Un cóctel de audacia, locura y coraje para hacer historia

Debió haber tenido el apellido Pueyo, como su padre, aquel inmigrante español llegado a estas tierras cuando Pehuajó daba sus primeros pasos como localidad reconocida oficialmente por el gobierno provincial. Pero su apellido fue otro. Es que don Pascual Pueyo, junto a su esposa Concepción Llana y su único hijo Antonio, fueron registrados en nuestro país como: Poyo. No como el ave sino con “y”, como el banco, aunque en ambos casos la sonoridad del lenguaje coloquial los iguale fonéticamente.

Por eso, cuando ya instalados en una chacra en las proximidades de lo que es hoy Francisco Madero, nació el segundo hijo y primer argentino de la familia, fue inscripto como Pascual Poyo. Se estaba yendo el siglo XIX.

Diez hijos nacieron de aquel matrimonio, hijos que crecieron en el campo y encaminaron su vida hacia las tareas rurales. Pero Pascual fue la excepción. No por habérselo propuesto sino porque un infortunado accidente cuando cabalgaba le dejó una secuela permanente en una pierna.

Imposibilitado de seguir en el campo, fue enviado a trabajar a Pehuajó, donde aprendió el oficio de sastre, iniciándose como ayudante de un reconocido sastre italiano. Nunca lo imaginó, pero allí su vida cambiaría para siempre. Fue en un momento de descanso cuando acertó a mirar una revista italiana que le había llegado a su patrón desde su lejana tierra junto a otra correspondencia, y quedó conmovido, extasiado, decididamente atónito. Es que en un artículo de esa revista, se indicaban los pasos para construir un paracaídas. Corrían los años ’20. Pehuajó tenía en Pedro Zanni a un abanderado de una aviación que estaba despertando a la vida y abriendo rutas en el mundo, pero de paracaidismo casi no había noticias en el planeta. Sin embargo Pascual vio su oportunidad y le pidió a su patrón que le tradujera el artículo. Confiando en esa traducción, compró la cantidad requerida de tela, y adquirió lo necesario para el cordaje, el arnés, y demás elementos a construir.

En un amplio patio de una casa de la calle Zuviría donde alquilaba una habitación para vivir, desplegó la tela, midió, cortó y terminó construyendo su propio paracaídas. No se sabe el tiempo que le llevó tal tarea pero sí estimo que le debe haber parecido muy poco porque los innumerables pensamientos de lo que sería esa aventura que lo llamaba sin cesar, seguramente lo mantuvieron muy entretenido.

El primer paso estaba dado, pero solo eso. Faltaba un avión que lo elevara para poder arrojarse. En ese tiempo, Pehuajó contaba con Alfredo Carnevale quien tenía un avión Curtis J.N. con el que realizaba vuelos por la región. Según cuentan, Poyo intentó convencerlo pero dicen que el piloto se negó rotundamente a ser parte de lo que consideraba un verdadero suicidio dada la inexperiencia de Poyo y la enorme desconfianza en el paracaídas casero del intrépido maderense.

No obstante, como la vida suele dar oportunidades, en el verano de 1928 se organizó un promocionado festival aéreo en una quinta próxima a donde hoy se encuentra el cementerio de nuestra ciudad. El programa era atractivo de por sí, dado que se anunciaban actuaciones del aviador militar Sargento Bó; el piloto de acrobacias aéreas Rodolfo Etcharrán; y el famoso paracaidista internacional Genaro Maddaluno. Toda una invitación, pero la gran convocatoria surgió cuando se supo que Pascual Poyo también se lanzaría al vacío con un paracaídas de su construcción. ¡Una locura! La enorme mayoría pensaba ello, pero el morbo se encargó de colmar de público el festival.

Cuando le llegó el turno, el sargento Bo lo invitó a abordar el avión y juntos se elevaron hasta importante altura. Sin embargo el salto no fue inmediato. Bo realizó algunos giros hasta que Poyo decidió abandonar la carlinga y disponerse a saltar.

Desconozco si Pascual lo sabía, pero hasta ese momento, un solo bonaerense había saltado en paracaídas de construcción propia en nuestra provincia. Se trataba de José Ignacio Izquierdo, quien no solo había tenido instrucción militar, sino que también había sido asesorado por ingenieros para la construcción del paracaídas y, lo que resulta fundamental, su paracaídas había sido probado con un muñeco de similar contextura física y peso a Izquierdo. En consecuencia, éste sabía a lo que se exponía. Muy contrario a Poyo que, sin haber tenido instrucción militar ni asesoramiento alguno, arrastrando una incapacidad física, y habiendo confiado únicamente en la traducción idiomática de su patrón, estaba a punto de arrojarse en un paracaídas que jamás había sido probado, a lo que había que sumarle que Poyo nunca había volado. ¿Audacia?, ¿Coraje?, ¿Locura?, ¿Todo junto? Puede ser. Lo cierto es que Pascual salió de la carlinga y cuando miró hacia abajo, resbaló y quedó enganchado con un pie en el soporte y otro en el aire, agarrado del fuselaje de la nave que vibraba constantemente. Seguramente nadie hubiera querido estar en su lugar en ese momento. Cuesta imaginarlo pero lo pienso con el rostro transfigurado por el violento choque del viento, del que solo lo protegían unas rústicas antiparras, su gorro de cuero a punto de volarse, y su chaqueta sacudida por las tremendas ráfagas, al igual que sus pantalones.

Bo continuó girando, pero el paso de los minutos y la falta de combustible lo llevaron al piloto a exigirle a Poyo que saltara, gritándole por encima del ensordecedor ruido del motor, aunque Pascual lo entendía claramente por las señas. Para entonces, el público que veía claramente el avión girando y la silueta del paracaidista pendiente sobre un lateral de la aeronave, dio rienda suelta a las clásicas conjeturas en un clima de asombro y desesperación. Algunos aseguraban que se había arrepentido, otros decían que se había quedado enganchado, pero todos, absolutamente todos, coincidían en que si saltaba iba a matarse. Irremediablemente.

Ya no había tiempo ni quedaba casi combustible. Era muy riesgoso que Poyo, con su problema físico, intentara volver a la carlinga del avión a esa altura, pero tampoco Bo podía hacerla aterrizar con Pascual colgado como estaba. Entonces fue: ¡Ahora o nunca! Y Poyo saltó hacía las enorme fauces del vacío que parecían dispuestas a devorarlo. Su silueta fue un punto lejano que caía como una piedra atraída por la ley de gravitación universal. Ya no había dudas: se iba a matar. Nadie pudo determinar cuánto tiempo pasó. Quizá segundos apenas, tal vez poco más de un minuto, pero a todos –Poyo incluido– les pareció una eternidad que los mantuvo con el corazón en la boca hasta que en un determinado momento, la masa de tela se escapó del compartimento y, desplegándose en el aire, formó una hermosa campana blanca que fue paulatinamente frenando la vertiginosa caída de aquel muchacho de Francisco Madero. La tierra lo recibió ansiosa y le dejó unos traumatismos como recuerdo, pero el salto había sido un éxito.

De allí en más, el paracaidismo fue su vida. Ingresó al Ejército Argentino como personal civil, y prestó servicios en diferentes bases aéreas, al tiempo que siguió saltando en paracaídas en varios puntos del continente.

Contrajo matrimonio siendo ya un hombre mayor y en el invierno de 1955, muy enfermo, falleció en la provincia de Entre Ríos. Sus restos descansaron en una sepultura hasta que por falta de pago, sus huesos fueron dejados en el osario general del cementerio entrerriano, lejos de su Pehuajó y de su tierra maderense.

En 1983la Federación Argentinade Paracaidismo lo declaró: “Precursor del Paracaidismo Civil Argentino” en reconocimiento a su destacado aporte al desarrollo de la actividad. Una actividad que el norteamericano Russ Gunby definió como una aventura emocionante, desafiante, y gratificadora como ningún otro deporte.

Sin embargo Pehuajó casi ni se enteró y el nombre de Pascual Poyo permanece casi olvidado en nuestra tierra. A veces algún artículo lo recuerda, un memorioso lo menciona, y alguien se ocupa de difundir el tema. Pero solo a veces. Demasiado poco.

Lo cierto es que más allá de haber sido un precursor de la actividad que amó, Pascual Poyo fue el pehuajense que, sin negar sus humanas debilidades, demostró mayor audacia en nuestra historia. Nadie antes ni nadie después.

Quizá haya sido su penoso final, que de hecho tornó más dramática su historia, lo que nos acerca sentimentalmente más a su recuerdo a través de la piedad, el reconocimiento, la emoción y el orgullo, pero no seríamos justos sin entre esos sentimientos no aflorara una verdadera autocrítica por el manto de olvido que cubrió su recuerdo. Será cierto que, como dijera don Atahualpa Yupanqui, el olvido tiene su ley y su sinrazón, pero está claro que Pascual Poyo merece mucho más que una mención de vez en cuando.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.

 

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