Suena un cencerro

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Dicen que Leónidas Barletta, precursor del teatro independiente argentino, en los años 30 cuando abría las puertas de su Teatro del Pueblo tañía una campana para llamar la atención de los porteños. En este recorte de la pampa argentina, las noches que hay función “En lo de Oscar”, suena un cencerro como si estuviera apadrinando una tropilla de sueños orejanos y galopeadores contra el viento.

Años anduvo así, queriendo hacer un teatro en la casa. Resulta extraño, pero no para quienes fuimos testigos de su derrotero ardoroso.

Caló cimientos, picó ladrillos, encaró los andamios con más voluntad que equilibrio, porfió el precio hasta de los remaches en cada ferretería, acumuló  hierro, recolectó maderas, hizo de albañil, electricista…, de todo un poco. Y cuando fuerzas y conocimientos lo excedieron extremó la economía personal para afrontar jornales. Tampoco faltó la ayuda inmensurable de un puñado de jóvenes que han revoloteado solidarios, acompañando su “locura”. Más de una vez, el cansancio y la ansiedad lo voltearon hasta dejarlo tendido en una cama del hospital público. Al final, donde cada noviembre sembraba los zapallos, está la sala.

No es sencillo salirse de la horma en un mundo en el que el vocablo “productivo” suele reservarse únicamente para quien acumula dividendos o prosperidad capitalista. Según esta lógica, una buena cantidad de actividades quedan sumidas en una franja viscosa entre los prejuicios y las definiciones vagas.

A contrapelo de esos preceptos que estandarizan, Oscar ha sido consecuente en el rumbo. Igualmente valiosa es su dimensión actoral, fruto de un largo camino de preparación. Porque hay una forma de ser actor que nada tiene que ver con matar el tiempo o el simple deseo de exhibirse sobre un escenario. Se trata de una apelación profunda y sensible a una disciplina artística con recursos, técnicas y otras especificidades. Su dominio –aunque a los espectadores nos parezca pura destreza– es el resultado de un trabajo intenso.

En eso ha andado Oscar parte de sus 74 años, fogoneando una pasión mientras hacía de cadete de tienda, cargador de esqueletos de gaseosas, mozo, cantinero, vinero (de repartir y también de tomarlo en generosa comunión), mandadero y hasta vendedor furtivo de leche durante la hambruna del 2001… A los saltos, de a ratos, cuando le funcionó la autoestima, el bolsillo, el tiempo o una combinación de todas estas cosas, fue construyendo el actor que es. Una capacitación que no da para colocar una placa en la fachada ni diplomas en la antesala, pero hay años de indagaciones. Un cúmulo de saberes trabajosamente capturados de manera asistemática y desordenada pero con una profunda y sedienta vocación. Imposible determinar cuánto trae consigo del teatro primigenio de Pérez Gegena, de las técnicas de Stanislafski, de Brecht o del brasileño Boal que fue descubriendo y espiando. Cuánto de contemplar a otros actores con profundo acento nacional como Tita Merello, Bárbara Mujica, Carlos Carella o de su admirado Danilo Devizia; cuánto de “Panchi” Ananía... En ellos y en muchas otras cosas fue abrevando para hacer el “puchero” propio con impronta nacional y popular. El resultado es un actor que exuda argentinidad, tan genuino y versátil que puede lucirse en un subgénero intrincado como es el grotesco argentino. Y con la misma dignidad emprender un viaje hacia las nuevas teatralidades, experimentando otros lenguajes como sucede con su actual participación, junto a jóvenes intérpretes en una puesta que, de a ratos, bordea lo performático.   

Con la nueva sala que acaba de erigir en su propia casa, en Goyena 474, Oscar Pérez vuelve a clavar una bandera a contraviento. En un momento en que parecen agonizar muchas cosas en el país, es esperanzador sentir que se puede apostar al hecho artístico albergando la multiplicidad de estéticas, estilos e ideas que un pueblo es capaz de generar en cada tiempo histórico, en su intento por interpretar, recrear y, tal vez, transformar la realidad. 

Ojalá no deje de sonar nunca el cencerro, porque mientras suene habrá también sueños y proyectos que llevar adelante.

Víctor Delgado

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