A contramano del tiempo

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Escribir un artículo sobre la trayectoria deportiva de algún boxeador cuya campaña así lo exija, abre sobre la mesa de trabajo un casi inagotable espectro de figuras estelares como así también de quienes ocuparon una segunda línea. Miles de pugilistas aparecerán con sus nombres y respectivos registros a la hora de elegir, pero hoy he decidido referirme a un gran boxeador del peso máximo que transitó por la arena internacional en los años ’70. Me refiero a Ron Lyle, un mastodonte nacido en la ciudad de Denver, en el estado de Colorado, en los Estados Unidos.

Ron nació en 1941 y estoy convencido de que toda reseña histórica que se escriba sobre el boxeo internacional de todos los tiempos no lo tendrá en cuenta. Porque de hecho nunca lo hicieron. Entonces vaya este humilde artículo como recordatorio de un hombre que tuvo una vida muy difícil y debió, además, luchar en una época de enormes figuras del boxeo. Tal es así que no dudo en afirmar que si ese Ron Lyle hubiera nacido diez años después, hubiera sido campeón del mundo en los ’80. Pero ello es sólo una conjetura que, aunque tiene el sustento de un razonamiento lógico, termina siendo improbable.

Lyle entró de grande al boxeo profesional. ¿Por qué así en un país donde los pugilistas entran muy jóvenes a la arena rentada? Muy simple: porque cuando tenía 19 años de edad fue condenado por homicidio en segundo grado y encarcelado por varios años, pese a gritar su inocencia.

Apuñalado en prisión por otro convicto, necesitó una cantidad inusual de sangre para salvar su vida. Se repuso y retomó la práctica deportiva en varias disciplinas. Con una más que respetable estatura, buena conformación muscular y cierta habilidad en el manejo de sus extremidades, el básquetbol y el fútbol americano lo contaban entre sus figuras en el equipo carcelario, pero era el boxeo donde se le auguraba cierto futuro.

Logró la libertad condicional en 1969 y se encaminó definitivamente hacia el pugilismo. Debutó como profesional el 23 de abril de 1971 en su ciudad, noqueando en dos asaltos al poco conocido A. J. Grapas, quien acumulaba diez victorias en catorce presentaciones rentadas.

A partir de allí, Lyle acumuló 19 victorias consecutivas, 17 de ellas antes del límite. Bajo el poder de sus puños sucumbieron entre otros, el mexicano Manuel “Pulgarcito” Ramos, el venezolano Vicente Paul Rondón, el brasileño Luis Faustino Pires, todas grandes figuras del boxeo latinoamericano de entonces y dos norteamericanos de gran prestigio. Uno de ellos fue Buster Mathis, quien había disputado el título mundial frente a Joe Frazier y contaba, al momento de enfrentar a Lyle, con un récord de 30 victorias y sólo tres derrotas. El otro era la gran promesa llamada Larry Middleton, quien sumaba 20 victorias, dos derrotas y un empate.

Recién en febrero de 1973 Lyle resignó su condición de invito al caer por puntos ante el ya famoso Jerry Quarry, alguien que había sido la gran esperanza blanca a fines de la década anterior.  

Superó luego al argentino Gregorio Peralta, con quien empató en un segundo combate, y también derrotó a Ringo Bonavena.

Derrotó nuevamente a Middleton y venció al excampeón mundial Jimmy Ellis. La flamante promesa llamada Jimmy Young fue el responsable de la segunda derrota de Lyle en febrero de 1975 pero inmediatamente le dieron la chance de enfrentar al campeón mundial Muhammad Alí en combate titular celebrado en Las Vegas. Una pelea donde el campeón estuvo lejos de lo que se esperaba de él, luciendo lento durante gran parte del pleito que fue dominado por Lyle hasta que un perfecto derechazo en el mentón del retador lo dejó en mal estado y el árbitro detuvo las acciones. Es cierto que Lyle iba al frente en las tarjetas tras diez asaltos, pero en el undécimo se definió todo y Alí retuvo la corona.

Ron venció luego al respetado peso completo Ernie Shavers, y accedió a un combate frente a George Foreman que se realizó en enero de 1976 en Las Vegas. Fue una pelea inolvidable. Una lucha sin cuartel, a todo o nada. De hecho, al culminar el cuarto round Lyle había caído dos veces, pero también había derribado a Foreman en dos ocasiones. Un combate dramático y espectacular que se definió en el quinto, cuando, agotado, Lyle fue al piso por toda la cuenta, aunque no antes de haberlo dado todo.

Venció luego al gigante europeo Joe Bugner y, ya veterano, cayó ante otra gran promesa blanca, Jerry Cooney, en octubre del ’80.

Volvió en el ’95 y ganó algunas peleas más, pero no logró proyectarse lo suficiente y se retiró con un récord de 43 victorias, 31 de ellas antes del límite, siete derrotas y un empate.

Dejó la imagen de un peleador duro, de buenos golpes curvos y notable resistencia al castigo. Pudo haber sido campeón del mundo, pero aquella derecha de Alí terminó con su sueño. Quizá de haber nacido en otro tiempo lo hubiera logrado. No fue posible. Ser contemporáneo de monstruos como Frazier, Foreman, Alí, Norton, Shavers, Ellis, Mathis y Bonavena no facilita las cosas, pero aun así se las arregló para dar batalla y vencer a varios de ellos cuando todavía eran grandes.

Es que hay personas que nacen en la época correcta y otras en la equivocada. A Lyle le tocó lo segundo.

Roberto F. Rodríguez.

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