial en boxeo, y el primero conseguido en Europa, dado que tanto Pascual Pérez, como Horacio Accavallo y Nicolino Locche, se habían coronado en Japón

Con su fulminante victoria, Carlos iniciaba una etapa de gloria deportiva que se llevaría ríos de tinta en todos los medios gráficos del país y parte del mundo. Su estampa, el riguroso entrenamiento a que se sometía previo a cada pelea titular, su ciega obediencia al maestro Amílcar Brusa que lo dirigía, el instinto salvaje que parecía reflejar su mirada, la potencia de sus golpes y el trabajo demoledor que aplicaba a sus rivales sin misericordia alguna, fueron el sustento de un reinado en el que nunca perdió “el ojo de tigre”, ni aun en su decimocuarta y última defensa de la corona frente al colombiano Rodrigo Valdez quien no sólo consiguió cortarlo sobre el tabique nasal sino que también lo mandó a la lona, obligándolo a poner rodilla en tierra.

Carlos Monzón, como alguna vez lo definió el inolvidable relator Osvaldo Caffarelli, en una charla que mantuvimos a principio de los años ’90, fue “el más campeón de todos los campeones que hemos tenido”. Una frase que, aunque fue dicha hace casi tres décadas, parece mantener incólume su vigencia. 

Aquella noche en que el santafesino inauguró su reinado, vimos al campeón venirse abajo como un viejo árbol hachado por el leñador. Con todo el peso de la gloria derrumbada. Con todo el dolor de la impotencia. Así cayó el gran Nino Benvenutti ante su gente y en lo que bien podría definirse como su propia casa.

De pie, frente a su vencido, estaba el nuevo campeón recibiendo el saludo de un minúsculo puñado de argentinos que lo habían acompañado, mientras el resto del público no lograba salir del asombro. ¿Quién era esa fiera salvaje que había destronado al ídolo peninsular? La respuesta era muy sencilla: un muchacho argentino con hambre de gloria pero no sólo con la idea de conformarse con alcanzarla sino dispuesto a mantenerla todo el tiempo que le fuera posible. Los siete años siguientes se encargaría de demostrarlo, dejando bien en claro quién fue Carlos Monzón para el boxeo mundial.

Roberto F. Rodríguez

.

.

.

.

Monedas

Sitio web de referencia: Banco Nación

Moneda Compra Venta
Dolar U.S.A 27,20 28,20
Euro 33,00 34,00
Real 650,00 700,00
Farmacia Del Aguila
Farmacia Fernadez