El incandescente volcán sanjuanino

No soy “sarmientino”, si se permite el término, es decir que no profeso por la recordada figura de don Domingo Faustino Sarmiento mucho más que el debido respeto que me inculcaron desde mi niñez hacia quien me presentaron como: “El padre del aula”. Sin embargo, no dejo de reconocer su calidad de escritor que, para mi agrado personal, es de los mejores que ha dado Latinoamérica, al menos entre todos cuantos he tenido oportunidad de leer. Como tampoco puedo soslayar sus ideas progresistas para la Argentina que soñó como el gran país del cono sur continental.

Como “padre del aula”, tal como ha quedado expresado, me lo presentaron integrando un trío de próceres incluidos en el calendario escolar, junto a don Manuel Belgrano, hombre que nos legó nuestra enseña patria, aun siendo un reconocido periodista y abogado devenido en conductor militar por las circunstancias de la vida; y don José de San Martín, militar correntino formado en España, y erigido en el máximo prócer de nuestra independencia. Un podio de figuras que, como escribí alguna vez desde este acostumbrado espacio de domingo, no estaría mal revisar. Y es el recuerdo de ese artículo y de otros sobre similar temática que he publicado, lo que me lleva a pensar que, aunque no coincida con Sarmiento en muchos aspectos, para esta fecha de septiembre, siempre termino evocando respetuosamente su figura. 

Y hoy no es precisamente una excepción, pero no voy a referirme a su persona sino al monumento que honra su memoria y que se levanta sobre el boulevard que lleva su nombre.

Como se recordará, sobre el boulevard de Avenida Lavardén, frente al edificio de la Estación del Ferrocarril, iba a erigirse un monumento dedicado a las madres, conforme a resolución del Honorable Concejo Deliberante de nuestra ciudad que, con fecha 6 de agosto de 1959, resolvió acceder al pedido que, la Liga de Madres de Familia de Pehuajó, había elevado con tal propósito.

No obstante, con fecha 7 de septiembre de 1961 se derogó la ordenanza primaria, debido a que fue elegido un nuevo lugar para su emplazamiento de dicha obra: la plaza principal “Dr. Dardo Rocha”.

Esta nueva decisión posibilitó que un grupo de pehuajenses, nucleados en una comisión denominada “Sarmientina”, y bajo el amparo del hecho que ese año se celebraba el sesquicentenario del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, solicitaron al H.C.D. que se impusiera el nombre del ilustre sanjuanino al boulevard mencionado en toda su extensión, y se erigiera un busto conmemorativo en memoria del reconocido estadista, el cual podría ocupar el lugar donde iba a ser originalmente ubicado el monumento a la madre.

La petición tuvo resolución favorable por lo que dicho boulevard pasó a denominarse: “Domingo Faustino Sarmiento”, y se accedió al emplazamiento del busto que, sería realizado por el escultor platense Martínez Pinto.

En menos de un año el trabajo quedó realizado y aunque se especulaba que las autoridades habrían de coincidir en que la mejor fecha para su inauguración sería durante la próxima celebración del “Día del Maestro”, es decir: para el 11 de septiembre de 1962, se terminó decidiendo que el busto fuera descubierto el día 3 de julio de ese mismo año, dentro del marco de los festejos oficiales por el 79º aniversario de la fundación de nuestra querida ciudad.

Todo quedó previsto para cumplir con el programa correspondiente, pero con la primera claridad de aquel aniversario, los pehuajenses se encontraron ante una muy desagradable sorpresa: el flamante busto levantado en memoria del tenaz luchador sanjuanino había sido objeto de un cobarde atentado al recibir el impacto de una bomba de alquitrán que dejó una horrible mancha oscura sobre el lado izquierdo del pecho de la figura, como si el propósito hubiera sido llegar al corazón del insigne educador. 

Los actos previstos se celebraron conforme al protocolo establecido y las autoridades policiales tomaron intervención para investigar el caso.

No sólo la comunidad educativa, sino la población pehuajense toda  se sintió agraviada y al día siguiente se pudo comprobar los efectos de una reacción espontánea que nació de muchos estudiantes locales. El resultado fue una convocatoria en el Teatro Español que recibió a una importante cantidad de vecinos, donde se puso de manifiesto el repudio público al atentado de referencias.

Sin embargo, no sería el único. Cuando aquel penoso suceso seguía muy fresco en la memoria colectiva lugareña, una nueva agresión sobre el busto volvió a golpear los corazones de los pehuajenses que se aprestaban a rendir el correspondiente homenaje al ilustre sanjuanino en la jornada del 11 de septiembre de aquel mismo año. Poco más de dos meses habían pasado desde el primer ataque cuando otra bomba de alquitrán fue arrojada contra el busto bajo el amparo sombrío de la noche, aunque, en este ocasión, la puntería no fue la misma. La bomba no hizo impacto directo en la escultura sino que rozó el hombro de la rígida figura, dejando allí una mancha de una relativamente pequeña dimensión, y siguió su trayectoria hasta dar de lleno contra un automóvil estacionado muy cerca.

Volvieron a levantarse voces en repudio y muchas conjeturas estuvieron a la orden del día en relación a la búsqueda de la identificación de los responsables de cada uno de los hechos mencionados.

Mientras tanto, la vida seguía su curso. Nada justificaba los cobardes atentados. Ni siquiera el supuesto rechazo a la figura de Sarmiento que podría llegar a tener una o varias personas. Nada. Sin embargo, los atentados existieron y en un término que no superaba los tres meses entre uno y otro. Hechos decididamente vandálicos que muchos pehuajenses desconocen y que hoy he pretendido recordar, quizá como un penoso jalón de nuestra historia pueblerina.

Desde entonces, el tiempo fue amontonando días que se fueron con los años de más de medio siglo transcurrido y, como no hace mucho escribí en uno de mis libros, el busto que honra la memoria del progresista presidente argentino, sigue enhiesto como si la firmeza del sanjuanino lo mantuviera en pie soportando el paso del tiempo y sus circunstancias. Y desde aquel invierno de 1962 continúa siendo un punto obligado donde nuestra comunidad se reúne anualmente para rendirle honores, más allá de virtudes y defectos, de aciertos y errores que tuvo en su vida, sino por haber consagrado la misma a procurar la grandeza de nuestro bendito país.

Por eso, al cumplirse el martes próximo, el centésimo cuadragésimo aniversario de su paso a la inmortalidad, entiendo que resultaría un buen momento, no sólo para recordarlo sino para reconocerlo también como pensador y, muy especialmente, como luchador incansable, habida cuenta que fue un provinciano en tiempos en que provincias como San Juan, su provincia natal, parecían mucho más alejadas de una ciudad de Buenos Aires que pretendía regir eternamente los destino del país. Y en ese contexto, marcado por la guerra independentista al principio, y las fratricidas luchas intestinas después, creció Sarmiento. Y fue desde su humilde hogar desde donde se proyectó capeando necesidades económicas y contando como mayor recurso una formación educativa que distó mucho de los programas formales establecidos, pero que le sirvió para crecer y alcanzar la primera magistratura de la República, hecho que, sin lugar a dudas, ha sido posible por el fuego sagrado que lo impulsaba a avanzar sin descanso y que, independientemente de toda gestión de gobierno realizada, debe ser reconocido como ejemplo de perseverancia en una lucha que solo encontró su fin en tierras paraguayas el 11 de septiembre de 1888.

¡Felíz domingo!

Roberto F. Rodríguez.

 

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