Rejas que enjaulan la sombra del indómito “Tigre de los llanos”

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Desde la muerte del militar Juan Francisco Borges, ocurrida el primer día del año 1817 en su Santiago del Estero, donde fue fusilado por orden de Manuel Belgrano en cumplimiento de una disposición del Congreso de Tucumán, hasta lo que se conoció como la Batalla del Pozo de Vargas, producida el 9 de abril de 1867 entre las fuerzas federales enviadas por Bartolomé Mitre al mando del santiagueño Manuel Taboada y los riojanos (y otros norteños) reclutados por Felipe Varela, un catamarqueño que lideró el último pronunciamiento de los caudillos del interior contra la hegemonía política de Buenos Aires, transcurrió poco más de medio siglo. Cincuenta años alimentados por una guerra fratricida que enfrentó a sangre y fuego a los argentinos entre sí en el siglo XIX cuando se procuraba darle forma definitiva a nuestro país.

No considero posible siquiera imaginar la cantidad de sangre argentina derramada sobre la tierra que nos vio nacer. Ni aun contando los caídos que registra la historia en los numerosos enfrentamientos armados y ejecuciones “ejemplificadoras”.

Una guerra bárbara, en el sentido salvaje y feroz de la palabra, cuyos principales escenarios estuvieron en la mitad superior del mapa continental argentino, vale decir desde el norte de la provincia de Buenos Aires hacia la región cuyana y desde allí hacia el límite superior de nuestro actual territorio.

Lugares que en muchos casos guardan una referencia que los muestra como sitios de elevada importancia histórica, pero no siempre. Algún pequeño promontorio con un texto, alguna piedra tallada, un busto, una estatua o incluso un complejo escultórico, son algunas de las posibilidades con las que podemos llegar a encontrarnos cuando los visitemos.

En relación con esta situación, hace poco más de un año, a fines de 2017 tuve la oportunidad de viajar hasta Santiago del Estero acompañado por mi esposa, y al transitar la Ruta 9 por el norte de la provincia de Córdoba, nos desviamos unos pocos kilómetros para llegar hasta Barranca Yaco.

El sol abrazador de un mediodía veraniego hacía resaltar un grupo de altas cruces de madera que se elevaban sobre lo que es un árido y despoblado terreno de una zona que alguna vez fue monte agreste con montículos de vegetación atravesados por el camino real del Virreinato del Río de La Plata que unía la ciudad de Córdoba con el Altiplano andino.

Nos acercamos al lugar sin más compañía que el silencio, pensando, quizá, que por ese polvoriento camino había hecho su última pasada el gran caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, antes de ser emboscado y muerto por una partida de sicarios al mando de un capitán de milicianos cordobeses llamado Santos Pérez.

Cuando estuvimos frente al complejo escultórico que recuerda a Facundo y a sus desafortunados acompañantes, también muertos en aquella alevosa trampa, dos árboles autóctonos, como demarcadores de una especie de portal imaginario pero natural, nos invitaban a entrar.

Una suave brisa cálida nos envolvía. Apenas se mecían algunas ramas pequeñas de los árboles y el silencio sólo era interrumpido por el sonido, canto quizá, de algún ave lugareña acostumbrada a desafiar el clima.

Recorrimos el complejo observando en detalle todos los elementos: la cabeza del famoso caudillo esculpida en piedra, los paredones decorativos, las cruces que recuerdan a cada uno de los muertos en la fatal emboscada, y las leyendas en las pilastras con datos de lo que ocurrió aquel caluroso mediodía del 16 de febrero de 1835 cuando se cometió uno de los crímenes que más incidencia tuvo en el desarrollo posterior de la guerra intestina que consumía a nuestro país en enfrentamientos entre Unitarios y Federales: el asesinato de Juan Facundo Quiroga y sus indefensos acompañantes, entre los que estaba un niño.

Refrescar conocimientos a través de dicha lectura nos llevó a pensar y preguntarnos: ¿Hasta dónde puede llegar el orgullo de un hombre que desoyó amenazas mortales e ignoró peligros que hubieran hecho recapacitar hasta al más valiente? La respuesta estaba frente a nosotros, mejor dicho a nuestros pies, porque fue sobre ese suelo polvoriento donde cayó herido fatalmente el caudillo federal. Con un ojo destrozado por un disparo había muerto allí quien solía decir ante cualquier advertencia: “¡No ha nacido todavía el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga!”.

La sangre del caudillo que se mezcló con la tierra cordobesa marcó un sitio para siempre dentro del lugar conocido como: Barranca Yaco, ubicado cerca de la localidad de Sinsacate pero perteneciente al municipio de Sarmiento.

Allí se levantó el momento mencionado y las autoridades de Sinsacate suelen reunirse todos los 16 de febrero en dicho lugar para rendir homenaje a quien luchó para organizar constitucionalmente al país, erigiéndose en una pieza fundamental para la proyección de nuestra patria.

Estar allí, aún muchos años después de aquel trágico suceso, fue para nosotros una experiencia difícil de describir debido a la fuerte carga emocional, porque cuando nuestra historia realmente nos interesa, pisar ese suelo constituye algo muy especial.

Dejamos atrás Barranca Yaco en nuestra ruta hacia Santiago del Estero pero el tema protagonizó nuestra charla por varias horas.

Tiempo después, supimos que sobre el final del verano pasado, en marzo de 2018 se amplió el complejo referido con la colocación de un busto del brigadier Quiroga donado por el Gobierno de la provincia de La Rioja.

La nueva figura que, sumada al pedestal sobre el cual descansa, alcanza una altura de tres metros, fue ubicada en principio más próxima a uno de los laterales pero posteriormente fue centralizada como emblema de todo el monumento.

La esperada presencia de la provincia natal del caudillo se había materializado finalmente con una elogiada escultura destinada a integrar el monumento que honra la memoria de una importante figura caída en tiempos violentos en que se desangraba la Argentina camino hacia su conformación definitiva.

Tiempos donde abundaban los sicarios y el vandalismo estaba a la orden del día como medio de subsistencia de malhechores e incluso motivado por sentimientos de venganza o por simple y cruel divertimento.

Eran otros tiempos. Sin embargo, poco después de ampliado y reacondicionado totalmente el monumento, las autoridades provinciales cordobesas decidieron, hace unos meses, disponer el enrejado de todo el sector por razones de seguridad ante posibles hechos vandálicos.

Es cierto que las rejas pueden llegar a resultar disuasivas pero ofrecen una triste imagen general, dado que más allá de impedir al turista acercarse a tomar testimonios fotográficos y disfrutar de ese contacto con la historia nacional, nos muestra una realidad que se abre ante nuestros ojos como una penosa postal que ya no es patrimonio de los grandes centros urbanos sino que amenaza con extenderse hasta los más recónditos sitios de nuestro bendito país.

Hoy, la figura central que recuerda la memoria de ese valiente luchador por la libertad de los pueblos conocido como: “El tigre de los llanos” está entre rejas, como una última burla del destino que él tantas veces desafió.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez

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