Un minuto, una respuesta, la gloria o a lavar los baldes

Transitamos el último fin de semana largo del año debido a que mañana es feriado. Sin embargo, el 25 de noviembre no nos dice nada. Al menos, no tanto como para declararlo feriado por sí solo, pero no es la fecha patria a recordar sino que es parte del desplazamiento muy de moda en los últimos años y que, en este caso en particular, se relaciona con el 20 de noviembre, en que celebramos el Día de la Soberanía Nacional a raíz del histórico combate de la Vuelta de Obligado en que las escazas, modestas y mal armadas (en comparación) tropas nacionales, bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas hicieron frente a la poderosa flota anglo-francesa que pretendía remontar libremente nuestros ríos avasallando derechos soberanos.

Así lo dice la historia, aunque muchos ignoren o les resulte indiferente el motivo del feriado, tal como ocurrió con los feriados del 31 de enero y 20 de febrero de este mismo año. Es que no a todos, o mejor dicho a los menos, les gusta la historia. 

A mí siempre me gustó y eso lo ha visto el lector porque muchas de las 134 notas publicadas en este espacio tienen que ver con la historia. Y ahí la explicación. Es una vieja debilidad que tampoco pasó inadvertida para mis compañeros de estudio, hecho que me trae un lejano recuerdo relacionado con el tema entre ilusiones y contrariedades.

Ocurrió en el transcurso del año 1978, cuando en nuestra ciudad se organizó un concurso de preguntas y respuestas para alumnos de tercero a quinto años del secundario con el siguiente temario: tercero respondería sobre historia argentina, cuarto sobre matemáticas y quinto sobre geografía. No sé a qué matemáticas y geografía referían las bases porque yo estaba en tercero y como mis compañeros me designaron para representarlos y me ocupé de la historia argentina.

Era una justa del saber pero con un jugoso premio que, aunque mis recuerdos son borrosos en este aspecto en particular, creo era en dinero y que sería utilizado para financiar gran parte del viaje de egresados, dado que en ese tiempo éramos los alumnos los que nos costeábamos nuestro propio viaje, aunque con alguna colaboración de nuestros padres, pero éramos nosotros los que organizábamos torneos de truco, podábamos árboles, limpiábamos enormes vidrieras (especialmente de las agencias de ventas de automotores) y vendíamos tortas que cocinaban nuestras viejas.

No había demasiado tiempo para prepararse porque, se suponía que se debía responder sobre temas que estaban siendo tratados ese año. Mis compañeros apostaron por mí. Me consideraban como un caballo ganador y me palmeaban dándome aliento, aún aquellos que más de una vez me habían insultado en una cancha por mi falta de precisión para definir, especialmente con el arco libre. Lo cierto es que nunca me sentí más animal que en aquellos días, pero querido.

La competencia, por suma de puntos, establecía que cada curso debía presentar un concursante con dos asistentes. Se formularía una pregunta. Si el concursante la respondía correctamente dentro del minuto, obtenía cinco puntos y seguía en carrera. Si no podía responder por sí, estaba autorizado, al minuto siguiente, a consultar a sus asistentes y, si lograba una respuesta correcta, también seguía en carrera, pero sólo obtenía tres puntos. Naturalmente que, si en la segunda oportunidad tampoco daba con la tecla, quedaba eliminado y su curso debía seguir limpiando vidrieras y vendiendo tortas.

Muerte súbita sin enganches.

Sin el menor interés por negarme, solicité ser acompañado por las dos mejores promedios del curso, pero no hubo manera de convencerlas, por lo que se habló mucho y finalmente aceptaron acompañarme otras dos jóvenes, también buenas alumnas, aunque de conocimientos históricos limitados según sus propias palabras.

Nos reunimos un par de veces y repasamos el libro de Historia 3 de José Cosmelli Ibañez. No hubo demasiado tiempo para evacuar consultas respecto a dudas. Lo que decía el libro era ley y así lo acatamos.

La jornada estudiantil se llevaría a cabo a partir de las últimas horas de una tarde en el Salón Blanco, en los altos del Palacio Municipal y contaría con la transmisión en vivo a través de L.T.22, la radio AM local, cuyo director, el ingeniero Raúl René Negreira, era también un reconocido y muy querido profesor de enseñanza secundaria.

Llegado el día, me dispuse a partir caminando desde mi casa con la seguridad de no integrar un trío candidato, pero con el convencimiento de dar lucha hasta el final.

Mi vieja me besó con enorme ternura, mi viejo me extendió la mano y ya clavaron el dial de la radio en el 1500 para seguir las alternativas del concurso.

Empezaba a caer la tarde y me parece que me estoy viendo salir con mis jóvenes catorce años: camisa clara, mangas cortas, pantalón de lino y zapatos mocasines, todo adornado con una hermosa corbata (obligatoria) verde musgo de mi viejo y peinado con rigurosa raya al costado. No recuerdo fecha pero, por la vestimenta, era otoño o primavera, aunque considerando que si participaban los de quinto año era porque aún no habían viajado y habida cuenta que los viajes eran en invierno, la conclusión es contundente: era otoño.

Un tibio recibimiento, muchos nervios, el diplomático saludo a la distancia con chicas y muchachos de los otros cursos convertidos en ocasionales rivales y a sentarse.

Un jurado implacable, un moderador (que no era precisamente Silvio Soldán) del que no tengo recuerdos en este momento y mucho público presente.

El comienzo de las rondas de preguntas me fue dando confianza hasta mi turno y, una a una, las fui respondiendo correctamente por lo bajo. Invasiones inglesas, revolución de mayo, triunviratos, las campañas al Alto Perú, San Martín, etcétera. Parecían no tener secretos para mí por una cuestión de memoria. Obvio que mis asistentes se confiaban aún más y buscaban las miradas de otros compañeros presentes como para tranquilizarlos y asegurarles que todo iba a ser un simple trámite, mostrándoles también a los adversarios que no nuestro era pan comido.

Pero llegó el turno. "¡Tercero Comercial A!", llamó el moderador y los tres nos levantamos con cierta tranquilidad y pasamos al frente.

Me ubiqué frente al micrófono de pie y mis asistentes lo hicieron detrás de mí.

La voz del moderador hizo oír la pregunta y me quedé helado. La misma refería a un pasaje particular de la vida de Manuel Belgrano que no estaba contemplada en el libro. Y no era que no me acordara sino que estaba seguro que no figuraba en dicha obra.

Sin salir de la desagradable sorpresa, no hice reclamos y me di vuelta para solicitar la ayuda reglamentaria. Mis dos ayudantes, hermosas jóvenes que, pese al blanco guardapolvo, también obligatorio, no daban el target de ser integrantes de un consejo asesor, me miraron sorprendidas y creo que hasta ofendidas, como diciéndome: "¿A nosotras nos preguntás?". Las miré como respondiéndoles: "¡No, si le voy a preguntar al cerebro mágico!". Pero inmediatamente caí en la cuenta que no tenían ni idea. Reconocí su valor por haberme acompañado, les di las gracias, me volví hacia el micrófono y disparé una respuesta que tenía que ver con Belgrano pero no precisamente con la pregunta. No miré al jurado, pensé en mi viejo pegado al receptor de radio y en mi vieja que estaría pensando que debía seguir cocinando tortas. Di media vuelta y me retiré sin más trámite. Estábamos eliminados.

El sueño del premio se había evaporado por mi desconocimiento y/o porque la pregunta no estaba contemplada en el programa. Sentía que había fracasado aunque me repetía que nos habían “robado” pero también sabía que no había chance de reclamos. A llorar a la iglesia que estaba (y sigue estando) enfrente.

Me dolía el alma. Mi actuación había durado apenas dos minutos, como el pingo que es fija y se manca antes de llegar al codo. Un papelón.

Volvimos a sentarnos cruzando algunas miradas circunstanciales y aunque no recuerdo si me dejaron ir o me fui por mi cuenta, sé que bajé las escaleras de mármol buscando la calle para respirar su aire. Crucé recto hacia el mástil de la plaza principal y de allí tomé la diagonal hacia el Banco de la Nación Argentina, para continuar por Mitre en dirección a Gutiérrez y así seguir rumbo a mi casa. La última imagen que retengo del naufragio está precisamente en la vereda de Mitre al 670 aproximadamente, donde se me escapó una lágrima de impotencia. Por suerte estaba solo, porque, como dijera Larralde, "naides salió a despedirme". Es que la derrota no tiene padres, aunque yo sí tenía, porque mis viejos me esperaban orgullosos, emocionados y con el mismo amor, haciéndome sentir que había ganado algo mucho más importante: el respeto por esos conocimientos que siempre me gustó atesorar y que aún hoy, más de una vez y a Dios gracias, suelen ser material de consulta de algún interesado que me tiene presente. Y ese triunfo, día a día se lo dedico a ellos.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.

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