Bajo dos piedras calladas, sin nombres para nombrar

Noticias Pehuajo - Cultura - Bajo dos piedras calladas, sin nombres para nombrar

“Soy de Cerro Colorado, ande no sabe llover, y ande nadie pasa el río cuando le da por crecer”. Así comienza la famosa chacarera “Cerro Colorado” del reconocido Atahualpa Yupanqui, figura insigne de nuestra música folklórica.

Y la vida me llevó hace unos pocos días a visitar ese hermoso lugar, punto serrano del Norte cordobés, cerca de Caminiaga, Santa Elena, Churqui, y Rayo Cortado, sitios que nombra otra inolvidable chacarera.

En esa zona se encuentra la Casa Museo “Atahualpa Yupanqui”, también denominada “Agua Escondida”, tal como la bautizara su ilustre dueño en referencia al hilo de agua del río “Los Tártaros” que se escurre lentamente entre las piedras regalando un hermoso arrullo musical con que la naturaleza parece querer interrumpir el silencio propio del lugar y sin embargo no hace más que incorporarlo de manera tal que no constituya una molestia a la tranquilidad sino un verdadero ornamento.

Al pie del cerro se levanta la casa que el poeta utilizara para descanso, inspiración, y trabajo. ¿Cuántas letras habrán salido a la luz en el viejo sendero del silencio, donde Atahualpa solía componer sus obras? El folklore que allí se respira es muy difícil de contar con palabras, al menos para mí.

No fue fácil llegar, pese a que solo la separa unos pocos kilómetros de la localidad de Cerro Colorado. Caminos rojizos sembrados de piedras y marcados desniveles pueden hacer desistir a más de uno en lo más abrupto del trayecto. Pero no fue nuestro caso. Nos propusimos llegar y lo hicimos en una tarde pronto empezaría a recostarse sobre el poniente.

Recorrimos la casa, de estructura relativamente baja y aberturas de reducidas dimensiones como para poder mantener la temperatura interior. El viaje interno entre fotografías, instrumentos musicales de diferentes partes del mundo, y diversos objetos personales, nos llevó a recordar letras y, aunque con mi esposa mantuvimos una absoluta incomunicación lingüística, creo que cada uno a su manera intentó reconstruir la música de esas letra, pero mentalmente, sin ofender al silencio.

En el patio, bajo la sombra de un añoso roble, se encuentra un círculo de piedras sobre el piso que demarca un sector donde se observan dos piedras de importantes dimensiones, sin nombres para nombrar, pero erigidas como lápidas indicadoras del sitio donde descansan los restos de dos de los más insignes representantes de nuestra música telúrica, unidos en vida por una fraternal amistad: Atahualpa Yupanqui y Santiago Ayala, bailarín folklórico de reconocimiento internacional y conocido como: “El Chúcaro”.

Allí están. Durmiendo el sueño eterno. En esa paz de la muerte camino a la eternidad. Entre rezos silenciosos de quienes los visitan. Vida que mira la muerte. Vida que muerte será.

El silencio ante semejante presencia, es estupor y respeto que lleva a la emoción callada que, aunque contenida, parece querer brotar en lágrimas como para desatar el robusto nudo que presiona la garganta e impide pronunciar palabra. Me incliné para dejar una plegaria bajo esa amistosa sombra que cobija el recuerdo de esos dos amigos y créanme que no podría decir hasta dónde me llevaron los pensamientos porque el derrotero fue enorme, como para no tener una cabal consciencia del tiempo transcurrido.   

¡Cuánta obra legada a nuestro acervo cultural! Me pereció hasta oír el bordoneo de su guitarra, esas cuerdas que, tal como expresara en su emblemática Milonga del Solitario, ordenan el pensamiento y sacan lo mejor del sentimiento. Sin prisa, al trotecito lento de una milonga campera y apenas levantando la voz. Como un guijarro que se despeña, haciendo rodar su copla, sueño y herida. Es que así lo describió alguna vez.

Creí ver a su alazán, hecho una cinta de fuego en su galope, con las crines revueltas en llamarada. Ese pingo que, antes de caer al abismo infinito, lo acompañó por cien caminos, trepando sierras con luna, cruzando valles nevando, mientras el monte y el río lo veían pasar envuelto en las penas. Entonces imaginé al hombre en el lamento de aquel morral solitario sobre un corral sin relincho, cuando la sombra del alma lleva a pensar en la ausencia del bien perdido. Pude verlo resignado pasando de largo por Tala, debido a aquello de lo poco que vale un paisano sin caballo y en Montiel.

Luego caminamos por el predio disfrutando el paisaje de especial colorido sedimentario, con un rojizo predominante que resalta entre la vegetación autóctona que puebla las laderas. El follaje serrano ofrece también árboles característicos de la región como: piquillín, quebracho blanco, y los típicos mistoles.

Promediando la tarde vimos chocar los rayos solares sobre la noble roca del cerro y arrancarle los últimos brillos particulares. Fuimos testigos entonces del degüello de soles que empieza a mostrar la tarde antes que se apaguen las luces del pedregal. Y el horario establecido nos marcó que ya era tiempo de marchar.

Al despedirnos del lugar, volvimos la mirada hacia la tumba, donde no hay cruces, tal como pidiera en aquella milonga, esperando que tal vez, pasado el invierno, le diera sus flores el monte.

Desandamos camino y piedra, como bajando del cerro, llevando enredada en el alma una enorme emoción por lo vivido. Mágica experiencia en un remoto lugar perdido en tierra argentina, rodeado de silencio y cargado de una de las partes más significativas de nuestra historia de la música popular.

El recuerdo de Atahualpa Yupanqui siguió vibrando en nuestros corazones. Sus canciones habían vuelto a sonar a través del reproductor del auto y su obra acompañó nuestro trayecto camino hacia la ruta que conduce a Santiago del Estero. Para esa hora, no bailaban los remolinos en las arenas. Tampoco el sol jugaba en el brillo del pedregal, aunque algunas flautas del pajonal sí alcanzaron a saludar nuestro paso, mecidas por el viento.

La noche, que no tardó en llegar, mostró su luna brillando en el salitral de la tierra santiagueña, quizá engualichando algunas guitarras, como cantara el poeta.

En nosotros permanecía la emoción. Imposible olvidar lo vivido. Una experiencia única que quise compartir en este día con ustedes, queridos lectores. Por lo que significó, significa, y significará Atahualpa Yupanqui. Un hombre de campo, nacido en la zona rural de Pergamino a principio del siglo XX, pero descendiente por línea materna de una familia residente en tierras pehuajenses. Un cantor, un poeta, un músico, pero por sobre todas las cosas un notable artista argentino que aun no ha tenido en nuestro país el debido  reconocimiento. Quizá lo tenga algún día. Lo merece.

¡Feliz domingo!

Roberto F. Rodríguez.

.

.

.

.

Monedas

Sitio web de referencia: Banco Nación

Moneda Compra Venta
Dolar U.S.A 27,20 28,20
Euro 33,00 34,00
Real 650,00 700,00
Farmacia Del Aguila
Farmacia Fernadez