El recuerdo de un invento que aún deambula entre la fe y el escepticismo

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Llueve... Llueve en el suburbio y aquí, sólo en esta pieza, va subiendo a mi cabeza una extraña evocación. Es la pena de estar solo, es la tarde cruel y fría que a mi gris melancolía la convierte en emoción...

Así rezan los primeros versos del célebre tango de Enrique Cadícamo titulado: “Cuando tallan los recuerdos”. Es que las grises tardes lluviosas parecen invitar a muchos a conversar con los recuerdos, tal como escribiera José María Contursi en el tango: “Quiero verte una vez más”. 

Pero más allá de la cuestión espiritual de cada uno, la lluvia suele ser, muchas veces, una bendición. Innumerables temas musicales de distintos géneros hablan de ella. Y en nuestro noroeste agrícola-ganadero sabemos lo que suele esperarse una lluviecita que, caprichosa, a veces no llega y eso genera preocupación. Sin embargo en el vasto territorio continental argentino hay una enorme superficie donde las lluvias son más que escasas y eso puede observarse a simple vista cuando se recorre el país, siendo testigo de la aridez de un paisaje que también nos pertenece.

Allí los verdes se pierden en los arenales que el viento, al peinar con su paso el suelo duro, levanta como una cortina terrosa que enturbia la imagen.

¿Cómo se vive sin lluvias? ¡Vaya pregunta! Una pregunta que me disparó un recuerdo de un reconocido personaje muy ligado a la posibilidad de hacer llover: Juan Baigorri.

Nacido en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, en 1891, estudió en Buenos Aires y se graduó como ingeniero, especializándose luego en geofísica en la Universidad de Milán.

Retornó al país a fines de los años ’20 y para 1938 anunció públicamente que contaba con una máquina con la que podía hacer llover en cualquier parte.

Dicen que lo que había creado Baigorri era un aparato para medir el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticas de la tierra, pero luego descubrió que su máquina, cargada con reactivos químicos y conectada a una batería, era capaz de generar que se produjeran lluvias en donde estaba funcionando.

La incredulidad fue mayúscula y las bromas estuvieron a la orden del día, pero el ingeniero insistió y probó la máquina sobre un reseco campo en Santiago del Estero, donde volvió a llover luego de más de un año de seca. ¿Casualidad? Nunca lo sabremos.

El éxito lo llevó a ser convocado por el gobernador santiagueño para que llevara su máquina a un campo de propiedad del mandatario ubicado en una zona donde no llovía desde hacía tres años. Baigorri fue… ¡Y llovió!

Pero entonces las noticias no corrían como ahora por lo que necesitaba mostrar su invento en Buenos Aires. Así fue que en un desafío público a través del diario Crítica, Baigorri aceptó el reto del Director Nacional del Servicio de Meteorología, que lo invitaba a que hiciera llover sobre la capital argentina a comienzo del año 1939, y expuso que llovería entre el 2 y 3 de enero del nuevo año.

Todo Buenos Aires pasó el primero de año mirando hacia el límpido cielo y empezando a dudar cada vez más, aunque los crédulos no terminaban de desanimarse porque en la tarde del día 2 habían aparecido algunas pequeñas nubes sobre el firmamento. Pero de ahí a que lloviera, había una distancia casi sideral. Sin embargo, el cielo fue cubriéndose poco a poco y apareció una tormenta eléctrica con una copiosa lluvia.

El diario Crítica, involucrado en el desafío, dio cuenta de la victoria de Baigorri con un título catástrofe a cuatro columnas junto a una fotografía del ya famoso ingeniero en primera plana que decía: “Como lo pronosticó Baigorri, hoy llovió”.

Naturalmente que la fama del entrerriano creció de manera exponencial y traspasó nuestras fronteras, siendo requerido por medios de distintas partes del mundo. Pero la pregunta seguía flotando en el aire: ¿Era verdad que la lluvia se producía por acción de la máquina de Baigorri? Para tratarse de una serie de simples coincidencias parecía demasiado. Todas las veces que había dicho que haría llover, la lluvia había aparecido sin importar el largo período de ausencia. ¿O acaso Baigorri sabía de antemano que llovería? Y de ser esto cierto, ¿Cómo podía tener mejor información que el Servicio Nacional de Meteorología? Es cierto que a veces se puede anticipar la lluvia. Cuando mi abuela Catalina se levantaba con dolor en sus callos, decía que iba a llover y unas pocas horas después… llovía. Y no era ingeniera. Ni siquiera tenía estudios primarios. Pero no erraba pronóstico en esos casos. Lo mismo don Paco, abuelo de mi mejor amigo, quien decía: “Viento norte, Sur oscuro… aguacero seguro.” Y puedo asegurarles que llovía.

En cambio Baigorri anticipó que haría llover sobre tierra santiagueña cuando se encontraba a mil kilómetros de allí, por lo que se trasladó al lugar elegido, puso en funcionamiento su máquina y llovió.

Obviamente no conocí a Baigorri. De hecho él murió cuando yo cursaba cuarto grado en la Escuela Sarmiento de nuestra ciudad, pero oí mucho sobre él, incluso recuerdo haber leído historietas afines al tema.

Como he contado en otras notas publicadas en este mismo espacio, mi facultad de letras fue el kiosco de diarios y revistas de mi abuelo “Pepín” García que estaba en la esquina de Güemes y Estrada. Allí pasaba horas leyendo El Gráfico, Goles, Patoruzú, Capicúa, Cariseca, Piantadino, Afanancio, Patoruzito, El Tony, D’artagnan y tantas otras.

Cuentan que muchos años antes, desde la revista “Aquí está!” y a través de la tira: “El conventillo de Don Nicola” (que luego tendría revista propia) se lanzó un desafío por intermedio de los personajes de dicha tira, los profesores Turbina y Lamparita, quienes aseguraban haber inventado la verdadera máquina para hacer llover e invitaban a los lectores a que escribieran cuál sería el día elegido por los sabios para desatar la lluvia. El concurso fue lanzado en febrero de 1939, tiempo en el que Baigorri llevó su máquina a Carhué donde la sequía ya era insoportable y la lluvia volvió a caer. Obviamente era un juego con respuesta incierta que se confirmaría el día en que realmente volviera a llover sobre la Capital Federal. Aún así se recibieron cerca de cuarenta mil cartas de los lectores lo que constituyó todo un éxito publicitario.

En cuanto a lo que sí pude ver en historieta, debo referirme a un número de la revista Andanzas de Patoruzú que aún conservo, aparecida en octubre de 1971 con el título: “La máquina de la lluvia”, y reeditada en agosto de 2008 con el título: “La máquina de llover”, en la que se hace referencia al famoso invento y es el acaudalado indio patagónico quien termina financiando el proyecto. Una linda historieta que refleja lo vivido a partir de finales de los años ’30.

En los años siguientes, la máquina pareció perder eficacia, pero en 1952, reclamado por San Juan, Baigorri accionó la misma en Caucete y la lluvia cayó luego de varios años de cruel sequía. También el suelo cordobés se vio beneficiado del empleado de ese invento.

Aun así muchos no creyeron en su máquina y el tiempo pareció tragárselo. Reapareció en televisión en los ’60 pero no fue tomado en serio.

En 1972 falleció en soledad en un centro asistencial porteño y durante el sepelio, una lluvia acompañó la despedida de sus restos mortales. De su máquina (su nieto afirma que eran dos) nada se supo a ciencia cierta pese a que hay versiones diferentes aunque todas concluyen en que terminó siendo chatarra al no poder descifrarse el funcionamiento. El ingeniero se llevó el secreto a la tumba y el misterio transitó entre su propia expansión y el olvido, pero Biagorri no solo existió sino que alcanzó un elevado escalón en la fama, y hubo quienes aseguraron que muchas veces hizo llover aun en las zonas más áridas. ¿Mito o realidad? Quizá nunca lo sepamos, pero por lo pronto disfrutemos de una linda jornada sin lluvia.

¡Feliz domingo para todos!

Roberto F. Rodríguez

 

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