Como saetas al viento veloz

Aclaro que la presente no es del tipo de nota que habitualmente escribo para este espacio dominguero y pido disculpas por anticipado si no cubro las expectativas de los habituales lectores ni colmo sus esperanzas de divertirse como en otras ocasiones, aunque me doy por cumplido con, al menos, entretenerlos unos minutos.
No obstante, creo que el tema tiene sus razones a partir de un hecho actual que trajo el recuerdo de episodios olvidados de nuestra historia lugareña y bonaerense, aunque, para muchos, no hayan sido de gran trascendencia.
La noticia tuvo lugar hace apenas una semana, cuando se frustró una gran fiesta preparada en Daireaux, donde se habían programado distintas carreras de galgos y un plato fuerte constituido por una competencia entre Glorioso, un hermoso y veloz caballo conocido como “el Huracán de Quemú Quemú”, y Ciro Black, un galgo de la localidad de General Deheza, llamado “el Viento Blanco”.
La decisión judicial que impidió la realización de tan mentado festival afectó más de lo esperado, porque, desde el día anterior, ya no quedaban reservas disponibles en hoteles de dicha ciudad ni en otras vecinas, debido al arribo de huéspedes desde diferentes lugares del país y países limítrofes.
Lo cierto es que ese tipo de competencias, a veces denominadas “carreras desiguales”, llaman mucho la atención y, obviamente, no son nuevas.
Pehuajó ha sido testigo de una carrera de un auto de turismo de carretera contra un famoso caballo y, también, de otras por el estilo. Y en todos los casos hubo una gran presencia de público.
Pero, quizás, uno de los casos más recordados ocurrió a principio de los 70, en Ayacucho, porque allí hubo varias carreras desiguales dentro de un diversificado programa, donde participaron un atleta, un piloto de TC y su máquina, dos veloces equinos, una moto de competición y tres galgos.
La gente se contaba de a miles y, aunque las apuestas estaban prohibidas y las autoridades policiales lo habían hecho saber mediante un comunicado que se reiteraba constantemente por los altoparlantes, era también mucho el dinero que corría por bajo cuerda.
¿Quiénes fueron los protagonistas?
El primero en correr fue el lateral izquierdo de la selección de la Liga de Ayacucho y jugador del Club Independiente de dicha ciudad, José Fiorentino, recordado por sus proyecciones ofensivas a toda velocidad, haciendo un surco por el lado izquierdo de la cancha y dejando rivales parados como estaciones chicas ante el paso del rápido de aquellos años. Obviamente que Fiorentino, además de fútbol, practicaba atletismo en su rol de velocista y en él fueron depositadas muchas esperanzas cuando debió enfrentar a la famosa yegua denominada “la Gringa” en una prueba estipulada en 200 metros.
Teniendo en cuenta tal distancia, la gran favorita era “la Gringa”, aunque no eran pocos, especialmente los volantes y marcadores rivales que habían tenido que enfrentarlo alguna vez, los que le ponían fichas a José.
Cuando bajaron la bandera y la prueba se puso en marcha, quienes no lo conocían se quedaron boquiabiertos al ver el impresionante pique del jugador, que le sacó ventaja al animal. El griterío se hizo infernal, con aliento para ambos competidores, pero la mayoría esperaba que Fiorentino aflojara. No fue así. Al menos, no tanto como esperaban y, a muy pocos metros de la línea de llegada, la yegua se le puso casi a la par, pero el atleta realizó un último y mayúsculo esfuerzo y llegó primero por muy escasos margen. Un delirio total.
El festejos de los que acertaron su pronóstico, las quejas de los disconformes y todo lo que rodeó a aquella victoria increíble dejaron mucho tema para el comentario en una soleada tarde veraniega que demandó un elevado consumo de bebidas.
Llegó el turno de la segunda competencia y fue hacia la línea de largada el famoso perro galgo “Brando” (como Marlon, pero con menos remuneración), procedente de los Estados Unidos y propiedad de don Osmar Lobato. ¿Su rival? Un Torino conducido por Oscar Mauricio Franco, famoso piloto en la historia del TC por ganar, en 1969, la Vuelta de Chivilcoy, con un promedio record de 227,181 km./h, que constituyó el mejor registro logrado en la categoría durante el Siglo XX.
Entonces, decir "Franco" era decir récord y decir "Torino" era referirse al auto del momento.
Sin embargo, la carrera era sobre una distancia corta, inferior a los 100 metros, y la gente decía que el auto no tenía el pique suficiente, pero que podría darle alcance e incluso superar al perro.
Las expectativas eran enormes y, cuando llegó la orden de largada, el galgo salió disparado como un viento, sacando notables ventajas al Torino. Franco lo puso a fondo y descontó muchos metros, pero no los suficientes y Brando se llevó la victoria.
La tercera carrera fue diferente. El galgo Dorileo, también arribado desde el país del Norte, enfrentó al reconocido motocilista Adolfo Juárez, quien lo hizo en su máquina de competición. No fue carrera. El galgo ganó por casi 40 metros de ventaja.
Festejos, nuevas quejas y otras enormes expectativas para el plato fuerte del programa. Para entonces, la cantina había vendido más de 1.000 botellas de cerveza y casi 1.000 gaseosas.
Cuando los protagonistas aparecieron en escena, el griterío fue infernal y dividido. Por un lado, estaba el famoso potro llamado “Miralejo”, ganador de numerosas pruebas en la región y chapa de favorito, y, por el otro lado, un imponente perro galgo llamado “Brandy”, invicto en 23 competencias. Un bellísimo animal.
La carrera fue impresionante. Cuando largaron, el caballo partió como si se jugara la carrera de su vida y el galgo, bajando su cuerpo para agarrar un mayor efecto suelo tipo fórmula uno, picó como un rayo. El potro a todo galope y el perro casi en el aire eran la imagen de una carrera inolvidable. La adrenalina llegó a su punto máximo y los corazones de los concurrentes parecían estar a punto de estallar. Y ahí seguían a toda velocidad sin que nadie se sintiera seguro de un resultado. Finalmente, el perro se impuso por pocos metros.
Una fiesta inolvidable que solía repetirse, con otros protagonistas, en diversos puntos del país.
Los pehuajenses ya habían conocido ese tipo de competencias a través de la coupé Ford conocida como “Ciudad de Pehuajó”, que perteneciera a Jorge Eduardo Farabollini. Como se recordará, dicha máquina, tras el fallecimiento de "el Gringo", en 1962, estuvo un tiempo fuera de las competencias y regresó a las rutas conducida por Manuel Armella, primero, y por Osvaldo Tosti, después. En este último período y con éste último piloto, participó de una jornada en el predio de la Sociedad Rural de Henderson, compitiendo frente al motociclista Titi Brion en la distancia de 250 metros, en un programa que incluyó una carrera entre la famosa yegua “Virreina” frente a la Rural Ramblert del señor Emilio H. Brion.
Pero en lo concerniente a la competencia entre el TC y un caballo, se dio en la pista del Club Hípico Pehuajó cuando, en 1965, corrieron el inolvidable “Ciudad de Pehuajó”, conducido por Raúl Atún, frente al caballo “Guitarrero”, propiedad del señor Lazo y montado por el jockey Juan Carlos Ledesma. La carrera se estipuló sobre 185 metros y, ante un nutrido marco de público, el caballo picó en punta, sacando amplias ventajas que la máquina que fuera de Farabollini logró descontar, superando al animal a muy pocos metros de la llegada.
También el famoso atleta local Perico Bassart (récord argentino en 100 metros) corrió contra un caballo en la Sociedad Rural y, así, podríamos seguir con lo mucho que queda por contar, pero nos extenderíamos demasiado.
Lo que queda claro, entonces, es que de este tipo de competencias particulares existen muchas combinaciones de protagonistas entre perros, caballos, autos, motos y hombres, pero todas llevan miles de personas, tal como se esperaba en aquella que no fue.
Por eso, fueron muchos los que lamentaron tal suspensión, en especial porque gran parte de lo recaudado estaba destinado a instituciones de bien público de la ciudad, pero la justicia, en medida conocida la noche previa a la carrera, notificó que había hecho lugar a un pedido de una entidad protectora de animales y todo quedó en un recuerdo junto con los kilos y kilos de chorizos y demás mercaderías que habían comprado las entidades que tenían a su cargo las cantinas.
Galgo y caballo regresaron para sus pagos, sin pena ni gloria, mientras sus dueños ya piensan en otra carrera a corto plazo.
Sin ganadores ni perdedores –dijeron–, aunque, en este último caso, sí hubo varios, especialmente las instituciones de bien público.
¡Feliz domingo!
Roberto F. Rodríguez.

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