Cuestiones fonéticas derivadas en interpretaciones equívocas

La tarde caía sobre Pehuajó cuando acerté pasar por una calle relativamente distante de los sectores más poblados, y observé unos chicos jugando un partido de fútbol con arcos improvisados con prendas de vestir apiladas en el piso. Me llamó la atención una jugada cuando uno remató hacia el arco, la pelota pasó casi sobre el buzo que oficiaba de palo, y el pibe explotó en una expresión de Gol con toda su fuerza. Pero ocurrió que el arquero gritó: ¡No vale! Y agregó por lo bajo: “Como el Pipirospón”. Al menos así puedo identificar lo que escuché en su alocución reclamatoria. Tardé unos segundos en reaccionar. Mi cerebro hizo rápido recorrido por el fichaje de apellidos futbolísticos almacenados en sus celdas, pero no halló nombre similar asociado al balompié. Entonces caí en la cuenta que lo que el pibe había dicho tenía relación directa con lo que él había entendido de una conocida serie de publicidades de un famoso shampoo. Mejor lo voy a castellanizar y lo mencionaré como champú, dado que el vocablo anterior puede llevarnos a confusiones, puesto que sabemos que shampoo es una denominación que ha trascendido fronteras más allá de la referencia al líquido empleado para lavar el cabello.

Shampoo fue un famoso dúo musical formado por las jóvenes Jacqui Blake y Carrie Askew, quienes se conocieron en un instituto educativo del barrio londinense de Plumstead y decidieron armar el grupo de música pop en 1993, el cual llegó a lanzar, un año después, su primer y único hit llamado “Trouble”. Lo digo como si todo el mundo lo recordara pero en realidad ni yo me acordaba del tema, aun cuando se trató de un supuesto éxito. De hecho lo busqué en youtube y encontré el video clip. En fin, si tienen algo mejor que hacer, quizá no sea necesario invertir tiempo en buscarlo, aunque cada uno es libre de hacer lo que crea conveniente. Pero después no digan que yo no les avisé.

Distinto es si nos referimos a Shampoo como título del film de los años ’70, protagonizado nada menos que por Warren BeattyJulie Christie, y Goldie Hawn, entre otras figuras. Una película ambientada a partir de 1968 y que recorre desde la llegada de Richard Nixon al poder hasta su salida tras el estallido del denominado “Watergate”. Todo desde la particular mirada de un tercero que es, en este caso, un peluquero de Beverly Hill.

Bueno, tampoco tiene que ver con ese Shampoo. Por eso, insisto, diré champú. Y la publicidad a la que me refiero tiene relación con un producto del ramo, catalogado como muy efectivo en la lucha contra la caspa, dificultad que afecta a millones de personas, tanto varones como mujeres, en todo el planeta, quienes lo padecen no solo como un problema de salud sino también como una cuestión estética que, sin dudas, salta a la vista.

No voy a meterme en terreno científico, porque no tengo autoridad para ello, y solo me referiré a la caspa como lo que dije anteriormente: un problema. Pero un problema que trae, por simple añadidura, otros inconvenientes como la presencia de complejos, timidez, incluso una baja autoestima. En consecuencia estamos ante algo realmente serio.

Reconocer el problema es el primer paso hacia el encuentro con la solución, pero muchas veces el error está en el segundo paso cuando, una vez reconocido el problema, el afectado no se encamina hacia el sitio correcto sino que va hacia los consejos publicitarios que, naturalmente, no siempre suelen ser la solución. Entonces prueba y prueba con resultados diversos, viendo como sus esperanzas e ilusiones se desvanecen mientras la caspa no decrece y lo único que merma es el contenido de sus bolsillos. Pero insiste, porque cree que en algún momento va a dar con la solución. Y ahí es donde muchas veces se equivoca. Como aquel que se empecina con un número en la ruleta y cubre el paño de ese número con fichas una y otra vez, viendo como son retiradas por el croupier junto a sus esperanzas.

Pero ¿qué es lo que produce caspa? Alguna vez le pregunté a un conocido profesional y me respondió con rigor científico lo siguiente: “es un fenómeno que  se produce por la reacción descontrolada de un microscópico hongo llamado Malassezia, que habita el cuero cabelludo”.

¿Qué reacción? Pregunté. Y me dijo: “es cuando se vuelve loco”.

¿Eeeehhh? Dije asombrado.

“Sí”, reiteró: “cuando se multiplica más allá de las proyecciones normales y actúa como si estuviera loco”.

No pregunté más. Ahora resulta que no solo tenemos locura bajo el cráneo sino también nuestra superficie cubierta de cuero cabelludo está habitada por diminutos seres vivos, microscópicos, propensos a cometer acciones o actos que hagan presumir que poseen una seria alteración mental, de cada uno de ellos, obviamente. Y esto sí parece una locura. El cerebro humano poblado de fantasmas que habitan el subconsciente y la cabeza pisoteada por millones de enanos bajitos que pueden caer en trastornos mentales.

¿Ósmosis? Podría ser. Es decir una especie de difusión entre dos elementos capaces de mezclarse a través de un tabique, pasando desde donde hay más hacia donde hay menos. Ejemplo: Yo estoy loco y mi locura excede mi cerebro, atraviesa el cráneo y enloquece a los malditos microbios que habitan el bosque de mí canosa cabellera. O puede ser que esos repulsivos microorganismos entren en un insano transe mental y terminen pasando su locura a mi pobre cerebro a través del mismo tabique. No sé, pero sería una buena excusa, ¿no creen?

Lo cierto es que esos sujetos, también conocidos como hongos, no tienen una forma definitiva sino que van mutando entre oval y redondeada. Aclaro que no hace mucho, en la segunda mitad de los años ’80, determinados estudios micológicos y genéticos lograron establecer que, efectivamente, la morfología de este hongo resulta muy inestable, quizá como su estado nervioso.

Y es en este punto donde voy a retornar al comienzo del artículo, más precisamente a aquel reclamo del pibe que expresó: ¡No vale!, como el Pipirospón.

El hecho es que los científicos llamaron al hongo mencionado como Pytirosporum. Nunca supe desde donde sacan esos nombres. Es cierto que hace muchos años se bautizaba a los niños con los nombres del santoral correspondiente a su fecha de nacimiento y que Dios los proteja. Gumersindo, Ciriaco, Pancracio, etc., son nombres que nos remontan a esa época, al igual que muchos otros, tanto en damas como en caballeros.

Pero ¿Por qué Pityrospurum? Si uno lo busca en el diccionario, encontrará que lo define como una especie de levadura que causa dermatitis seborreica. Es decir que encima de ser hongos están engordados con levadura. Me imagino lo que debe ser un cuero cabelludo habitado, por un lado, por esos gordos enanos, a los que una vieja publicidad de dibujos animados los presentaba como muy desagradables, con marcada expresión de malicia, dientes angulosos y garras filosas raspando lo que, al parecer, era un cuero cabelludo, para generar una picazón terrible. Y por el otro lado, los famosos: pediculus humanus capitis, o sea: los piojos de la cabeza.

No conozco caso alguno pero no me imagino la mejor convivencia sino un exterminio por parte de los gordos patoteros de la caspa. En fin, es solo mi imaginación.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con aquel reclamo del arquero? Es que para ese pibe, el pipirospón (en realidad el Pityrosporum) no vale. ¿Cómo es eso de que no vale? Porque es lo que interpretó de la publicidad aludida, cuando rápidamente, la voz en off menciona al hongo referido, al que los científicos, y conforme a la forma oval de dicho hongo, lo han denominado como: Pityrosporun Ovale. Y ahí está la cuestión fonética dentro de una oratoria rápida en la que, al parecen y debido a la alargada pronunciación, la n final de la primera palabra se une con la o inicial de la segunda.

Por eso, en vísperas del día del locutor, no solo quiero felicitar a quienes cumplen esa hermosa tarea con significativa dignidad y eficacia, sino recordarles que de una adecuada pronunciación depende la aparición o no de ciertos equívocos.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez

 

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