El orgullo de haber nacido en Pehuajó, tierra de grandes figuras

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Innumerables veces todo ser humano que se aleja de su terruño, aún temporalmente, suele encontrarse frente a una remanida pregunta: “¿De dónde sos?” Y la consecuente y orgullosa respuesta, en nuestro caso, es: “¡De Pehuajó!”, lo que trae por añadidura una punzante aseveración: “¡Ah, de los pagos de Manuelita!”. Y es precisamente en ese instante en que a todo pehuajense le gustaría ampliar diciendo: “Sí, y también del Comodoro Pedro Zanni, gloria de la aviación mundial; del Teniente de Fragata Esteban Zanni, primer mártir de nuestra aviación naval; de Osmar Maderna, uno de los más célebres músicos argentinos; de Carlos Torrallardona, artista plástico reconocido mundialmente; de grandes deportistas como el atleta Pedro Eduardo Bassart, que llegó a ser en su tiempo el mejor velocista del país, lo que equivale a decir el argentino más rápido; los futbolistas Osvaldo Carrica y Franco Cangele, ganadores de la Copa Libertadores de América y la Copa Intercontinental; el polista Andrés Gazzotti, campeón olímpico en Berlín; el futbolista Fernando Paternoster, medalla de plata en las Olimpíadas de Ámsterdam y subcampeón en el mundial de Uruguay, en ambos casos con la selección argentina; el tenista Franco Davín, vencedor de enormes campeones y luego destacado técnico de grandes figuras con los que obtuvo torneos de repercusión mundial; de Fernando Belasteguín, con más de una década en lo más alto del pádel mundial y una colección de títulos máximos, y de tantos otros, como aquellos que representaron a nuestro país en competencias mundiales, tales los casos de Roger Guado en tiro, Agustín Santos en volovelismo, Gustavo Mahía en ajedrez. Sí, Pehuajó es pago de Jorge Farabollini, una reconocida figura de la categoría más popular del automovilismo argentino: el Turismo de Carretera.”

Seguramente, ésa sería una de las respuestas que deberíamos dar con el pecho inflado de orgullo, pero nunca lo hacemos y sólo atinamos a responder afirmativamente sobre el origen del famoso quelonio que nos identifica en el mundo. Somos Pehuajó, cuna de Manuelita. Y eso ya no tiene arreglo, porque la trascendencia que nos dio la canción de María Elena Walsh superó todos los pronósticos atravesando aun las fronteras más alejadas.

Traducida a los más diversos idiomas, la canción infantil “Manuelita, la tortuga”, se instaló para siempre hasta en los más recónditos sitios del planeta y con ella, el nombre de Pehuajó.

Sobre el origen de Manuelita suelen escucharse distintas historias aunque su autora reconoció alguna vez que sólo se inspiró en una pequeña tortuga que tenía su amiga Susana Rinaldi para crear una canción infantil que narra una historia de amor con un tortugo que nunca nombra pero que asegura que también estaba en Pehuajó en aquellos años ‘60. Una historia que ha experimentado cambios importantes con el correr del tiempo.

En los años ‘90, se conoció una canción de Tomás Nelson, integrante del trío “Los Musiqueros” junto a Teresa Usandivaras y Julio Calvo, llamada “Manuelito” y dedicada enteramente al tortugo que quedó esperando en Pehuajó el regreso de Manuelita. Una canción cuya letra expresa la pena del protagonista por la prolongada ausencia del ser querido, y la esperanza en el ansiado retorno a pesar de los malos comentarios de otras tortugas que –dicho sea de paso– nunca faltan en estas ocasiones.

Finalmente, conforme siempre a esa letra, Manuelita regresa y se queda en Pehuajó con su pareja que tanto la esperó.

Parecía un final clásico para la historia, pero María Elena Walsh, sobre finales de los ’90, decidió llevar a Manuelita de la canción al cuento y nombró Manolo al tortugo, aunque con mucho menos paciencia que como lo describiera Nelson.

En esta nueva vuelta de la famosa historia, Manolo ya es una expareja de la protagonista, la que al parecer tardó demasiado en regresar a su tierra. Así puede leerse en el cuento: “La visita” que forma parte de los 21 relatos del libro: “Manuelita ¿Dónde vas?” que ha sido reeditado varias veces y donde a través de esa veintena de pequeñas obras se narran distintas aventuras vividas por la andariega pehuajense en su periplo por el mundo, incluido su regreso a la ciudad que la vio nacer.

Manolo, para entonces dueño y locutor de la lugareña FM Quelonio, recibe a la recién llegada en entrevista exclusiva, quien a través de los micrófonos de la emisora cuenta a la nutrida audiencia local lo vivido en sus viajes. El cuento encuentra a Manolo, ya reconocido ex de Manuelita, con una nueva esposa, en este caso la tercera, y muchos hijos. Nada para sorprenderse, máxime si se tiene en cuenta que esa especie llega a vivir varios siglos. Y tras la entrevista despide a la viajera esperando que retorne en otra ocasión con nuevas historias para entretener a los vecinos. Y Manuelita vuelve a partir. Está claro que esta Manuelita es muy distinta a la de la canción original. ¿Transformación francesa quizá? No lo sé.

Después llegó la versión cinematográfica de Horacio García Ferré y la historia saltó a la pantalla grande, adquiriendo una impresionante difusión. Allí, Manuelita, de regreso definitivo a Pehuajó, termina contrayendo matrimonio con un simpático tortugo llamado: Bartolito. ¿Manuelito y Bartolito son el mismo animal? Aparentemente, con diferentes nombres, ambos interpretan en esa vida el mismo personaje: el quelonio enamorado de la tortuga viajera, pero con finales absolutamente diferentes, porque mientras Bartolito sufre esperando y soporta las bromas de los vagos del barrio, Manuelito, mientras espera, enamora a las damas de su especie desde los micrófonos de la radio y atraviesa tres matrimonios en ese segmento de su existencia. Está claro que Bartolito persevera, levanta un altar de fe y logra el sentimental objetivo que da motivo a su vida: casarse con Manuelita. El otro, quizá también consigue su propósito. Después de todo no es culpa suya haber nacido con tan poca paciencia, y ¡A rey muerto, rey puesto! Tal vez esa haya sido su filosofía aunque Manuelita no estaba muerta, aunque tal vez, como dice una conocida y pegadiza canción, andaba de parranda, pero eso no está comprobado. Igualmente, Manolito dijo basta e inició otro segmento amoroso en su vida. 

Posiblemente ésta haya sido la manera que encontró María Elena para restarle predicamento al personaje masculino de la historia y realzar a la protagonista principal que, al parecer, no muestra demasiado afecto para con nuestro querido Pehuajó ni la más mínima intención de permanecer aquí porque se aburre, poniendo de manifiesto la necesidad de dar rienda suelta a su inquieto espíritu e ir en busca de nuevas aventuras.

Conclusión: si Manuelita se aburre en Pehuajó es, decididamente, porque es una tortuga aburrida y en eso Pehuajó no tiene la culpa. Y de acuerdo al cuento, no sería precisamente una embajadora nuestra sino alguien que reniega de su origen y eso, a mí particularmente, no me agrada en lo más mínimo como para tenerla como nuestra representante.

Por eso cuando me dicen que soy de los pagos de Manuelita, asiento levemente. Total ¿quién no conoce una Manuelita en Pehuajó? Pero con la tortuga no deseo tener vinculación alguna.

A veces pienso que algún día volverá sola, fané y descangayada como dice el tango, buscando un asilo donde terminar sus días, y un viejo Manolo dirá: “Fiera venganza la del tiempo que te hace ver desecho lo que uno amó”. Y tal vez sea un adecuado final para la historia, aunque no sea María Elena, quien ya no está en este mundo terrenal, la encargada de poner el pintoresco broche sino la vida misma.

¡Feliz domingo para todos!

Roberto F. Rodríguez

 

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