Una singular máscara que acentuó mi interés por la literatura de Poe

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Me resulta difícil asegurar una fecha, pero sí puedo confirmar que siendo niño tuve en mis manos una publicación con notables ilustraciones que, tal vez por lo espeluznante de las mismas, despertaron mi interés en leer esa historia, algo que pude hacer con la particular ayuda de mi padre en la aclaración de algunos términos que yo no llegaba a comprender desde su denominación propia.

Se trataba de un cuento de terror publicado en una revista que no recuerdo cuál, pero la historia nunca se me olvidó, porque su título ya era como para no olvidarlo jamás: “La máscara de la muerte roja”.

Así, desde una revista cuyo nombre desearía acordarme, entré en el fascinante mundo literario de quien es considerado uno de los más grandes maestros universales del relato corto: el estadounidense Edgar Allan Poe.

Nacido en Boston, Massachusetts, en 1809, e hijo de David Poe, padre alcohólico que abandonó su familia, Edgar quedó huérfano muy pronto, siendo recogido por John Allan y su esposa, quienes lo criaron, pero nunca lo adoptaron legalmente. Incluso su padrastro, jugador empedernido, no trataba al pequeño Edgar como un hijo, aunque sí lo hacía su esposa, quien lo colmó de afecto. Sin embargo, el gran escritor terminó adosando a su identidad el apellido Allan.

No es mi intensión extenderme sobre su biografía sino simplemente recordarlo hoy, cuando se cumplen ciento sesenta y nueve años de su desaparición física, hecho ocurrido en Baltimore, el 7 de octubre de 1849, vale decir que sólo tenía por entonces cuarenta años de edad.

Su muerte nunca fue debidamente aclarada y a la hora de leer opiniones, se habla de: alcohol, se menciona una falla cardíaca, se hace referencia al uso de drogas, a un problema cerebral, tuberculosis, e incluyo se ha llegado a evaluar la posibilidad de un suicidio. Todo demasiado confuso para tratar de explicar una muerte a través de diversas hipótesis que, si bien tienen cierto un anclaje referencial como asidero válido en cada una de ellas, ninguna logró obtener el convencimiento mayoritario. Edgar Allan Poe murió. Eso es lo único comprobado.

Sin embargo, aunque su existencia terrenal puede ser considerada demasiado breve al momento de computar años vividos, no debemos olvidar que el hecho ocurrió a mediado del siglo XIX cuando las expectativas de vida eran de no muchos años y desde donde se deduce que, para ese tiempo, Poe no murió joven como se lo consideraría hoy.

Aún así en las pocas décadas que abarcó su carrera literaria, dejó obras de notable repercusión, apoyadas en el delirio de sus protagonistas, el horror de los hechos consumados y los sorprendentes finales de cada una, pero siempre teniendo muy en cuenta el efecto que causaría en los lectores.

A esta altura resulta justo mencionar que Poe sostenía una teoría que procuró respetar siempre y que llamó: “unidad de impresión”, quizá basándose en la antigua regla aristotélica de tres unidades: acción, tiempo y lugar.

Retomando el tema desde aquel recuerdo sobre mi primer contacto con su literatura, con el tiempo me interesé por sus cuentos.

 “La caída de la casa Usher”, atrapa por los terroríficos sucesos que ganan la escena a partir del momento en que el cuerpo de la difunta Lady Madelaine, hermana de Roderick Usher, es depositado en una cripta. Un cuento que figura entre los más logrados y apreciados por su autor.

Seguramente, Poe ha tenido sus razones en volcar sus preferencias, pero como simple lector, créanme que no resulta fácil elegir.

Uno de los que más recuerdo es “El escarabajo de oro”, una aventura que transcurre en una isla cerca de Charleston, en la que el delirio, la incertidumbre y el suspenso se apoderan del relato llevando al lector a sentirse parte de esa aventura, cuyos protagonistas, valiéndose de un antiguo pergamino lleno de pistas ocultas, llegan finalmente a encontrar el buscado tesoro, pero enterrado junto a dos cadáveres, hecho que desata nuevos enigmas.

Nuestro cine nacional, a través del gran actor Narciso Ibáñez Menta, nos regaló extraordinarias versiones de tres cuentos célebres de Poe: “Corazón delator”, “El extraño caso del señor Valdemar”, y “El tonel de amontillado”. Un excelente trabajo audiovisual que, con cierta frecuencia, todavía puede verse en televisión a través de la señal Volver.

Sin embargo, cuando es la crítica la que tiene la palabra, el cuento: “El pozo y el péndulo” aparece como el más aterrador de toda la obra del genial escritor norteamericano. Un relato donde la desolación, el desconsuelo, y la desesperación de una persona recluida en una celda pero condenada a una muerte segura, se adueñan del centro de la narración de una manera impresionante, ubicándolo al lector como un veedor invisible que, dentro de esa misma celda, es testigo del martirio físico y mental del protagonista hasta el increíble e inesperado final.

No obstante, del que guardo mayores recuerdos es del cuento titulado: “Los crímenes de la calle Morgue”. Una narración policíaca que, según los entendidos, ubicó al escritor en el prestigioso sitio de: “Padre del cuento detectivesco”, mucho antes de dos de los máximos cultores del género: Sir Arthur Conan Doyle, creador del infalible investigador británico Sherlock Holmes, y de Agatha Christie, quien le dio vida al singular detective belga Hércules Poirot, erigiéndolo como gran protagonista en muchas de sus novelas.

Está claro que el prestigio de Holmes y Poirot queda demasiado lejos del aficionado Dupin de quien se vale Poe para esclarecer el crimen de dos mujeres, madre hija, halladas muertas en un departamento cerrado de la calle Morgue, en el centro parisino.

Son entonces los avances de Dupin los que paso a paso lo van acercando a la verdad hasta poder brindar una irreprochable explicación del misterioso caso, demostrando que el autor de las brutales y sangrientas muertes es un gorila escapado de un circo, cuyos instintos salvajes afloraron de la manera más feroz y con las más graves consecuencias.

Fue tanto lo que me marcó ese cuento también y tanto debo haber insistido con el tema que, previo a una celebración de Carnaval, me regalaron una máscara, de enormes dimensiones para mi infantil estatura de entonces (véase la fotografía), que representaba, según mi mirada, al monstruo que debía ser atrapado por ser el inhumano homicida de Mademoiselle Camille L'Espanaye y su madre.

Poe ya estaba en mi vida y su obra se constituiría en una fiel compañera de muchas horas largas.

Por eso hoy, al cumplirse un nuevo aniversario de su paso a la inmortalidad, he querido evocarlo y compartir con los queridos lectores, aquel recuerdo de un momento inolvidable: cuando, siendo un niño, me sentí parte de la literatura del más grande: Edgar Allan Poe.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.

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