Benditos actos escolares de aquellos tiempos

La cuestión era la siguiente: ¿Asomaba el sol del 25 o ese día amaneció lloviendo?

Está claro que no se trata de una duda existencial cuya verdad oculta altere el normal desenvolvimiento de mis órganos vitales ni cosa que se le parezca, pero era una pregunta sobre una jornada trascendental para la historia de nuestro país.

Ello se basa en que, muchas veces se ha utilizado la famosa grabación de Carlos Gardel cantando “Ya el sol del 25 viene asomando” para acompañar una referencia al 25 de Mayo de 1810, mientras que, por otro lado, hemos vistos otras tantas el famoso óleo de Francisco Fortuny que ilustra cuanto texto escolar se refiere al tema, cuya imagen se contrapone notoriamente a los versos que nos llegaban desde la voz del zorzal criollo, porque muestran una muchedumbre al pie del Cabildo, de una antigua Buenos Aires, en una mañana lluviosa, denunciado por el tono gris y los numerosos paraguas presentes.

Esa gente que esperaba un anuncio desde los balcones estaba mojándose porque según algunos historiadores, en la ciudad había solamente un elemento parecido al paragua y era la sombrilla de mano o parasol, pero no paragua, porque aún no se conocía la tela impermeable. Un dato interesante que seguramente no modifica nada, pero sí hace más creíble la otra versión respecto a que cuando don Cornelio Saavedra salió a comunicar al pueblo lo que había decidido la Junta, prácticamente no quedaba nadie en la plaza. Y era lógico. Hacía una semana que venían dando vueltas con respecto al Virrey, al nuevo gobierno, a la revolución y, muy especialmente, al rumbo que debía tomar nuestro país (aunque todavía no era tal), que la gente estaba –si se me permite la opinión– un poquito cansada de tanto gre gre para decir Gregorio y algunos quizá hasta desilusionados.

Bueno, todos esos pequeños detalles quedaban absolutamente de lado cuando llegaba la fecha del acto escolar con la consecuente recreación de la histórica jornada de Mayo, porque para las maestras que organizaban el acto importaba el contenido, no el clima. Y eso lo viví en mis tiempos de primaria con actos que comenzaban a prepararse semanas antes con el casting para elegir a los “actores” principales y de reparto, como así también los extras que rellenarían la escena. Obviamente que para Mayo ya llevábamos más de dos meses de clases y la maestra nos conocía lo suficiente como para saber a quien le podía quedar mejor cada personaje. Pero así, como algunos disputaban el lugar de Saavedra, Moreno, Belgrano, otros nos hacíamos chiquitos como para que el ojo escrutador de la docente no se posara en nuestra humanidad.

Quienes me conoce saben que bien podría hoy, tan canoso como estoy, encarnar a un Saavedra, aunque algo pasado de cama solar, pero en aquel entonces, con pelo (decir cabello quizá sea una exageración) renegrido y tez poco clara, era candidato a encarnar el personaje del negro vendedor ambulante de velas, escobas u otros artículos por el estilo. Algo que, decididamente, no me gustaba. En consecuencia, al igual que otros niños que han pasado por el mismo transe a raíz de la inevitable herencia genética, buscaba evitar salir elegido.

Infructuosos eran los intentos por escapar a la designación porque la maestra, con toda autoridad designaba: "Fulano hace de Saavedra, así que deberá traer chaquetilla militar azul con botones dorados, pantalón azul o blanco, botas negras y un falucho". Y ahí empezaba el murmullo: "¿Qué es el falucho? ¿El perro?". Es que un compañero tenía un perro con ese nombre, pero lo exigido era un gorro militar tipo birrete. Había riñas niños designados como militares, aunque la mayor cantidad estaba entre las damas que debían traer vestidos largos, un peinetón ensartado en la cabeza y un abanico, utensilio bastante desubicado para un frío mayo en la vía pública, y los caballeros, a los que se les pedía levita, bastón y chistera. Todo hecho en casa por doña mamá con alguna colaboración familiar. No había alquiler de disfraces ni revistas con modelos para confeccionar esas prendas. De modo que era más o menos como saliera.

El reparto seguía, así que nombraba a otro como criollo aguatero, el cual debía lucir pañuelo en la cabeza debajo del sombrero, poncho, chiripá, calzoncillo cribado y botas, y cuando llegaba a mí era sencillo: "Roberto –determinaba– hace del "Negrito vendedor de velas”, así que debe traer camisa arremangada, pantalones arremangados, sin cinto, apenas una faja como cinturón, y unas alpargatitas".

Ahí me preguntaba para mis adentros: "¿Cómo es el asunto? ¿Vendo velas o bailo el candombe?". Además, me asaltaba una duda altamente discriminatoria y tenía que ver con la indumentaria, porque los señores bien usaban una levita, los militares una chaquetillas, los criollos un poncho y los morochos... casi descalzos y en mangas de camisa. ¿Acaso la maestra pensaba que los negros no tenían frío? Tengamos en cuenta que el acto era en una época en la que nuestro clima no es muy amigable para andar sin abrigo.

Los plazos se acortaban y las madres echaban mano a lo que podían. Por eso a veces vimos un Saavedra rubio, con pechera azul llena de botones dorados, pantalón blanco y... ¡botas de goma dos números más grandes que su pie! (no había presupuesto familiar para las de cuero). Ese fue uno de los tantos detalles que advertí cuando estábamos prestos para subir al proscenio, pero aguardando que una maestra terminara con el extenso discurso alusivo. Tengo muy presente aquella imagen de don Cornelio, esperando junto al resto de los participantes, entre los que me contaba luciendo aquella indumentaria caribeña que detallé, siendo blanco de burlas varias, porque, además mi vieja me había puesto un chalequito, tipo corralera, aunque sin bordados, con lo que parecía un personaje salido de la revista Don Nicola.

Está claro que no había chance de recurrir al INADI ni denunciar bullying. Ahí era cuestión de aguantárselas callado o arreglar una pelea en la esquina. Eso sí, después que se me pasara el frío porque estaba tiritando de tal manera que el profesor de gimnasia me sacó para el otro patio y me ordenó trotar bajo las amplias galerías. Trote liviano al comienzo, luego más exigente con vista al frente, mentón firme, brazos al pecho y rodillas flexionadas hacia arriba, para terminar con piques cortos y regreso al paso. Una y otra vez.

Con semejante entrada en calor se me subieron los colores al rostro dejando entrever que no era tan negro como creían. Subí último al estrado, casi jadeante, y comencé a caminar un poco mareado como buscando cambiar el aire, mientras soportaba un palo de escoba sobre los hombros y velas colgando a cada uno de sus extremos. Mis compañeros voceaban sus productos casi con vergüenza y yo trataba de decir algo pero ni mu me salía. Claro que al cabo de uno o dos minutos me recompuse, junté aire y con el vozarrón heredado por los misterios de la genética, solté a los cuatro vientos mi proclama comercial. Lástima que ya no era el momento, porque para entonces mis compañeros de escena habían terminado con su escaso texto y, desde el improvisado balcón, el supuesto Saavedra había pretendido empezar su discurso diciendo: "¡Querido pueblo de Buenos Aires!", pero su aniñada voz infantil apenas llegó a decir: "Queri...", porque fue en ese preciso instante en que mi atronadora voz gritó: "¡Vendo velas, velones, para alumbrar los salones!". Y salió tan sonoro ese grito ahogado y contenido en mi garganta que algunas de las chichas que hacían de pueblo y estaban dándome la espalda se sobresaltaron y ya la Junta toda me miró como a un terrorista en potencia, mientras el público rompía en risas nada disimuladas.

La maestra, tras bambalinas, en principio me hacía unas señas con la delicadeza de esos cuadros de hospital con la imagen de una abnegada enfermera pidiendo silencio, pero luego ya se tornaban desesperadas y hasta amenazantes. Yo miraba como diciendo que me faltaba decirlo dos veces más, pero la imagen represora de la docente me conminó al silencio. Saavedra también la miraba y ella, mostrando una leve sonrisa de compromiso y casi contorneándose en su movimiento como restándole importancia al incidente, porque sabía que la estaban mirando desde todos lados, le hacía señas que siguiera hablando. Lo cierto es que el presidente de la Junta parecía estar casi en estado de shock y buscaba a su mamá con la mirada desde lo alto. La señorita lo apuraba y éste, ya asustado, no pudo menos que decir: "¡Ya está!". Y se bajó acompañado por un cerrado aplauso.

Nunca supimos si había un nuevo gobierno, una revolución, un acuerdo económico o si se había divorciado de su señora. Lo cierto es que la representación, que debía concluir con la partida de Mariano Moreno a Europa en misión diplomática y comercial, terminó abruptamente cuando todos salimos detrás de Saavedra. Y así, inconscientemente y aunque en la ficción, terminamos salvándole la vida a Moreno, algo que, de haber ocurrido en la realidad, hubiera cambiado mucho la historia.

 

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.

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